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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 08 de Abril de 2011
Derecho a proteger

Se vislumbra en los últimos tiempos un derecho internacional nuevo, que se insinuaba desde hace décadas, pero que ahora adquiere contornos más precisos. Es el derecho a defender a las poblaciones contra la violencia de sus propios gobiernos, contra lo que se podría definir como terrorismo de Estado. Ya lo hemos visto en acción: no se ha permitido una acción directa para derribar a Gaddafi, pero sí ataques aéreos destinados a defender a las víctimas de sus bombardeos. La diferencia es importante, no es una simple argucia jurídica. Los dictadores del Africa y del Oriente Medio, con Gaddafi en primera fila, han amenazado con represalias terribles a su oposición. El lenguaje y hasta la gesticulación, la oratoria, han derivado de mentalidades cercanas a la barbarie. Algunos historiadores del siglo XIX de América Latina hablaban de los caudillos ilustrados y los caudillos bárbaros. Nosotros, ahora, en pleno siglo XXI, hemos visto a estos últimos, con sus atuendos particulares, anunciando las penas del infierno a sus adversarios políticos. Ha sido un espectáculo que no se puede aguantar, un lenguaje de las cavernas llevado a las cámaras de los televisores, es decir, al interior de los hogares. ¿Se equivoca Occidente en intervenir? ¿No es todo esto un lujo excesivo de la conciencia de Occidente?

Llego, por mi parte, a una conclusión clara: no podemos emprender una cruzada y derribar a todas las dictaduras de este mundo, en calidad de Quijotes contemporáneos. Desde luego, no tenemos la capacidad real de hacerlo. Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados cuando un jefe estatal, tribal, lo que sea, anuncia torrentes de sangre y procede a cañonear con artillería pesada a sus opositores. Aquí interviene un principio moral elemental. Defender a las poblaciones civiles contra una represión homicida puede convertirse en un deber y en una necesidad. En ciertos niveles, equivale a un freno necesario. La conciencia civilizada, humana, debería imponerse, claro está, en el terreno de las ideas, pero de repente se presentan circunstancias en que la acción armada se hace inevitable. Hemos llegado al borde de matanzas civiles de gran salvajismo, que se habrían podido transmitir con toda tranquilidad por los medios de comunicación, y la decisión europea de frenarlas tiene un sentido. Ha servido, además, para compensar pasividades de épocas recientes. El hecho de que no se pueda intervenir en todas partes, en cada situación de barbarie o de genocidio, no es un argumento válido para no actuar en ninguna parte. En el caso de Libia hay una advertencia para el resto del mundo. En el de Costa de Marfil, con el perdedor de las últimas elecciones presidenciales aferrado como lapa a su cargo, escondido en un búnker debajo de su residencia oficial, también. Reprimir a los opositores por la fuerza armada, perder las elecciones y tratar de mantenerse en el puesto, ya no son conductas puramente internas, de puertas para adentro: son conductas observadas con atención y con escándalo por la comunidad internacional, y, en determinadas circunstancias, la intervención exterior se justifica. Las últimas decisiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —la 1973 sobre Libia, la 1975 sobre Costa de Marfil—, crean jurisprudencia en estos aspectos. Desde hace rato, los dictadores del mundo contemporáneo tienen que poner las barbas en remojo. No hay excepciones en la materia, y cada uno tiene que sacar sus propias conclusiones. Una de las conclusiones, sin embargo, por desgracia para todos, es la necesidad para ellos, para conservar el pellejo, de resistir hasta el final. Cuando escribo estas líneas, Laurent Gbagbo, el presidente derrotado y contumaz de Costa de Marfil, sigue atrincherado debajo de su residencia palaciega, convertida en fortaleza inexpugnable.

La observación de los hechos, por más que sea a distancia, a través de la prensa escrita, de la televisión, de los comentarios más diversos, me lleva a una noción que mastico hace ya bastante tiempo. La clave de la democracia moderna, me digo, es la alternancia, la entrega pacífica del poder por un gobernante legalmente elegido a otro. Eso se inventó en Chile con Diego Portales y con la constitución política de 1833, dígase lo que se diga. Había aspectos autoritarios, minorías abusivas, desigualdades de todo orden, pero la sucesión presidencial regular, el cumplimiento de los plazos constitucionales, llevó a una apertura, al reemplazo de las viejas clases conservadoras por una burguesía liberal más moderna. En mis tiempos de estudiante en la Escuela de Derecho de la calle Pío Nono me parecía poco. Ahora no me parece tan poco. La posibilidad de reemplazar a un jefe de Estado por otro, en elecciones normales, en forma pacífica, fue uno de los grandes secretos de la antigua República de Chile. En los años anteriores a la Unidad Popular y al golpe de septiembre de 1973, esa condición republicana empezaba a perderse porque en cada elección el país se lo jugaba todo. O se quedaba en el grupo de las democracias occidentales o corría el peligro de pasarse al bloque soviético. Así de simple y así de complicado.

En gran parte del Africa actual no hay alternancia porque el gobernante derrocado pasa directamente a la cárcel, al exilio, al paredón. Aferrarse al poder se transforma así en una cuestión de vida o muerte. Acabo de leer un artículo interesante de Dominique de Villepin, a quien conocimos en Chile hace tres o cuatro años. Dice que hay que inventar un sistema de alternancia real, práctica, en el Africa, para que la democracia pueda funcionar, para que la oposición y los gobernantes que entregan el poder tengan un papel interesante, de utilidad pública, aceptado por todos, en sus respectivas posiciones. Es fácil decirlo, desde luego, pero ¿cómo, desde dónde, se puede comenzar? ¿Quién le dice a Laurent Gbagbo que salga de su búnker, que le entregue la presidencia del país a Alassane Ouattra y que sea el jefe de una oposición constructiva? Si estuviera en su caso, sería muy difícil que alguien me diera garantías. Hay indicios, sin embargo, de que el Africa puede tener un desarrollo moderno en los próximos años. Tendríamos que apostar todos, entonces, a la noción de un desarrollo democrático en ese continente. ¿Quién apostaba por eso en el Chile de 1820 y tantos? Mantengamos el derecho a proteger a las poblaciones amenazadas y apliquemos una energía positiva, una visión optimista, a todo este asunto.


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9 Comentarios publicados
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Jorge Francisco San Juan Ubilla
13/04/2011 22:34
[ N° 1 ]

Leí la crónica el Viernes pasado, pero me pareció difícil de integrar los numerosos elementos de juicio que entregaba Edwards, como para que pudiera concluir inmediatamente y coincidir en que debería formalizarse esta nueva forma de derecho a proteger. Pues bien, decidí darme tiempo para reflexionar sobre este provocador tema. Me ayudó el que ayer martes por la noche la televisión local, transmitiera una interesante entrevista a Vargas Llosa, el actual premio Nóbel de Literatura, que en una de sus partes se refirió al rol de los intelectuales en política, donde según él estos eran criticados por el entorno a causa a veces de sus incómodas preguntas, considerando la visión crítica permanente de estos a la sociedad en el sentido de buscar su perfeccionamiento o mejora. Todo esto, aparte de referirse también a la incómoda situación política actual del Perú, situación que según él fue en parte provocada por la cada vez menor presencia de partidos políticos, que encauzaran y representaran a la opinión publica, conduciendo a encrucijada de dos alternativas de caudillismo extremo y opuesto, que obviamente no nacieron de la democracia representativa. Volví hoy a releer la crónica de don Jorge, y desde mi perspectiva lo que está planteado en el fondo, es el derecho de las poblaciones del mundo a vivir bajo sistemas democráticos estables, que garanticen su libertad política y económica, para lo cual es un derecho y un deber de las naciones libres organizadas el propiciar las condiciones democráticas republicanas, tanto para los pueblos que ya las posean puedan mantenerlas, como también para que los pueblos que viven bajo sistemas opresivos puedan establecerlas y desarrollarlas. Pero Derecho a proteger?, me parece que no es el concepto más indicado porque en la medida que se protege se hace menos libre al protegido, y creo que quizás este mal concepto a conducido a las actuales situaciones de varios países en el África, y otros casos bien conocidas en América Latina y también en Asia.

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Fernando Alcantara Alcantara
13/04/2011 18:19
[ N° 2 ]

Lo de los dictadores que no entregan el poder lo conocemos, la mayoría porque quedaran al descubierto todos sus ilícitos, a algunos les resulta a otros no. Pruebas de eso tenemos cerca o en casa. Por otro lado, cualquier día le tocan los intereses económicos a la derecha y/o a los que mangonean el país, ahí no más tenemos la intervención del ejército regular, para "salvar al pueblo" y dejar las cosas en su lugar. Así es la democracia que tenemos.

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mario juvenal ramos peña
13/04/2011 13:32
[ N° 3 ]

Un excelente artículo de nuestro escritor y Embajador señor Edwards, los tiempos son otros, mejoran las comunicaciones, y la extensión de los Derechos Humanos también. El punto es cuando estos dictadores afectan realemente a la economía de paises pequeños, por su influencia en el mercado, en este caso, Gadafi en le precio del petroleo, nuestros pequeños presupuestos desaparecen por efecto de las alzas, principalmente en los productos de primera necesidad.

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juan eleuterio díaz núñez
13/04/2011 09:12
[ N° 4 ]

Así es, estimado Sr. Opazo, es una clase politica con un sistema "amañado" para favorecer sus intereses o la economia neoliberal de las corporaciones trasnacionales. Ahi está el ejemplo del "negocio empresarial" de la educación. En tanto, aumentan la marginalidad, la mortalidad infantil, el femicidio, el suicidio adolescente. Es un sistema perverso, hechura facciosa de Guzmán, Pablo Rodríguez, Carmona. Y ahora quieren estos ilustrisimos señores y monseñores, "inscripción automática y voto obligatorio". Pero el electorado y las bases populares, estamos ahítos. Aqui se van a abrir las grandes alamedas, pese a quien le pese.

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Jorge Enrique opazo Villegas
11/04/2011 17:18
[ N° 5 ]

LOS INTELECTUALES Y LA DEMOCRACIA III
Los partidos políticos son un verdadero parlamento paralelo, es en las oficinas de las cúpulas políticas donde se decide la suerte de los proyectos que se votan en el parlamento y en los municipios, los parlamentarios y concejales no pueden votar en conciencia porque corren el riesgo de que el partido los deje fuera de las listas de candidatos en la siguiente elección.
Esta realidad configura un cuadro de una democracia cautiva, presa de 6 u 8 partidos políticos, mas que eso presa de unas 60 u 80 personas que conforman las directivas de los partidos políticos y los ciudadanos sólo participan cada 4 años cuando son convocados a votar por los candidatos que los partidos eligen. Cabe preguntarse entonces, es una real democracia la que tenemos?, obviamente que no. Lo que realmente tenemos es una partidocracia, y mas que eso tenemos una dictadura de los partidos porque teniendo los partidos sólo un 5% de los ciudadanos como militantes controlan al 95% de los concejales, alcaldes y parlamentarios y el 95% de los ciudadanos independientes elije y tiene sólo al 5% de independientes. lo cual por cierto no es bueno ni sano para el progreso que todos queremos alcanzar. Alcanzar una verdadera democracia es tarea de todos, también de los intelectuales, elciudadano común y corriente prácticamente no tiene tribuna ni posibilidad alguna de protestar en este sentido, están ninguneados porlos partidos políticos, pero los intelectuales si tienen tribuna y pueden levantar la voz. Así como aquí se a alzado la voz en pro de la alternancia en el poder y en contra el terrorismo también se debiera alzar la voz con mayor fuerza en exigir un cambio radical en nuestro sistema político para que sean los ciudadanos los que ejerzan la democracia participativa y no las cúpulas políticas.

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Jorge Enrique opazo Villegas
11/04/2011 17:18
[ N° 6 ]

LOS INTELECTUALES Y LA DEMOCRACIA II
En efecto, los partidos tienen el privilegio prácticamente exclusivo para elegir y/o designar candidatos a todos los cargos de representación popular, la posibilidad de que un ciudadano lo haga de forma independiente es casi nula, lo demuestra el echo que al memos el 95% de los concejales, alcaldes, diputados y senadores son militantes de un partido político, estos una ves que los servidores públicos son elegidos por los ciudadanos en una elección se apoderan de ellos y deciden lo que deben hacer en sus cargos, como deben votar y que proyectos deben presentar, apoyar o rechazar sin tomar en cuenta la opinión de los electores o ciudadanos que los eligieron pese que a que constitucionalmente las órdenes de partido están prohibidas (los partidos no respetan la constitución), lo demuestra el caso Van Rysselbergher en que la UDI y RN intentaron públicamente mediante eufemismos alinear a sus parlamentarios para votar la acusación constitucional en uno u otro sentido. En la Florida llevan 3 meses sin alcalde porque los partidos no se ponen de acuerdo en su reemplazante, porque no le piden a los electores que elijan un nuevo alcalde?, no sería eso mas democrático?. Los partidos no sólo se apoderan de los parlamentarios sino que los consideran propiedad de ellos (a pesar que la dieta se las pagan los ciudadanos con los impuestos), tanto es así que cuando un parlamentario en ejercicio fallece o es nombrado ministro el partido en el cual milita designa a su sucesor sin consultar o tomar en cuanta para nada la opinión de los ciudadanos que lo eligieron, hay varios casos recientes que lo demuestran. Este sistema impide que lleguen al parlamento y a los municipios los mejores ciudadanos, llegan sólo los que son funcionales a los interes de los partidos políticos, por eso tenemos tantas leyes de mala calidad, tantas leyes obsoletas, tantos proyectos durmmiendo el sueño eterno en el parlamento, los paretidos sólo privilegian los proyectos que lesconvienen electoralmente, no los que convenga al interés ciudadano.

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Jorge Enrique opazo Villegas
11/04/2011 17:17
[ N° 7 ]

LOS INTELECTUALES Y LA DEMOCRACIA I
Aplaudo el echo de que un intelectual se interese y preocupe de lo que ocurre en el mundo mas allá de lo meramente intelectual, lo que ocurre en el mundo debe interesar a todos.

"La clave de la democracia moderna, me digo, es la alternancia, la entrega pacífica del poder por un gobernante legalmente elegido a otro.".

"Es el derecho a defender a las poblaciones contra la violencia de sus propios gobiernos, contra lo que se podría definir como terrorismo de Estado".

Comparto totalmente estos dos principios, porque la democracia es la mejor herramienta para vivir civilizadamente y los que ya la tienen deben ayudar a conseguirla a quienes aún no la tienen. Pero la democracia sin la participación plena de los ciudadanos es lo mismo que nada y en el caso de Chile nuestra democracia está en deuda con sus ciudadanos. No existe participación plena, no porque los ciudadanos no quieran sino porque no los dejan, en efecto los partidos políticos tienen demasiado poder al extremo que inhiben y/o anulan el poder ciudadano. No es necesario ser partidario o militante de un partido político para dedicarse a la política o al servicio público, basta con tener vocación de servicio público, pero nuestro sistema político impide eso y obliga al ciudadano a matricularse en un partido para ejercer el servicio público.

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juan eleuterio díaz núñez
09/04/2011 19:33
[ N° 8 ]

El Intervencionismo de los poderes centrales tiene una larga historia de sacar gobernantes considerados discolos, y conspirar permanentemente para poner gobernantes considerados afines. Cuando la politica de inteligencia falla, se recurre a golpes de Estado, si esto no es posible, a invasiones, incluso mas genocidas que los males que pretende remediar. Esta nota de Edwards pone una "espada de Damocles" también sobre latino américa, y no esperaba que el culto expositor de Montaigne saliera con un barbarismo, que no tiene el atenuante de la ignorancia, por lo cual es "non grato" por decir lo menos.

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Eduardo Llanos Melussa
08/04/2011 18:56
[ N° 9 ]

Es verdad que la alternancia en el poder cosntituye un indicador del nivel de salud de una democracia, pero asegurar o comprometer el traspaso pacífico resulta insuficiente. Para empezar, hay muchos casos de excesos gubernamentales que impiden garantizar con realismo que el gobernante previo no deba terminar en la cárcel.
Por tanto, quizás la comunidad internacional debería intervenir antes, a modo de prevención, mientras se empiezan a detectar maniobras ilegales de cada gobierno.
Y respecto del derecho que le asiste a la comunidad de las demás naciones para intervenir en un país que trasgrede flagrantemente el derecho internacional, quizás se podría aplicar el mismo raciocicio que rige el derecho civil: cualquier ciudadano puede demandar a quien cometió el ilícito, independientemente de que no sea ni remotamente víctima de ese ilícito. Porque, en el fondo, todo delito atenta --de un modo o de otro-- contra el orden social y el imperio de la ley. Análogamente, un dictador local atenta contra el orden mundial, por mucho que cometa sus tropelías en algún rincón apartado del globo y que los gritos y llantos de víctimas no se alcancen a oír bien desde los grandes centros.
Eso a nivel de principios. Aplicarlos ya es otra cosa.

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