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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 03 de Febrero de 2012
Museos imaginarios

La literatura está llena de museos imaginarios, y no sólo de museos: talleres, cuadros, pintores inventados. Ahora que no tengo tiempo para hacerlo, me dan muchas ganas de organizar un curso, un seminario, un ciclo breve, sobre este asunto. Son ganas saludables, me imagino, y me pongo a pensar en un esquema, una estructura, un plan de lecturas, por si las moscas. Hace años escribí un relato de extensión mediana en el que había tres figuras de cera en una sala inexistente, adentro de una mansión que tampoco existía. Las figuras correspondían a personajes de ficción, de modo que había una doble ficción, o que todo, la casa, el paisaje, los personajes, era mentira ficticia. Me encontré con Severo Sarduy, el escritor cubano, en uno de los eventos culturales de aquellos años, y me dijo: Los dos hemos escrito el mismo libro. Después descubrí que él había escrito un ensayo sobre el barroco. Es decir, eran bromas literarias muy de la época. Ahora se hacen menos bromas, y no sé si la seriedad nos ayuda a escribir peor o mejor.

Me encuentro en el período humano de la relectura, y pienso que es probablemente el mejor de todos. Aunque también es una maravilla el tiempo del descubrimiento, de la exploración, de la primera formación: los años juveniles en que uno escuchaba hablar de un libro y corría como loco a buscarlo. La dificultad de la búsqueda era un aliciente adicional. Me acuerdo hasta ahora de cómo descubrí a Marcel Proust en una edición que se había llovido, a James Joyce en la librería Studio del centro de Santiago, a Fernando Pessoa en una breve antología brasileña. Leí mi primer William Faulkner en una edición argentina que se desarmaba. Ahora leo mi último Balzac, pero es, en realidad, una relectura, y la verdad es que no me acordaba de casi nada. La novela, de unas cincuenta o sesenta páginas, se llama La obra maestra desconocida : es una proeza de brevedad, de fuerza, de fantasía, de análisis estético. Balzac la escribió en 1831, a los 32 años de edad, después de visitar intensamente los salones de arte del París del siglo XIX y de conocer a muchos de los grandes pintores de su tiempo, entre ellos, Eugenio Delacroix. Delacroix, hijo natural de Talleyrand, según los rumores que corrían entonces, era un dandy de aspecto desdeñoso, de palabra tajante, a menudo insolente. El pintor, por su lado, anotó en su diario que había visto por primera vez a Balzac, el novelista que comenzaba, y que era "un joven esbelto, vestido de levita azul, con un chaleco de seda negra, con algo de discordante y de provocador en su vestimenta, algo que ya anunciaba su éxito". En su breve novela, Balzac describe talleres atiborrados de objetos, más bien oscuros, donde los cuadros estaban escondidos. En uno de los escondites se encuentra la obra maestra desconocida: un pintor de la vieja generación ha pintado tantas veces a una mujer, con tal ansiedad, con tanto deseo, que ha terminado por hacer un gran borrón irreconocible. En una esquina de los brochazos, del empaste general, informe, asoma un pie femenino perfecto. El viejo pintor, esa noche, convencido de que su obra es un fracaso, incendia su taller y muere.

El testigo más cercano de la historia de Balzac, que tiene un punto de partida verdadero, es el gran pintor francés del siglo XVII, Nicolás Poussin. Poussin, para conseguir que el artista anciano muestre su obra, ha permitido que una joven amiga suya pose desnuda para el maestro.

La escena quizá no sea demasiado verosímil, pero, tal como la narra el futuro autor de la Comedia Humana , es de un dramatismo sobrecogedor. El interior de la sala de Freehofer, el viejo, tiene algo mágico. Evoca los recipientes, las probetas, los calderos, los libros herméticos, del laboratorio del Fausto , la obra de Goethe que impresionaba en esos días a toda Europa. Más tarde, Delacroix se inspiraría muchas veces en las imágenes fáusticas. También son atmósferas que se encuentran a cada paso en las novelas mayores de la Comedia Humana .

Se han escrito centenares de páginas en muchos idiomas sobre La obra maestra desconocida . Balzac sostuvo ahí una tesis fundamental del arte moderno: "La misión del arte no es copiar la naturaleza sino expresarla". En otras palabras, Balzac fue un precursor de la modernidad, y lo fue desde muy joven. Su visión de los salones de pintura de alrededor de 1830 es acerada, cáustica. Sostiene que el exceso de cuadros en exhibición, que se empezó a producir algún tiempo después de la Revolución Francesa, ha perjudicado a los grandes talentos. Cuando entraban entre cien y doscientos cuadros, la gente reconocía pronto a los artistas superiores. Cuando entran más de mil, cuando todos aspiran a ser pintores, se hace mucho más difícil distinguir la calidad de la mediocridad. En otras palabras, las nuevas libertades democráticas no consistían en que todos fueran artistas. Por el contrario, ese exceso provocaba una devaluación general de la obra de arte. Era equivalente al fenómeno de la inflación en la economía. La verdadera libertad democrática consistía en que el mayor número posible de personas tuviera acceso a la buena pintura, a los mejores libros, al teatro, a la música. A primera vista son dilemas antiguos, anacronismos. Si reflexionamos más a fondo, son temas de política cultural enteramente vigentes. Los libros mediocres, subvencionados, los diseños horribles, la mala pintura multiplicada, suelen contaminar nuestros paisajes mentales.

Termino con un detalle extraordinario. Pablo Picasso leyó Le Chef d'oeuvre inconnu y no descansó hasta encontrar el taller de Freehofer, casi intacto, junto a la calle de los Grandes Agustinos. Lo compró de inmediato para su propio uso. Parte del cubismo francés, de la vanguardia picassiana, se pintó en el interior de esos muros legendarios. Es un caso extraordinario de coherencia, de fidelidad en el arte.

 


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
laureano lillo corvalan
04/02/2012 06:53
[ N° 1 ]

En efecto, expresar la Naturaleza es algo que refleja al arte moderno, pero también lo sigue siendo transmitir la Belleza de la Naturaleza, en su concepto más profundo.
Filósofos como Platón y otros más recientes, como John Ruskin, identificaron el objetivo del arte como una forma de acceder al ideal de la Belleza, con mayúscula. En este sentido, el copiar la naturaleza de la manera más fidedigna posible también puede estimular al artista, si de esa manera cumple con el rol de fiel observador del mundo que lo rodea y transmisor de Belleza. A pesar de ser considerada retrógrada por muchos, se trata de una tendencia siempre vigente y no ajena a corrientes actuales, en especial en el mundo de la pintura, la fotografía e incluso el cine.
Ruskin, cuyo pensamiento ejerció gran influencia en su época, planteaba la posibilidad de hacer accesible a la mente la obra artística. O sea, el arte como un instrumento –y no un fin en sí– que eleve nuestra conciencia hasta que seamos capaces de percibir el ideal de la Belleza en una determinada obra.
También una obra de arte podría transformarse para el observador (un lector, por ejemplo) en la clave para accede al mundo de la creatividad artística, o al incluso al "lenguaje" con el que esa obra revela sus misterios.
En las grandes obras arquitectónica de la antiguedad este concepto queda de manifiesto, por ejemplo, en las pirámides, que son el símbolo en la tierra de las bellas y perfectas proporciones del universo.
Hoy, gracias a la libertad que nos proporcionan medios de comunicación como internet, todos podemos acceder a la Belleza, ya sea como simples espectadores, o ejerciendo nuestro derecho a elevar nuestros espíritus, tocando un instrumento musical, pintando, leyendo o escribiendo. Quizá ésta sea la verdadera revolución cultural, si sabemos aprovecharla.

Posteado por:
VLADIMIR ROLANDO RIVERA ORTEGA
03/02/2012 16:56
[ N° 2 ]

interesante comentario y quede sorprendido,Vasco ,que te paso? y la farandula? y la Kenita y la RAca?

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