Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
No sé si nuestra Plaza de Armas, que en épocas anteriores a la independencia se llamó Plaza del Rey, fue revolucionaria en algún momento. Otras plazas de Santiago trataron de serlo y no les fue demasiado bien. Quizá en los días de la primera Junta, o en los primeros años carrerinos, soplaron ahí, entre la Catedral, la Casa de Gobierno, la Real Audiencia, aires de fronda. La Plaza de la Concordia, en París, se había llamado Plaza del Rey en los años del antiguo régimen y después se llamó Plaza de la Revolución. La concordia, la reconciliación verdadera, de fondo, se genera con gran dificultad, y el camino tiene que comenzar en los espíritus, fenómeno que a nosotros, los chilenos, siempre nos ha costado mucho entender.
Hay plazas de revoluciones interrumpidas, suprimidas con violencia, como la de Tiananmén, en Beijing. Algunos pensaron que las concentraciones de las plazas principales de Túnez y de El Cairo, rodeadas por los tanques de los respectivos ejércitos, terminarían de la misma manera. Se produjo, sin embargo, un fenómeno nuevo, un paso imprevisto de la historia. Los principales gobiernos interesados en el tema, y en primer lugar el de Barack Obama, cometieron errores de cálculo, vacilaron, y al final reaccionaron y se adaptaron a la situación nueva. Todos estuvieron a punto de perder el tren, pero todos alcanzaron a subirse a los carros en marcha. Obama comprendió a tiempo que Estados Unidos no podía oponerse a un movimiento democratizador y que se enfrentaba a una dictadura. Creo que aquí se encuentra una de las claves de todo el asunto. En el norte de Africa, en el Medio Oriente, en la región más estratégica y más peligrosa del mundo contemporáneo, en las grandes reservas de petróleo, en los grandes peligros integristas, en las cercanías de Israel y de sus vecinos, no parecía posible sostener algo que no fuera el statu quo. Y, sin embargo, llegaba un punto en el que resultaba peligroso no sostener el cambio. En esto residía la endiablada dificultad de las decisiones. La voz de los intelectuales suele ser interesante, necesaria, sobre todo cuando es una voz independiente, donde la independencia se palpa en el tono mismo, en el punto de vista, pero ahora los diarios se llenan de entrevistas de los escritores de la región, y muchas dan un poco de risa: son generales después de la batalla, y creen que están en condiciones de darles consejos a la humanidad entera.
El gran problema de apoyar el cambio, frente a la situación anterior, consistía en no saber para dónde podía ir ese cambio. Se vislumbraba, por una parte, la amenaza del caos; por otra, la del integrismo islámico. Y se agregaba una duda fundamental, casi nunca expresada: ¿eran capaces, los países árabes de organizarse como sociedades modernas, con estructuras y libertades democráticas? Yo diría que esta duda es la eterna incertidumbre de Occidente, y si se aplica hoy día a los países árabes y a otras regiones del planeta, se aplicó en un pasado muy reciente a los países de América Latina. En otras palabras, la cultura europea inventó un sistema político de carácter universal, válido, en principio, para todas las sociedades humanas; pero ellos, en la hora decisiva, son los primeros en dudar de esa universalidad. La estabilidad de las dictaduras árabes estaba favorecida por el miedo al vacío de poder, que podía ser llenado por el integrismo. Ahora no hay una respuesta clara: el gran dilema y las insidiosas dudas están muy lejos de haber quedado resueltas.
En las plazas de Túnez y de El Cairo hubo, sin embargo, fenómenos nuevos, que se podrían definir como revolucionarios en el mejor sentido de la palabra. La mayoría de la gente que se reunía era joven y había muchas mujeres: estudiantes sin medios suficientes para estudiar, jóvenes profesionales masculinos y femeninos sin trabajo, mujeres sin velo, consignas modernas, democráticas. La gente pedía libertad y trabajo: el fin de la dictadura y de la corrupción. Las antiguas acusaciones al “imperialismo norteamericano”, a la CIA, a fuerzas oscuras llegadas del mundo exterior, brillaban por su ausencia. Uno tenía la sensación de observar a gente informada, que sabía bastante acerca del resto del mundo, y que exigía formas de convivencia civilizada, no regidas por el palo y la tortura.
En ese contexto, parecía que los soldados, subidos en sus tanques, pero rodeados de gente joven, sencilla, bien intencionada —estudiantes con sus libros de clase, profesionales medios, camioneros, taxistas—, se sentían tocados por el ambiente. Las escenas en que militares y civiles discutían sin aspereza, sin violencia, eran sorprendentes y frecuentes. En otras palabras, la juventud, la calle, las mujeres, ganaron su batalla en forma enteramente pacífica. Alguien me dice, una persona razonable, que conozco hace muchas décadas: y no será que ahora celebramos, como hemos celebrado en tantas ocasiones, y que después nos vamos a arrepentir. No tengo respuesta, por la sencilla razón de que no soy adivino, de que desconfío de las grandes promesas políticas, pero tiendo a ser optimista. En sus orígenes, las revoluciones independentistas de Túnez, de Egipto, de muchos otros países del norte de Africa y del Medio Oriente, fueron nacionales y, a la vez, liberales, ilustradas. La Guerra Fría las polarizó, las volvió rígidas, autoritarias. En estos días, sin embargo, se notó que los ejércitos que habían participado en movimientos de liberación nacional no podían ponerse a disparar contra multitudes en las que participaban parientes, amigos, gentes de su misma tierra y de su misma clase. Los golpes militares al estilo de antes, de hace veinte o treinta años, ya no se ajustaban a las realidades de ahora. Los Ben Ali y los Mubarak se escudaban en el miedo al integrismo: se presentaban como los únicos defensores de una sociedad moderna, no regida por talibanes. Pero era una falacia y una trampa. El futuro democrático de estos países, eso sí, no está asegurado. Confiamos, pero no sabemos. Se presenta delante de nosotros, en el porvenir inmediato, una encrucijada, una situación de enorme responsabilidad para el mundo occidental, pero también una extraordinaria oportunidad. Un Norte de Africa y un Medio Oriente pacificados, democratizados, serían un formidable progreso de la historia moderna, un cambio en profundidad. ¿Por qué no comprometernos? ¿Por qué no actuar para que ocurra eso? A mediados del siglo XIX, el general José de San Martín declaró que Chile era el único país que sabía “ser república hablando en español”. Las democracias de ahora que hablan en español son muchas, pero no está mal si empiezan a hablar en árabe, en cubano, en la lengua de Corea del Norte, en tantas otras.
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 24/02/2011 20:30 [ N° 1 ] |
Don Democráticus: |
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Posteado por: DEMOCRÁTICUS 23/02/2011 18:47 [ N° 2 ] |
Don Juan Eleuterio Díaz Núñez: Cuando uno ignora ciertas materias suele admirar en demasía a quienes las practican. Su admiración por don Jorge, don Juan, es por que usted no se ha dado la lata de leer el “Museo de Cera” de nuestro premiado don Jorge y cuentos como “El Patio”, etcétera. Le Recomendaría (aunque no me gusta recomendar, créame usted, por favor), que se de el tiempo y es posible que la lata y leyera a don Jorgito. Le apuesto lo que quiera que empezaría a decrecer en usted esa admiración domesticada por la ignorancia que se le nota en su escritura. |
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Posteado por: DEMOCRÁTICUS 21/02/2011 12:13 [ N° 3 ] |
Estimado Jorge Edwards:
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Posteado por: Blanca Vivar carrillos 20/02/2011 14:12 [ N° 4 ] |
Se imagina que la junta militar de ese pais quieran perpetuarse en el poder tal como lo hicieron sus amigos de la junta militar chilena? |
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 19/02/2011 22:00 [ N° 5 ] |
PERDóN? |
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Posteado por: Herman Aguirre Ayala 18/02/2011 19:56 [ N° 6 ] |
Cuando Egipto tome el camino de Iran, ahi va a reclamar USA. pero ya será demasiado tarde |
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Posteado por: Ruperto Barragan Lienlaf 18/02/2011 15:38 [ N° 7 ] |
Nada dice aqui el Embajador Edwards sobre la complicidad francesa con el regimen de Ben Ali,la que se evidencio casi hasta el ultimo minuto...Ademas, en Tunez - a diferencia de Egipto-la revolucion contra el dictador y su MUY mafiosa conyugue no se desarrollo en las plazas, sino en las calles de los barrios marginales de Sidibouzid , propagandose luego rapidamente hacia las barriadas de las demas ciudades de ese hermoso pais del Maghreb... |