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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 04 de Febrero de 2011
La rabia literaria

“Pido excusas por hablar tanto de mí mismo”, escribe Louis-Ferdinand Céline en una de sus novelas finales, De un castillo a otro. Hace poco, las instituciones culturales francesas se preparaban para celebrar el cincuentenario de su muerte. Hubo entonces, y todavía continúa, una apasionada y bien documentada campaña pública de protesta. A pesar de su indudable talento literario, Céline había sido un antisemita rabioso, un colaborador de los ocupantes nazis de su país, un panfletista indigesto, cavernario. Según algunos, llegó al extremo del soplonaje en círculos de la Gestapo, de la delación, de ayudar a que familias judías enteras fueran trasladadas desde Francia a los campos de exterminio. No sé si existen pruebas seguras, si el clima de guerra influyó en estas acusaciones, si el escritor fue llevado a la justicia, procesado en forma legal, segura, con derecho a la defensa, y condenado con todas las formalidades de la ley. Pero el propio Céline, que escribió una de las novelas maestras del siglo XX, Viaje al fin de la noche, publicó a la vez panfletos delirantes, verdaderos llamados al crimen.

El caso, como digo, provocó una polémica intensa. Los artículos, las tribunas de opinión, los testimonios, no cesan. Uno tiene la impresión de que el escritor ha resucitado de entre las cenizas para volver a ser condenado. Es muy difícil salvar en el sentido moral y hasta humano a Louis-Ferdinand Céline, que en la vida civil se llamaba Destouches y era médico de barrio, de servicios asistenciales. He leído su obra hace años y ahora vuelvo a leerla. La polémica, junto con renovar el rechazo, ha provocado una curiosa resurrección literaria. Viaje al fin de la noche es un largo texto envolvente, llevado por un ritmo musical, por una poesía áspera, en la que se respira la voz de la calle, de los suburbios, de un habla moldeada y dislocada por el uso, por los tonos coloquiales y populares. Es el libro con más exclamaciones callejeras, estallidos rimados, cantados, que he leído en mi vida. A veces me digo que las reflexiones clásicas de la crítica moderna sobre la lengua de Rabelais, el autor de Gargantúa y Pantagruel, son perfectamente aplicables a Céline. Céline escucha también las voces ancestrales, las consejas populares, las exclamaciones y las versainas, los pregones callejeros y campesinos, y construye a partir de ahí una escritura única, inimitable. Carnavalesca, para utilizar la definición del crítico ruso del siglo pasado Mijail Bajtín. De repente, sin embargo, la rabia, los prejuicios, la irracionalidad más total, enceguecen al novelista. Si leemos algunos de sus panfletos más virulentos, entendemos a sus enemigos. En sus páginas mejores, en cambio, tendemos a perdonarle todo. Es una contradicción viviente. Y aunque le busquemos la salida por muchos lados, no conseguimos evitar la incomodidad, la intrincada dificultad de su caso.

¿Podemos perdonar el crimen porque el criminal tiene un gran talento de escritor, porque usa el lenguaje con increíble soltura y maestría? Pienso que no: no tengo la menor duda al respecto. Pero soy, a la vez, enemigo declarado de la censura. Mi conclusión es clara: hay que leer a Céline, estudiarlo, celebrar su literatura, discutirla a fondo, pero no tiene sentido rendirle honores nacionales. Pues bien, el asunto plantea problemas delicados. Desde luego, el Estado no tiene por qué ejercer la crítica literaria. ¿Por qué hacerle celebraciones oficiales, estatales, a un escritor y no a otro? Como lo demuestra la historia de nuestro Premio Nacional de Literatura, tan codiciado y tan a menudo equivocado, los jurados burocráticos de alto rango distan mucho de ser infalibles. Al lado de algunos aciertos, las omisiones del Premio Nacional son flagrantes.

Pero hay otro aspecto más complejo, más sutil, de esta cuestión. Céline, el loco de Céline, fue descartado por su pésima conducta cívica, no por la calidad de su literatura. Y se plantea la inevitable pregunta: ¿deben las instituciones del Estado premiar a los escritores "buenas personas" y excluir a los otros? Con ese criterio, Céline no es el único que caería. No sé si Francois Villon, en la Edad Media, habría podido pasar el examen, o Jean Arthur Rimbaud, en el siglo XIX, o Jean Genet en el XX, para hablar sólo de escritores franceses. Escarbando entre ingleses, norteamericanos, rusos, alemanes, encontraríamos algunas buenas piezas. Como dijo alguien, el infierno de la literatura está plagado de buenas intenciones: aspiraciones bondadosas y resultados poéticos y novelescos detestables. La consecuencia última de todo esto es intrincada. Sería mejor, quizá, que el Estado no se meta en los temas de la consagración y de la jerarquía en el arte de la palabra: que se limite a facilitarles la vida a los creadores y se abstenga de ponerles notas.

Los dineros del Premio Nacional chileno han salvado la vida de muchos, pero habría que inventar una manera de entregarlos por otro lado. Y que hasta las malas personas, que no son pocas en la profesión, tengan derecho a escribir, a publicar y a cobrar sus derechos de autor. ¿Por qué un ministro que es, por ejemplo, abogado - y lo digo sin pensar en nadie en particular -, o un rector ingeniero o químico farmacéutico, tienen que influir en las cambiantes jerarquías de la literatura o del pensamiento?

Una vez asistí a la llegada de un barco cargado de libros, un barco biblioteca, a una isla de Suecia. Tocaban campanas y los isleños acudían y se llevaban verdaderos carros de libros. Tenían que pagar una pequeña suma por tomar el libro en préstamo y parte de esa suma llegaba a los bolsillos de los autores. Tengo la mayor simpatía por esas formas de apoyo a la lectura y a la creación, y mucha desconfianza frente a los galardones institucionales y ceremoniales, a pesar de que no los he rechazado e incluso los he recibido con gusto. Pero imagínense ustedes la antología que se podría hacer con los autores chilenos que no obtuvieron el Premio Nacional de Literatura: Vicente Huidobro, Juan Emar, María Luisa Bombal, Enrique Lihn, Jorge Teillier, Roberto Bolaño y un largo etcétera. Presenté en Barcelona Los detectives salvajes, de Bolaño, cuando nadie lo mencionaba para un premio ni siquiera municipal. Es decir, habría sido posible premiarlo a tiempo. Pero con otra actitud, y quizá en otro mundo.


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4 Comentarios publicados
Posteado por:
juan sanchez sanchez
10/02/2011 22:53
[ N° 1 ]

Célline para mi siempre fué un enigma. Desde su estatura ( 1.90)hasta sus maneras excentricas y misteriosas...le agradezco que lo traiga al hoy, buscaré su obra.

Posteado por:
Wilberio Mardones
07/02/2011 14:15
[ N° 2 ]

La rabia literaria es lo único que va quedando, lo demás se lo ha comido la farándula. ¿Céline nazi? Es una necedad afirmar eso. Su vida como médico, sus opiniones a contracorriente, sus escritos, son admirables. Sartre y compañía lo crucificaron y ellos, comunistas olímpicos, cómplices de los gulag, no han sido cuestionados como merecen. El viaje al fin de la noche es un canto contra el patrioterismo, el chauvinismo y la hipocresía de la guerra. Céline es el gran novelista francés del siglo pasado. A ver, mencionen otro...

Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
05/02/2011 08:26
[ N° 3 ]

ANTOLOGIA Y ONCOLOGIA LITERARIA, PERDON, ONTOLOGIA.
No conocia para nada a Celine, pero he leido "grandes literatos" Nazis. De verdad, la mente criminal tiene un extraño pacto con el demonio del verbo encarnado. Por ejemplo muy claro, Rosemberg, el Mito del Siglo XX, y Ezra Pound y sus poemas catatónicos.
Creo que un Estado burgués, que se precie de demócrata burgués, es decir, que asuma su "burguesia popular", puede y debe premiar lo que considera grandes prohombres o promujeres literarios, no tanto por la versatilidad de su pluma, sino por el asunto de Los Valores Literarios. ¿Cuáles? Valga la pregunta, pero hay consenso, valores civicos, solidarios, igualitarios, fraternales, libertarios, democráticos, participativos, y todas esas desgastadas palabras que, de tanto transitar por ellas, nos esquivan su significado, ese significado que el verdadero escritor, un virtuoso, ahora diriamos un "virtual" pretende recrear con mayor o menor fortuna.
De modo que estoy de acuerdo, no con premiar a Celine, ni con recomendarlo como lectura puberal, pero si con pasarlo por la cocina cerebral y anímica, para sacar, eventualmente, las más contradictorias conclusiones, es decir, las más renovadas y dialécticas conclusiones, es el modo de leer "El Diario de un Loco" si recuerdan ese cuento de ciencia ficción de un autor tan menor, que ya no figura en los Anales de la Nada.

Posteado por:
roberto mariano orellana ureta
04/02/2011 18:11
[ N° 4 ]

Es gratificante leer su columna de los Viernes. Solo una pregunta al Sr Jorge Edwards: sería posible escribir sobre la literatura y escritores de Asia, especial de la China? Estimo con la globalización, se nos viene encima toda su tradición y cultura, y para ellos igual la nuestra, por lo que escribir sobre China es muy importante, además de las diferencias con nuestro mundo occidental. Gracias.

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