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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 11 de Marzo de 2011
La torre de James Joyce

Miro a unos remeros que reman en el mar tranquilo. Diviso en la distancia terrazas, caminos ondulantes, gente que camina por orillas rocosas. A través de la ligera neblina se vislumbra la popa de un barco que se interna en el mar de Irlanda. No hace demasiado frío, pero hay niebla, un poco de llovizna y conviene abrigarse. Entro a la torre, más sólida, menos ruinosa de lo que me imaginaba, por una puerta de la izquierda; miro unos libros, unas caricaturas, unas tarjetas postales, lápices de mina amarrados como gavillas. Subo dos gradas de piedra y me encuentro en una sala redonda, oscura. Me parece que hay un dibujo en la pared: una cara huesuda, alargada, de rasgos fuertes. Es un retrato de Gogarty, explica alguien. Dentro del grupo de amigos, Gogarty era el más rico, el que se dedicaba al comercio y a los negocios, el que financiaba el alquiler de la Martello Tower. Tengo la osadía de subir por una escalera de caracol endiablada, donde hay que sujetarse con fuerza, ya que los escalones de hierro son demasiado angostos. Ya el Ulises definía la visión de la caja de la escalera como la de un abismo. Entro en una habitación que sólo tiene un camastro, unos bastones, unas cafeteras oxidadas. Por una de las troneras se divisa un pedazo de mar. Vuelvo a subir y desemboco en la cumbre redonda. Aquí llegaba, de mañana, en bata, armado de un recipiente de estaño, con un hisopo enjabonado y una cuchilla de afeitar, Buck Mulligan. Las alusiones al cáliz, a la consagración, son claras en esas primeras páginas. Toda la fuerza del estilo reside en la prosa detallada, minuciosa, pero donde revolotean, se insinúan, aparecen y desaparecen, visiones diferentes, espaciales, simbólicas. Buck Mulligan lanza unos latines.

Stephen Dedalus, a quien ya habíamos conocido en el Retrato del artista adolescente, reclinado en el parapeto de piedra, se despereza y protesta. Todos han bebido demasiado la noche anterior. Es difícil no beber en las noches dublinesas. Regreso del sur de la ciudad al centro, a la calle O’Connel, a las cercanías del Liffey, y me doy un momento para caminar por los amplios patios de piedra del Trinity College. Ahí me puedo imaginar al joven Joyce en los comienzos del siglo XX. Observo una fotografía suya de frente, de manos en los bolsillos, gorra, pantalones claros, mirada desafiante. Paseaba por esos patios, frente a fachadas neoclásicas, a templetes de inspiración griega, en compañía de Malachi Mulligan, de Haines, de Kinch, de Gogarty. Ahí organizaba su proyecto de irse para siempre: irse para quedarse, para reconstruir Dublín con la imaginación. Le cuento a la gente de la Feria del Libro mi descubrimiento de Joyce, y de las callejuelas de Dublín, en el remoto Santiago de fines de la década del cuarenta. Me escuchan con sorpresa, con un sentimiento, supongo, de irrealidad, y de cuando en cuando sueltan una carcajada. Espero que haya venido mucho a Dublín, me dice una señora gorda, de nariz roja. Muy poco, le contesto. What a shame!, exclama ella, ¡qué vergüenza! Santiago en Dublín es sólo un espacio de la literatura, una ficción, así como Dublín en Santiago. Pero mi segundo y desaparecido libro de cuentos se llamó Gente de la ciudad, y fue un homenaje a Dublineses, los cuentos de Joyce. Y el primero de los cuentos que escribí, o el segundo, fue una parodia, una paráfrasis joyceana, hasta cierto punto un plagio, y debido a eso quedó sin publicarse. Ahora tendría que bajar por una escalera no menos peligrosa que la que acabo de practicar, en el barrio sureño y marítimo de Sandycove. La de caracol de la Torre Martello me produjo un tirón muscular fuerte y me dejó cojo de la pierna derecha. Pero pude contemplar a mi gusto el mar de Stephen Dedalus, el del Joyce juvenil, anterior a su exilio. Todos saben más que yo, como es natural, pero no saben nada o casi nada de Italo Svevo, lo cual me provoca gran extrañeza. ¿Será que los dublineses saben de los otros dublineses, como los santiaguinos de los santiaguinos, y el resto del mundo no existe? Alguien ha estudiado la amistad de Joyce con Svevo, en Trieste, me dice una persona incisiva, de lentes gruesos, que habla poco.

En la noche, en la esquina más bulliciosa y animada del planeta, he subido, con mi pierna lesionada, al segundo piso de un pub y he escuchado música gaélica en vivo y en directo. En la sala no cabe un alfiler. Todos cantan con el cantante de la guitarra y los instrumentos mecánicos, baten palmas en forma rítmica, piden más pints de cerveza negra o salen a fumar a una galería exterior. Se parece algo a la música country de los Estados Unidos. Compruebo la fuerza de la influencia irlandesa en el mundo norteamericano. En la música, en la literatura, y supongo que en muchas otras cosas. Me parece que Edgar Allan Poe tiene mucho de irlandés, y quizá Melville, y probablemente Scott Fitzgerald y Hemingway. La alegría, el bullicio, la música de un pub irlandés el viernes o el sábado en la noche son comparables a las de algunas tabernas de Nashville, Tennessee, de Fort Collins, Colorado, de la zona baja de Chicago. Si hubiera conocido Dublín antes, a lo mejor habría tratado de hacer el camino inverso de Joyce. Es decir, quedarme. Pero he vivido en demasiados lugares, lo cual equivale, de acuerdo con el pensamiento de Séneca, a no vivir en ninguno. Digo que tengo hambre, que no puedo alimentarme sólo de cerveza negra, y me llevan a una enorme tienda de alimentos escogidos. La tienda sólo está cerrada por unas cintas de colores. Bajamos por una larga escalera y llegamos a un galpón espacioso, ocupado por mesas rectangulares, de cuartel o de escuela, llenas de bote en bote. En los muros hay botellas de vino que la gente saca y lleva a sus asientos. Nos sirven salmón ahumado y ostras de Irlanda, y bebemos un Albariño de Galicia. Los vinos están agrupados de acuerdo con sus orígenes, señalados en cuadrados negros, a la altura del techo. En una parte dice Chile; en otra, Austria; en otra, España, y los cuadrados se pierden en la distancia. Después me llevan a probar un whisky de marca Middleton. No se acostumbra ponerle hielo ni agua: se considera que sería un acto de barbarie. En seguida tomamos un triciclo manejado por un estudiante brasileño (para ayudar a los estudiantes, me explican), y llegamos entre coches, bocinazos, tranvías, peatones, gritos de toda clase, al hotel. Me siento más o menos contento de haber sobrevivido, pero la actitud de la gente me indica que no había peligros reales. ¿Es usted galés?, me preguntan en el hotel, ya que han visto mi apellido en una tarjeta. No, contesto, soy chileno. ¡Pero eso está muy lejos!, exclama alguien. ¡Y muy cerca!, digo. ¿Muy cerca? La persona de la pregunta se rasca la cabeza. A lo mejor, sí, responde, pero la expresión de extrañeza no se le borra.


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
12/03/2011 21:59
[ N° 1 ]

Una página magistral de ensimismamiento descriptivo. Pero ¿Por qué Joyce? ¿Por qué el inglés?. Lo comprenderia mejor en el centro de una estepa castellana, pero mucho más en Londres, en la vieja y terremoteada calle Londres, de nuestro consuetudinario Santiago. O en Macondo. ¿Ha descrito Macondo, maestro? Un pueblo de tablas en el desierto, a orillas de un mar alucinatorio, donde se posan palomas parroquianas que vienen de los confesionarios. ¿No le agrada el realismo magico latinoamericano, maestro? Se refugia en un eurocentrismo irreal, emérito vate? Es su privilegio, sírvase Ud. Para nosotros es caro, y lejano, muy lejano...

Posteado por:
Ingnacio Barcelo Amado
12/03/2011 01:34
[ N° 2 ]

Magnífica columna, un verdadero plaser leerla varias veces. No conozco nada de Joyce, what a shame!, pero me he familiarizado con el Ulises de tantas veces escuchar de su existencia; y con el propio Joyce. ¿Ha sido fructífera la mañana maestro?,le pregunta alguien en una ocasión. Si, responde; he escrito una frase. Nada de nostalgia y de eso es lo que quería hablarte. Quizá sepas que no eres el primer escritor chileno que ha remedado, incluso plagiado a Joyce; pero quizá no sepas que a otro chileno, en esa misma ciudad en la que eres un magnífico Embajador de este Chile, Patricio Manns llevó a un editor su novela "El cazador en movimiento". El editor después de leerla le dijo algo así como "es interesante, el problema es que es igual al Ulises". No se la publicó pero, por lo que he escuchado del Ulises, podría ser también un halago.

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