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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 15 de Abril de 2011
El exceso y la prudencia

Escribí hace poco sobre mi reencuentro con Ricardo Porro, arquitecto cubano octogenario a quien conocí en París a mi salida de La Habana, a comienzos de la década de los setenta. Octogenario él hace un rato y yo a un minuto de serlo. Pues bien, a Ricardo, después de los primeros años difíciles del exilio, no le ha ido nada de mal. Uno piensa en las víctimas del exilio, pero hay, también, notables sobrevivientes e incluso personas que aprenden y crecen. Supongo que es una cuestión de voluntad, de perseverancia, de energía, de verdadero talento. Ricardo Porro me hizo pensar de inmediato en José Lezama Lima, que nunca pudo salir de la isla y que no terminó tan bien. Tuve la ocasión de ver cartas de Lezama enviadas a su hermana, Eloísa, que vivía hace algunos años en Puerto Rico, y me entristecieron por su desesperación, por su angustia, por sus deseos frustrados de escapar. He contado que Lezama Lima me hizo una pregunta dramática antes de que yo saliera. ¿Usted se ha dado cuenta de lo que pasa aquí?, me preguntó, y cuando le contesté que sí me había dado cuenta, me insistió: ¿pero se ha dado cuenta de que nos morimos de hambre? Hasta aquí llegaba el lado dramático, entonces increíble, ahora perfectamente creíble, del diálogo. Pero hubo una frase final que en estos tiempos, al menos para mí, salta a la vista. Es de esperar, dijo Lezama, como conclusión, pensativo, que ustedes en Chile sean más prudentes.

Salvador Allende no quiso o no pudo ser prudente y quizá se dejó arrastrar por la vorágine. Neruda tuvo miedo, franco, palpable, visible, pero no podía llegar demasiado lejos. Y los militares actuaron sin saber que existía el mundo y que los estaban observando de cerca. La prudencia, he pensado, no es una virtud apreciada en la tradición hispánica. Se tiende a pensar que es cosa de gente apocada, poco valiente. Celebramos la audacia, la energía, la falta de cálculo en la acción, y sentimos en forma instintiva que la prudencia es una virtud secundaria. A lo mejor, o a lo peor, estamos perfectamente equivocados. ¿Qué habría sucedido, por ejemplo, si Allende hubiera sido más prudente, si en vez de otorgar un primer reajuste de salarios de cuarenta por ciento hubiera otorgado uno de cuatro por ciento, si hubiera sabido que la inflación era un peligro letal para su régimen? Pero no se puede hacer historia conjetural, no se puede especular sobre lo que habría ocurrido si Cleopatra, la reina de Egipto, hubiera tenido la nariz más larga.

Tampoco sé decir si la prudencia, en lugar de la audacia, es una virtud apreciada en otras partes del mundo. Ahora que he publicado mi novela, que algunos alegan que no es novela, sobre Montaigne, llego a la conclusión de que el autor de los ensayos era un hombre prudente, a pesar de que incurría en ocasionales excesos. Si los excesos sólo son ocasionales, significa que no son tan excesivos. Puedo beber una botella entera de whisky en una noche, pero no todos los días. Puedo cometer una que otra locura, pero no soy loco rematado. Si no hago una locura por lo menos una vez al año, dijo Vicente Huidobro, me vuelvo loco. El poeta era hombre de aforismos, de sentencias, de salidas desconcertantes. Era prudente, a pesar de las apariencias, y consiguió sobrevivir gracias a eso. Es bueno que no sólo nos interesemos en escritores tremendistas, telúricos, a pesar de la tendencia colectiva. La prudencia de Montaigne, por ejemplo, se manifestaba, entre otras cosas, en que dudaba, en que no estaba enteramente seguro de casi nada. Los economistas de Allende estaban seguros de que la alta inflación “destruiría el poder de la burguesía”, como escuché una vez, y se equivocaban medio a medio, con graves consecuencias para el país. Un Montaigne no habría podido afirmar una cosa tan extrema sin dudar, sin hacerse preguntas complicadas, y hasta habría dudado de algo anterior: si valía la pena, en verdad, destruir “el poder de la burguesía”. La prudencia de los pensadores de su estirpe, de su familia mental, por decirlo de alguna manera, consiste en desconfiar de la palabrería hueca, de las verdades sentenciosas, aceptadas por ocasionales mayorías en condición de dogmas, y que examinadas con más atención resultan absurdas o vacías. Por eso, cuando llegaba el momento y el hombre carecía de argumentos claros, contundentes, declaraba, en lugar de cerrar los ojos y lanzarse por cualquier lado, je m’abstiens, me abstengo. Y llegó a confesar que en las discusiones con sus adversarios solía encontrarles razón en más de algún punto. Era el hombre del equilibrio, de la moderación, de la sonrisa, y no ha tenido en la historia de la literatura la suerte de otros. La de Blaise Pascal, sin ir más lejos: su enemigo oscuro, austero, severo, que escribió sobre él más o menos un siglo más tarde, y que lo hizo siempre sin respeto, sin contemplaciones, sin un mínimo de simpatía. Confieso mi preferencia por el Señor de la Montaña, que tenía tres sillas de montar en su estudio y que a menudo ensillaba su caballo y emprendía largos viajes, y no me convence tanto el que sostenía que todos los problemas de los seres humanos derivan de que no pueden quedarse tranquilos en sus habitaciones. Paso largas horas en mi escritorio, el de una tarea y la otra, y de repente me dan ganas de salir de viaje, o de parranda. Cabalga Michel de Montaigne y cabalgo a su lado, llevado al galope por el ritmo de su escritura. La idea de pasar el resto de mi vida encerrado en mi pieza, dedicado a contemplar la eternidad, no me divierte mucho. Con el perdón de todos ustedes.

Me habría gustado mucho escuchar un diálogo entre Ricardo Porro y José Lezama Lima, pero uno había escapado a tiempo y el otro, obeso, de mente rápida y cuerpo pesado, se había quedado atrapado en su caserón viejo de la calle Trocadero. Habría sido necesario que una fundación rica promoviera el encuentro, pero es probable que la comandancia se hubiera opuesto. La región nuestra necesita variedad, diversidad de puntos de vista, actitudes abiertas. Necesita que los talentos ocultos, equivalentes a minerales sin explotar, salgan a la superficie. Pero esto se consigue con gobiernos prudentes, sensatos, libres, no con caudillos mesiánicos, enredados en sus palabras. Algunas personas me leen y, en lugar de pensar, sufren verdaderas convulsiones de rabia. Al llegar de regreso a París me declararon «persona non grata» por segunda vez, y no crean ustedes que son bromas. Conservo esa declaración con el mayor cuidado. Me lanzaron un boomerang y no tengo más que soltarlo en el momento oportuno para que emprenda el camino de vuelta.


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
Blanca Vivar carrillos
26/04/2011 13:15
[ N° 1 ]

Si hubo un hombre prudente y valiente fue el poeta Gonzalo Rojas QEPD, el poeta a pesar de su éxito y muchas veces de "olvido" fue fiel a sus convicciones y muy prudente, muchas veces fué tentado por el oro, nombramiento y cantos de sirena pero supo apretarse la guata para decir que no, su historia lo recordará fiel a sus principios e ideas Demasiada "prudencia" huele a cobardia y traición, esto ya lo hemos visto en muchos politicos y artistas que no vacilaron traicionar a sus ideas, sus prestigios y ética solo por miseros nombramientos.

Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
15/04/2011 18:14
[ N° 2 ]

Si uno tiene cuidado de seguir semana a semana, por al menos dos años, a Don Jorge Edwards, emprende, un viaje iniciático por la literatura y la ética, el ethos del bien pensar y bien decir, lo que no obsta las reservas politicas. En el apasionamiento de la discusión puede decirle una vez: "es ud. un genio, un maestro" y otra vez decir: "es una persona non grata". Un genio y un maestro de las letras, sin esos excesos verbalistas del surrealismo, sin ese transformismo linguistico de los mesianismos literarios, un genio más bien Montagniano, como le gustaria acaso ser llamado. Pero le falta lectura del género "ensayo sociopolitico", conocer los matices de las izquiedas. Por ejemplo. ¿Cómo entendemos a Ollanta Humala, izquierda. en alguna vertiente castrista, o un simple nacionalismo populista? ¿Tal vez ambas cosas? Otro ejemplo: los discursos de Fidel, ¿son visiones alucinantes del apocalisis del neoliberalismo, o de la propia escatologia marxista? Lo mas posiblemente probable es que "ambas dos" cosas, la una y la otra, es más, la una por la otra, en una co-implicación más complicada de lo que la pereza dialectoide quisiera. Pero entendámonos, no le doy la razón a Edwards, a lo sumo un "non grato" desacuerdo. Cordial, por lo de menos.

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