Gonzalo Vial en la memoria (95)
Felipe Cubillos en la memoria (95)
Edwards, Jorge
Me piden que hable junto a María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges, sobre Neruda, Borges y el Oriente. Es un pedido extraño, dirán ustedes: ¿qué tiene que ver Neruda con Borges, y por qué el Oriente? El evento lo organiza una Casa Asia que existe en Barcelona, pero tiene lugar en la Casa de América, y nos encontramos en una sala repleta de gente, con personas de pie al fondo y otras que se asoman por una puerta entreabierta y no consiguen entrar. Misterios, me digo, de la poesía, de la literatura, de las mitologías del siglo XX. Jorge Luis Borges, a su manera, es un legendario, un mito, y Pablo Neruda también lo fue y lo sigue siendo. Ahora bien, no hay dos escritores más diferentes, más opuestos en casi todo, y ambos lo sabían desde siempre. Parece que Neruda y Borges se encontraron en Buenos Aires, allá por la segunda mitad de la década de los veinte del siglo pasado, cuando el chileno emprendía, precisamente, su viaje al Oriente Extremo, y no congeniaron en nada. Borges era el poeta de los libros, el del mundo concebido en forma de biblioteca, y el próximo autor de Residencia en la tierra era ya un hombre de la naturaleza, de los trabajos y los días del mar, de los campos, de los bosques. En una carta escrita desde la Birmania de entonces a su amigo argentino Héctor Eandi, el joven Neruda, que todavía firmaba sus notas consulares como Ricardo Reyes, le dice que Borges le parece demasiado preocupado de temas “de la sociedad y de los libros”. El, en cambio, se interesa en los grandes árboles, en los whiskies del atardecer y en el amor “como consuelo de la inevitable soledad”. Las palabras de María Kodama nos mostraban a un Borges que se relacionaba con las culturas orientales a través de la literatura, a un ser que viajaba con la imaginación, un conocedor profundo, apasionado, recurrente, de Las Mil y Una Noches, de leyendas chinas, de poemas japoneses. Seguía en ese aspecto una gran tradición europea. Eran admiraciones compartidas con escritores como Marcel Proust, como Gustave Flaubert. Neruda leía más de lo que algunos creen, pero mucho menos que el autor de El Aleph. Era bibliófilo y tenía la afición, muy cara, desde luego, además de extravagante, de leer los libros en las ediciones originales. No siempre lo conseguía, pero andaba cerca. En alguna de sus cartas a Héctor Eandi habló de su idea de una absorción física del mundo, de un conocimiento que entraba por todos los poros. Tenía cierta noción de la naturaleza como libro abierto, concepción de los poetas románticos europeos que reivindicaba para sí mismo, con curiosa soltura de cuerpo, desde el remoto rincón del Chile de comienzos del siglo XX. Pienso ahora que la experiencia del Oriente, con sus colores, sus sabores, sus paisajes, sus grandes ríos, sus pagodas y budas yacentes, fue probablemente decisiva: le permitió la gran explosión verbal, la revolución literaria, de la primera y segunda Residencia. Después, cuando creía ser revolucionario en Canto General y en Las uvas y el viento, era, en realidad, rutinario, mucho menos original. Los episodios de Birmania, de Ceylán, en la poesía del joven expatriado, transcurren en escenarios descomunales: “Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!”. Se palpa la soledad dentro de la inmensidad planetaria. Ahora bien, ¿se puede sostener que todo esto es más fuerte que la prosa de Borges? No estoy seguro: me parece que hablar de la “fuerza” de una obra de arte, como se hace tan a menudo, puede ser vago, gratuito, en cierto modo abusivo. ¿Tiene menos fuerza la descripción proustiana de la “Madeleine”, la del loro de Flaubert, que una página torrencial de Balzac o de Victor Hugo? Por mi parte, me quedo con El tango del viudo y con El Aleph, con el canto de la separación en alta mar y con el misterio en el sótano de un caserón viejo de Buenos Aires.
Cuando se hace una evocación de estas viejas historias se suele olvidar detalles interesantes. Neruda partió al Oriente con su inseparable amigo Alvaro Hinojosa, poeta de Valparaíso. Para ganar unos pesos, los dos jóvenes trataron de hacer carrera en el cine mudo de la India. Se tuvieran que disfrazar muchas veces de musulmanes, de bandidos hindúes, de maharajaes. Neruda, que escribía su Confieso que he vivido al pie de la tumba, sólo alcanzó a dejar unos apuntes rápidos sobre esas aventuras en la industria naciente del cine. Alvaro partió más tarde a los Estados Unidos, hizo una carrera de profesor de literatura en lengua española, se divorció y desembarcó en París a una edad avanzada. La historia real suele darles un cierre inesperado a las historias literarias. Sentí una mañana que había alguien al otro lado de la puerta de mi oficina, en los mismos recintos donde trabajo ahora. Abrí y encontré a un personaje delgado, más bien macilento, de ojos intensamente azules, que parecía vacilar ante la idea de golpear o no. Era el compañero del viaje legendario al Oriente, Alvaro Hinojosa, que ahora firmaba sus libros y sus nebulosas pinturas, sus manchas, como Alvaro de Silva. Al releer las memorias nerudianas en vísperas de mi charla en Barcelona, compruebo que Neruda trataba a su compañero de aventuras de “insoportable dietético”. En efecto, De Silva, que hablaba canturreando y tenía una quijotesca manera de desplazarse, sólo comparable a la del Caballero de la Triste Figura, se alimentaba de sardinas, manzanas y vino barato. Pasó una temporada en Chile, en aquellos años de la década de los sesenta, y fue a visitar a su viejo amigo a Isla Negra. Ahí se produjo un diálogo digno de la pareja de Cervantes. Ya que eres escritor, le dijo el sanchopancesco dueño de casa, ¿por qué no publicas libros? Alvaro se retiró de la casa de Isla Negra con gran molestia, indignado. Me citó la pregunta de su amigo de épocas pasadas y me dio a entender que le había parecido una perfecta vulgaridad. ¡Publicar libros! El no tenía nada que ver con esas cosas, con esos excesos, con la manducación exagerada de prietas, de chunchulines, de costillares de chancho, con el folklore gastronómico y todos sus derivados. Era dietético hasta la muerte, capaz de morder una manzana en pleno boulevard de Montparnasse con delectación singular, y su escritura en letra de ala de mosca podía caber a veces en tres hojas, un tríptico, así como sus manchas fantasmales recibían los honores ocasionales de un marco de madera de balsa.
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Posteado por: mario juvenal ramos peña 21/06/2011 11:23 [ N° 1 ] |
Como nada se ha escrito en Chile y en el mundo de Neruda, no será un personaje desconocido, mientras sea comunista, comparado con el maravilloso pintor chileno Claudia Bravo es bastante diferente, "Qué tiene que ver el Oriente", me refiero a ese mitico y espiritual, el cual en Chile camina, lento pero camina, como dijo Miguel de Cervante, es señal que caminamos Sancho. En cuanto a Jorge Luis Borges, "un lejendario mito" y nada más. Para los chilenos es un exceso. |
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 17/06/2011 16:30 [ N° 2 ] |
¿Cómo es que Alvaro Hinojosa está vivo aunque no publica nada, y Neruda murió publicándolo todo? ¿Que virtud tienen las manzanas y el vino que, consumidas sin pantagruélicas panzadas, dan la longevidad? ¿Acaso se describe en el verbo del renacimiento? ¿Cómo es que los ideales nos matan, desde nuestros enemigos anti-ideales, y en cambio el ascetismo realista conservador nos mantiene indefinidamente la vida? ¿Se prepara, tal vez, una abducción de Hinojosa, y un desentierro de Neruda? Puede ser, ya que el fascista Hinojosa va camino al cielo, y Neruda, en cambio no ha dejado de descender al infierno, cual émulo de Dante. Es necesario señores un exorcismo, para saber porqué murió Neruda, ¿sería por no aceptar las manzanas de Hinojosa? No comprendo. |