Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
Miro a unos remeros que reman en el mar tranquilo. Diviso en la distancia terrazas, caminos ondulantes, gente que camina por orillas rocosas. A través de la ligera neblina se vislumbra la popa de un barco que se interna en el mar de Irlanda. No hace demasiado frío, pero hay niebla, un poco de llovizna y conviene abrigarse. Entro a la torre, más sólida, menos ruinosa de lo que me imaginaba, por una puerta de la izquierda; miro unos libros, unas caricaturas, unas tarjetas postales, lápices de mina amarrados como gavillas. Subo dos gradas de piedra y me encuentro en una sala redonda, oscura. Me parece que hay un dibujo en la pared: una cara huesuda, alargada, de rasgos fuertes. Es un retrato de Gogarty, explica alguien. Dentro del grupo de amigos, Gogarty era el más rico, el que se dedicaba al comercio y a los negocios, el que financiaba el alquiler de la Martello Tower. Tengo la osadía de subir por una escalera de caracol endiablada, donde hay que sujetarse con fuerza, ya que los escalones de hierro son demasiado angostos. Ya el Ulises definía la visión de la caja de la escalera como la de un abismo. Entro en una habitación que sólo tiene un camastro, unos bastones, unas cafeteras oxidadas. Por una de las troneras se divisa un pedazo de mar. Vuelvo a subir y desemboco en la cumbre redonda. Aquí llegaba, de mañana, en bata, armado de un recipiente de estaño, con un hisopo enjabonado y una cuchilla de afeitar, Buck Mulligan. Las alusiones al cáliz, a la consagración, son claras en esas primeras páginas. Toda la fuerza del estilo reside en la prosa detallada, minuciosa, pero donde revolotean, se insinúan, aparecen y desaparecen, visiones diferentes, espaciales, simbólicas. Buck Mulligan lanza unos latines.
Stephen Dedalus, a quien ya habíamos conocido en el Retrato del artista adolescente, reclinado en el parapeto de piedra, se despereza y protesta. Todos han bebido demasiado la noche anterior. Es difícil no beber en las noches dublinesas. Regreso del sur de la ciudad al centro, a la calle O’Connel, a las cercanías del Liffey, y me doy un momento para caminar por los amplios patios de piedra
En la noche, en la esquina más bulliciosa y animada del planeta, he subido, con mi pierna lesionada, al segundo piso de un pub y he escuchado música gaélica en vivo y en directo. En la sala no cabe un alfiler. Todos cantan con el cantante de la guitarra y los instrumentos mecánicos, baten palmas en forma rítmica, piden más pints de cerveza negra o salen a fumar a una galería exterior. Se parece algo a la música country de los Estados Unidos. Compruebo la fuerza de la influencia irlandesa en el mundo norteamericano. En la música, en la literatura, y supongo que en muchas otras cosas. Me parece que Edgar Allan Poe tiene mucho de irlandés, y quizá Melville, y probablemente Scott Fitzgerald y Hemingway. La alegría, el bullicio, la música de un pub irlandés el viernes o el sábado en la noche son comparables a las de algunas tabernas de Nashville, Tennessee, de Fort Collins, Colorado, de la zona baja de Chicago. Si hubiera conocido Dublín antes, a lo mejor habría tratado de hacer el camino inverso de Joyce. Es decir, quedarme. Pero he vivido en demasiados lugares, lo cual equivale, de acuerdo con el pensamiento de Séneca, a no vivir en ninguno. Digo que tengo hambre, que no puedo alimentarme sólo de cerveza negra, y me llevan a una enorme tienda de alimentos escogidos. La tienda sólo está cerrada por unas cintas de colores. Bajamos por una larga escalera y llegamos a un galpón espacioso, ocupado por mesas rectangulares, de cuartel o de escuela, llenas de bote en bote. En los muros hay botellas de vino que la gente saca y lleva a sus asientos. Nos sirven salmón ahumado y ostras de Irlanda, y bebemos un Albariño de Galicia. Los vinos están agrupados de acuerdo con sus orígenes, señalados en cuadrados negros, a la altura
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 12/03/2011 21:59 [ N° 1 ] |
Una página magistral de ensimismamiento descriptivo. Pero ¿Por qué Joyce? ¿Por qué el inglés?. Lo comprenderia mejor en el centro de una estepa castellana, pero mucho más en Londres, en la vieja y terremoteada calle Londres, de nuestro consuetudinario Santiago. O en Macondo. ¿Ha descrito Macondo, maestro? Un pueblo de tablas en el desierto, a orillas de un mar alucinatorio, donde se posan palomas parroquianas que vienen de los confesionarios. ¿No le agrada el realismo magico latinoamericano, maestro? Se refugia en un eurocentrismo irreal, emérito vate? Es su privilegio, sírvase Ud. Para nosotros es caro, y lejano, muy lejano... |
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Posteado por: Ingnacio Barcelo Amado 12/03/2011 01:34 [ N° 2 ] |
Magnífica columna, un verdadero plaser leerla varias veces. No conozco nada de Joyce, what a shame!, pero me he familiarizado con el Ulises de tantas veces escuchar de su existencia; y con el propio Joyce. ¿Ha sido fructífera la mañana maestro?,le pregunta alguien en una ocasión. Si, responde; he escrito una frase. Nada de nostalgia y de eso es lo que quería hablarte. Quizá sepas que no eres el primer escritor chileno que ha remedado, incluso plagiado a Joyce; pero quizá no sepas que a otro chileno, en esa misma ciudad en la que eres un magnífico Embajador de este Chile, Patricio Manns llevó a un editor su novela "El cazador en movimiento". El editor después de leerla le dijo algo así como "es interesante, el problema es que es igual al Ulises". No se la publicó pero, por lo que he escuchado del Ulises, podría ser también un halago. |