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Garretón, Oscar Guillermo


Garretón, Oscar Guillermo
Lunes 26 de Diciembre de 2011
Algo de lo que fue y será

En 2011 el orbe llegó a la conclusión masiva de que vivimos en un mundo injusto y desigual. La revista Time eligió como “personaje del año 2011” a los “protesters” que estuvieron en las calles de Túnez, El Cairo, Atenas, Londres, Madrid, Nueva York, Damasco, Benghazi, Moscú... y, también, en Santiago de Chile. 

El mundo cambió. Fue la rebelión contra regímenes opresivos. También la crisis económica y la pugna sobre quién la paga. En otros, la onda expansiva del reclamo global, mezclada con sentimientos locales de maltratos largamente incubados.

En nuestro país, el movimiento estudiantil provocó una toma de conciencia sobre desigualdades y abusos, que se potenció con la crisis del poder: el desprestigio de la política, que alcanza su clímax cuando quien debía sustituir a una desgastada Concertación defrauda tempranamente las expectativas creadas; la crisis moral de la Iglesia, sobre todo post Karadima; La Polar, que confirmó en cientos de miles la sospecha antigua de que grandes empresas cometían abusos con ellos. Quizás también vivimos esa necesidad de “matar al padre” de los hijos de la Concertación.

El país cambió. Aunque quedaron más pendientes que logros, cambiará la educación y el costo de ella para las familias. El Sernac y la Fiscalía Nacional Económica se transformaron en piezas clave de la gestión gubernamental. El presidente de la Corte Suprema consideró “modestas” las penas para los delitos de cuello y corbata. Obispos piden perdón donde antes encubrían. Se amplía la conciencia en el mundo político de que, sin reformas profundas, es inviable recuperar respaldo ciudadano. Aumentan las apuestas en el póker de “quién da más” socialmente, si gobierno u oposición. Las conductas monopólicas y los abusos se hacen menos impunes (a diferencia de las cazas de brujas). Las reformas tributarias se ponen en la orden del día. En la lista ciudadana emergen nuevas demandas sociales.

Los gremios empresariales, ligados a las grandes empresas, se ponen nerviosos con razón: el poder de grandes actores económicos sólo puede ajustarse en pérdida... Casi tanto como aquel de un mundo político descolocado por movimientos que ya no pasan por él (peor, lo menosprecian), y con 5 millones de votantes nuevos que podrían cambiar la fisonomía política del país en las elecciones de 2012 y 2013. 

 El país cambió en su alma y eso anticipa cambios que aún no ocurren. Amenazantes para unos, anhelados por los más. Sólo a posteriori es posible juzgar los aciertos o desaciertos de tiempos de cambio; pero no creo estar en vísperas de vuelcos trágicos, sino de un país mejor, menos oligárquico en lo político, económico y cultural.

Hay muchas cuestiones abiertas para 2012. Por ejemplo, la pregunta de quién será capaz de construir un frente por los cambios suficientemente amplio como para ganar en este escenario. Sólo sabemos que deberá ser creíble en su compromiso con la igualdad y con el gradualismo propio a toda mayoría. Nadie tiene el futuro en su mano. Los tiempos de cambio son inciertos.

No sabemos quién será el candidato de derecha, pero sí sabemos que no podrá ser de continuidad con un gobierno mal evaluado y, para demasiados, tan viejo como ellos veían hace poco a la Concertación.

Y en medio de esta ola global, con marejadas en Chile, exigiendo igualdad y protección social, no es raro que planee omnipresente la figura política más identificada con la protección social: Michelle Bachelet.

Su paso por Chile la semana pasada descontroló al oficialismo. Vino a entregar el informe sobre “Un piso de protección social”, preparado por un grupo de figuras mundiales que ella encabezó. Un intento de dar respuesta a la mayor demanda global de nuestro tiempo (no cualquiera califica para liderar este trabajo). 

El destino parece apuntarla con el dedo. No es la Concertación o la oposición quienes la ungen. Es el reclamo por superar desigualdades y lograr ese “piso de protección social” para el mundo de inicios del siglo XXI… y para Chile en él.


 


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