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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 27 de Mayo de 2011
Huellas

Al escribir se puede ganar amigos anónimos, y perder uno que otro amigo tangible y reconocible. Cuando publiqué Persona non grata, Roberto Matta, el pintor, pasó una temporada enojado conmigo. Concedió una larga entrevista un tanto denigratoria. Después me encontró en un parque francés, se sintió incómodo y terminó por regalarme una serie de estampas, grabados, litografías. Un rollo, me dijo, y yo, ignorante en pintura y en tantas cosas, no supe en qué podía consistir eso. Pero más tarde supe. Ahora hicimos en París una exposición de tres pintores chilenos intensamente relacionados con la ciudad y con sus corrientes intelectuales y estéticas: Matta, Enrique Zañartu, Eugenio Téllez. Fue un acontecimiento notable, con ayuda de la magnífica primavera presente, que en el jardín de la Casa de América Latina adquiría colores y perfumes que revoloteaban en el aire de la tarde, para citar un verso de Charles Baudelaire, además de convocar a personajes de hoy, de ayer y de antes de ayer. Si hago la sola lista de las personas que reencontré después de largos años, no termino nunca. Vino Malitte, la mujer de Matta en los años en que los visitábamos en una casa de campo de Boissy-sans-avoir (nombre extraño, de la Francia profunda, que algunos llamaban Boisy-sans-avoir-peur, Boissy sin tener miedo, y no me pregunten por qué). Después apareció un hijo de Eduardo Jonquières, que era el amigo argentino inseparable, él y su familia entera, de Julio Cortázar. Acaban de publicarse unas cartas de Cortázar a los Jonquières cuya lectura recomiendo. Nada refleja mejor el ambiente de los latinoamericanos en París en los años cincuenta y sesenta: sus lecturas, sus inquietudes, sus preferencias y rechazos. Si se quiere entender la atmósfera de donde salió Rayuela, no está de más leer esa correspondencia.

Se me acercó, más tarde, un hombre mayor, alto, de buena facha, y me dijo, con algo de ironía, con una semi sonrisa: Pierre de Place. No necesitaba decir nada más. Pierre, poeta oculto, lector insaciable, persona amable y más bien reservada, había vivido un tiempo en Chile, hace la friolera de cuarenta y tantos años, en plena juventud, y había sido amigo de Teófilo Cid, de Braulio Arenas, de Jorge Teillier, de algunos otros. Había conocido un Santiago mítico, de tugurios, callejones, bares subterráneos de por ahí por la calle Puente, casas de campo de la periferia, conversaciones en jardines, mientras se bebía peligrosos aguardientes y caía la oscuridad. Pierre de Place siguió su camino, ya que vive ahora, con su mujer, en un pueblo del sur de Francia, y quedamos de volver a vernos en la segunda quincena de agosto, es decir, en este hemisferio, hacia el final del verano. Son tan diferenciadas, tan sorprendentes, a veces, en esta tierra, las estaciones del año, que tengo la extraña impresión de que cada año se multiplica por cuatro.

La exposición, como ya dije, tenía algo que ver con París, con la década de los sesenta, con las relaciones entre la pintura y la literatura, con una sensibilidad especial y un pensamiento determinado: los años de la abstracción y del estructuralismo, seguidos de los años de la nueva figuración. Cuando me pidieron que le diera un nombre al evento, dije, no sé exactamente por qué, Temblor de cielo, título de un libro y de un poema de Vicente Huidobro escritos en Francia en el período de entre las dos guerras. No es raro que los temblores, para un chileno, puedan pertenecer también a la esfera celeste. Se publicó en el catálogo un poema de Edouard Glissant, a quien encontré más de una vez en la casa del pintor, sobre la pintura de Matta; un texto de Michel Deguy, poeta que participaba en los años sesenta en las excursiones australes de Amerindia, sobre Zañartu, y una página mía a propósito de la aparición en el horizonte, en el Montparnasse de ese tiempo, del joven pintor Eugenio Téllez. Téllez solía andar en compañía de su contemporáneo Juan Downey y de un personaje mayor, delgado, perdido en una especie de neblina, inefable, que se hacía llamar Alvaro de Silva. Alvaro había viajado con Neruda, en calidad de amigo del flamante cónsul de tercera clase, al Extremo Oriente, hacia fines de la década de los veinte. Después había sido actor en el naciente cine mudo de la India, parece que con relativo éxito, y había pasado más tarde a ser profesor de literatura y ocasional escritor de cuentos y ensayos en universidades norteamericanas. Aterrizó en París, en la buhardilla de un hotelucho de la rue des Carmes, un espacio en el que no se podía estar de pie y que usé como escenario en mi novela La casa de Dostoievsky, hacia 1963 o 1964. Viajó a Chile a buscar una colección de pintura de Herrera Guevara, que guardaba en la bóveda de un banco, y después regresó a morir en París, de acuerdo con una tradición lírica y tanguera. Supongo que entre las figuritas que suelen perfilarse en los cielos de la pintura de Téllez se puede encontrar a Alvaro de Silva, quien tenía la curiosa costumbre de hablar canturreando, que pintaba manchas y escribía textos que parecían de gas o de humo. Una vez visitó a Neruda en Isla Negra, en una de sus pasadas por Chile: habían vivido juntos en la ciudad de Rangún, capital de la antigua Birmania, hasta el momento en que el poeta cónsul se instaló a vivir con Josie Bliss. Pues bien, Alvaro me describió su conversación frente a la chimenea del salón de Isla Negra de la siguiente manera: ya que eres escritor, le había dicho Pablo, ¿por qué no escribes libros y los publicas? Alvaro, con sus ojos azules distraídos, perdidos en la neblina, había quedado indignado. ¡Con qué ideas tan ordinarias —escribir y después publicar— le había salido su amigo de juventud!

Por su lado, en sus memorias, debidamente escritas y publicadas en forma de libro, el poeta contaba que apenas Alvaro se había subido al barco que los llevaría desde Buenos Aires al puerto de Marsella, las aventuras más disparatadas habían comenzado. Alvaro era la entrada directa en el disparate vanguardista: por eso figuraba en los cielos irreales de la pintura de Téllez y en otras aventuras parecidas, en su condición de caballero de la triste figura, pintor de manchas y escritor de páginas gaseosas.


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4 Comentarios publicados
Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
31/05/2011 10:43
[ N° 1 ]

ZURITA, UN GRAN AUSENTE que es presencia poética, que ofrenda su habla a los poetas muertos, en una misericordia del lenguaje que es oración mas allá de las palabras, y desde nuestra "loca geografia" nos devuelve la mirada de los difuntos que buscan redimirnos por este cuerpo que es el habla poética encarnada y viviente. Que el vate, grande, pequeño o "vulgar" se deje decir por el Lenguaje, como hicieron el Inca Garcilazo, o Neruda o Mistral. Leed "Poesia y Nuevo Mundo" de Raúl Zurita, en: "Sobre el Amor, El Sufrimiento y el Nuevo Milenio" Ed. Andrés Bello.

Posteado por:
Rodolfo Bambach Echazarreta
30/05/2011 15:43
[ N° 2 ]

Un aporte indudable a las generaciones venideras es que a través del comentario de encuentros amistosos,en apariencia
banales, el escritor muestra el sustrato mas profundo en el que se mueven sus "amistades".
No son solo los famosos, algunos nunca lo fueron, que mas da, integran con fuerza el clima de búsqueda, de arte, que se percibe en el relato.
Que diferencia tan abismal con el "farandulismo" en boga!

Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
28/05/2011 20:27
[ N° 3 ]

Primero, felicito a Edwards por acordarse, ¡alguna vez!
que los artistas y literatos latinoamericanos si existen, en un imaginario o mundo también universal. Pero es un texto comprimido, lleno de nombres, sin duda esenciales, pero son muchos para el total de palabras. Me acordé, por tanto, de un chiste, quizás malo, pero muy de nuestro pueblo: "Estoy leyendo a Prozac, le dice un amigo al tendero. Este contesta: "Yo leo la guia de teléfonos, pero, ¿sabe?, tiene mucho personaje..."

Posteado por:
rodrigo espinozsa castillo
27/05/2011 18:16
[ N° 4 ]

Suguiero:

Por cada 10 espacios de artistas en los diarios, se le de 1 cupo a los políticos; Nos haríamos más sabios, más cultos, más serenos, más reflexivos y menos corruptos.

La Segunda de los días viernes vale, en la medida que continúe su columna.

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