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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 30 de Septiembre de 2011
Samuel Beckett y las embajadas

Me tocó estar sentado al lado del embajador de Irlanda en una ceremonia y conversamos algo. Hacía poco había estado en Dublín, en una feria del libro, y había visitado algunos de los lugares de James Joyce y del Ulises. Había estado una mañana, por ejemplo, en uno de los extremos de la ciudad, frente al mar, en la Martello Tower, la famosa torre donde Stephen Dedalus y sus amigos, personajes de Joyce, se reunían en noches de fiesta. Pues bien, fue una conversación grata, desmadejada, y en días recientes recibí una invitación del amable irlandés a una presentación de un tomo de cartas de Samuel Beckett. Me encontré en una mansión sorprendente, del siglo XVIII, de panales esculpidos y dorados en las paredes blancas, de mármoles relucientes, de grandes ventanales sobre la avenida Foch, la que en épocas pasadas se llamaba avenida del Bosque, la que frecuentaban los chilenos trasplantados de la novela de don Alberto Blest Gana. Había una concurrencia irlandesa y anglosajona, donde no faltaban poetas desmelenados, editores más bien extravagantes, además de actores de la lengua inglesa, y el dueño de casa explicaba que yo, además de representar a Chile, era un escritor en lengua española y un conocedor de Joyce, de Beckett, de algunos otros irlandeses ilustres.

Llegado el momento, el excelente señor Kavanagh se subió a una tarima que no habíamos visto, se dirigió a la concurrencia, dijo que ahí se encontraban los editores de las cartas, que trabajaban para las prensas de la Universidad de Cambridge, además de un hijo de Beckett y de su esposa. Yo había estado conversando con un señor llamado Alexis, hijo de un emigrado ruso que había sido íntimo amigo de James Joyce. Alexis me declaró que él, sólo dedicado a los negocios y a otras trivialidades, había sido la vergüenza de su familia. El embajador, a todo esto, declaraba que Beckett, ajeno a los mundos oficiales, rebelde, dramaturgo de vanguardia, se habría sentido incómodo en ese recinto, a pesar de que constaba que un autor admirado por él, tema de uno de sus primeros ensayos, Marcel Proust, lo había frecuentado en años anteriores a su compra por el gobierno irlandés. Me presentaron al hijo del autor de Esperando a Godot, cuyo parecido con su padre era francamente asombroso, y le conté que en los años sesenta, en el café La Coupole, solía verlo entrar a medianoche, buscar con la mirada, y si no encontraba caras amigas, seguir su camino por el Boulevard de Montparnasse.

El embajador, desde su discreta tarima, habló con gracia, con inconfundible estilo de hombre de letras, y después le cedió la palabra a un actor desgarbado, de piernas largas y algo enclenques, de larga melena blanca, quien leyó algunas cartas con maestría. Beckett hablaba de obras suyas breves —piezas en dos actos, fragmentarias—, que corrían el riesgo de caer en un hoyo negro, y de otras que quizá se podrían salvar. Escribía en un tono casual, coloquial, desprovisto de la más mínima solemnidad, y se notaba que el actor, sin poner el menor énfasis en su lectura, se refocilaba con las palabras, con su ritmo sincopado, con su humor soterrado. El hecho de estar en corral ajeno me tenía sin cuidado. Había señoras de pieles blancas, de cabelleras rubias o rojizas, que bebían vino blanco y aplaudían a rabiar. O que sacaban fotos con sus teléfonos celulares, como se acostumbra en estos días. Me acordaba de mi impresión al ver una representación de Esperando a Godot en una sala del Village de Nueva York, en el otoño de 1958, y al ver Final de juego en París, en años recientes. El espectáculo de Nueva York, en una sala experimental, era un acto de ruptura. El de París era un clásico al que asistían familias enteras, y sobre todo abuelos con sus nietos. ¡Cosas del tiempo, de la vida larga!

Había estado poco antes en una cena con señoras chilenas invitadas por una francesa. Las chilenas hablaban rápido, sin pronunciar bien, en un lenguaje que hasta para mí resultaba difícil, y la francesa, que invitaba por todo lo alto, empezaba a sentirse desplazada, triste. Yo hacía esfuerzos para que la conversación fuera menos local, más inteligible para personas de otra parte, pero resultaban infructuosos. La invitante sacó su cartera, pagó la cuenta con gruesos billetes, y las chilenas siguieron chismorreando y después salieron dando pasitos de baile, felices y contentas.

Chile se ha convertido en un país separado, que tiene una fuerte tendencia a aislarse del mundo, me dijo el otro día un francés que nos conoce bien. Los chilenos no se dan cuenta de que una apertura de la mente, un mejor entendimiento con los vecinos, con los demás países de América Latina, sería muy beneficioso para ellos mismos. Si Chile se convierte en el camino de salida para el Asia de países como Brasil, Uruguay, Bolivia, Argentina sería una fuente de ingresos enorme. ¿Usted lo sabe? ¿Los chilenos lo saben?

No sé, contesto, pero alguien tendría que explicárselos bien, para que lo entiendan de una vez por todas, y para que entiendan que el mundo no termina en la cordillera de los Andes.

Mi vecino francés me mira con atención. Parece estar de acuerdo conmigo, pero ha llegado a tener un escepticismo arraigado en la materia. A todo esto, llega un grupo de estudiantes chilenos contestatarios invitados por sus compañeros de La Sorbona. Me gustaría mucho conversar con ellos, pero me van a decir que no sería prudente. Y estoy de acuerdo: no sería, quizá, lo más prudente, pero sería interesante, y habría muchas cosas que decirse. Al fin y al cabo, uno, más que diplomático, más que cualquier otra cosa, ha sido un estudiante eterno. Como decía Honorato de Balzac, uno ha pertenecido a una oposición que se llama la vida.


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3 Comentarios publicados
Posteado por:
Roberto Alejandro Gonzalez Plaza
06/10/2011 17:13
[ N° 1 ]

lo mas interesante la interjeccion del interlocutor metido (nada mejor que un frances pa decirnos quienes somos). pero, no, nos hemos separado del mundo. estamos separados. vivimos aferrado a un penon arisco y telurico por la piola de rockclimber conque nacemos. ok. abramos chile a los vecinos y los vecinos nos ayudaran. como en un glorioso coventillo como no se ven ahora y que ud seeguro conocio.

Posteado por:
Claudio Vargas Flores
02/10/2011 01:05
[ N° 2 ]

Don Jorge
Desenlace una vueltecita por el norte y especialmente aquí en Iquique. Creo que hay más diálogo intercultural. Éxito en sus empresas.CVF

Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
30/09/2011 17:08
[ N° 3 ]

Un mundo distinto, eurocéntrico, egocéntrico, clasistocétrico, literario céntrico, central, perimido, a la vez vital y dormido. Un mundo burgués relamido, un mundo de salones perdidos, de castillos y telares, de compases y giros votivos. Escribe muy bien este Edwards, como la nana de servicios, ha sido aceptado en la mesa de lujo, para festejos o tristejos. Pero la poesía no puede redimirlo por la forma y el ademán, por el giro y el viejo refrán, esta condenado: la agenda de los pobres del mundo, de los comunes y vulgares no está ahi, seria de mal gusto y de mal gesto, de mal gasto e indigesto. ¡Que pena!

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