Corral, Hernán
Profesor Derecho Civil
U. de los Andes
En la película de Amenábar «Los otros», los espectadores son sorprendidos por un giro de último minuto: Nicole Kidman y sus hijos, que creen ser víctimas de fantasmas, se dan cuenta de que los muertos en pena son ellos mismos. Los otros, los muertos, éramos nosotros, parece decirnos el filme.
Esta identificación entre muertos y vivos permite reflexionar sobre ciertos indicios de que el respeto por quienes han dejado este mundo está en retirada. Las imágenes que muestran a soldados estadounidenses orinando sobre los cadáveres de tres afganos han estremecido al mundo. En Chile, un grupo de estudiantes hicieron una funa para denostar a quienes querían recordar a Jaime Guzmán, primer senador chileno víctima de la violencia terrorista: "Jaime, sacúdete en tu cripta", decían los carteles. Cuando se hizo ver que esto constituía una profanación de la memoria de un difunto, un columnista dominical lo justificó y sostuvo que los políticos muertos no están inmunes a la crítica, olvidando que una cosa es la crítica y otra el insulto y el escarnio a personas que no pueden defenderse, y que se hace coaccionando la libre expresión de los que pacíficamente deseaban recordar a un ser querido asesinado por sus ideas. En otro ámbito, por carta al diario, la familia de Raimundo Tupper imploró a la barra de los equipos rivales de la Católica abstenerse de cantar canciones que utilizan el nombre y la trágica decisión del deportista para zaherir a sus contrincantes.
Sucesos tan distintos tienen algo en común: el desconocimiento de la dignidad de los muertos. Se podría pensar que, si se trata de difuntos, ya no hay derechos en juego, pues no son personas; respecto de ellos, todo estaría permitido. No es así: hay un bien humano fundamental que cuidar cuando se pide un trato respetuoso para cualquier persona fallecida, aunque haya sido el más maquiavélico de los políticos o el más cruel de los criminales. En la gran democracia de la muerte, todos somos iguales y conservamos aquella dignidad esencial que acompaña a todo ser humano que existe o haya existido. De allí las reglas jurídicas sobre el respeto de los cadáveres, las formas de inhumación y hasta la penalización de actos violatorios de sepulturas.
Por sobre lo legal, se advierte una degradación de la civilidad en las sociedades que pierden el respeto por sus muertos. Cuando se ultraja a los fallecidos, y más aún cuando se lo disculpa o legítima, lo que se menoscaba no es ningún interés o derecho del difunto, ni tampoco sólo el de sus amigos, parientes o seguidores, sino el valor intangible de la dignidad humana. De ese valor todos somos partícipes; la profanación de los muertos es también una profanación de los vivos. Como en el filme de Amenábar: los otros son (somos) nosotros.
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Posteado por: gerardo figueroa r. 16/02/2012 09:06 [ N° 1 ] |
Jaime Guzman = Joseph Goebbels |
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Posteado por: Antonio M. 21/02/2012 10:02 [ N° 2 ] |
Bien Gerardo, todo lo contrario de lo afirmado por el profesor Corral... pf... |
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