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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 21 de Enero de 2011
Un vendedor clandestino

A fines de la década de los cincuenta, el profesor Black, en los claustros neogóticos de la Universidad de Princeton, dirigía un seminario sobre el tema de la modernización en el siglo XX. Cada alumno debía tomar un aspecto de la cuestión y escribir un trabajo de una veintena de páginas. El profesor me sugirió, ya no recuerdo por qué motivo, que estudiara el proceso de independencia de Túnez y la personalidad de su líder naciente, Habib Bourguiba. Me lancé sobre papeles, libros, revistas, y no sé cuáles fueron mis conclusiones de entonces. Cuando di un par de charlas en Estambul, a comienzos del año pasado, me acordaba de Kemal Ataturk, el laico, el modernizador, y de su influencia en Bourguiba y sus amigos, los «jóvenes turcos» del movimiento de liberación tunecino. Bourguiba, como Ataturk, tenía una visión moderada, algo distante, llena de matices occidentales, del islamismo, y proponía para su país una democracia moderna, pero diferente de las europeas. Nosotros conocimos propuestas de un socialismo diferente, «con empanadas y vino tinto», de manera que estos lenguajes y estas atmósferas no nos sorprenden para nada. El problema está en los caminos que se escogen, en las políticas de lo posible, en las presiones exteriores. Bourguiba dio algunas muestras ostentosas de laicismo, a la manera de su maestro Ataturk, que lo hacía a cada rato, y dio, además, para citar sólo un aspecto de su política, pasos importantes para promover la igualdad de las mujeres, su acceso a las universidades, su goce pleno de los derechos ciudadanos. En otras palabras, en los días en que escribía mi trabajo para el seminario del profesor Black, Bourguiba, mi tema de tesis, era un modernizador sin reservas, un objeto ideal de estudio.

Después se produjo la madurez como hombre de Estado y más tarde sobrevino el otoño del patriarca, con todas las derivaciones y las desviaciones del caso. Por alguna parte había comenzado a filtrarse una teoría insidiosa, peligrosa. Según ella, la democracia clásica, a la europea, sólo podía desarrollarse a fondo en la vieja Europa. Las naciones del norte de Africa o del Medio Oriente, para ser gobernables, necesitaban una democracia adaptada al terreno, dotada de matices autoritarios. Bourguiba, en su etapa crepuscular, logró establecer, por lo visto, un autoritarismo disfrazado, bien maquillado. Algo parecido había hecho Kemal Ataturk en la Turquía de sus años finales. Eso no impide que tengan estatuas, nombres de calles, leyendas bien afianzadas. En la revuelta tunecina de los últimos días, la prensa hablaba de incidentes que ocurrían en la esquina de la avenida Habib Bourguiba con la calle o avenida Kemal Ataturk. Me quedaba pensativo, con una sonrisa medio reprimida, torcida, y me decía que la historia real siempre está llena de guiños y de rasgos de humor negro. La repetición de la historia, en estos casos, tiene algo de comedia y mucho de caricatura. El depuesto presidente Ben Alí, por lo visto, instaló un régimen de partido único o casi único, un estado cuasi policial, y trató de impulsar a partir de ahí una economía próspera, aliada con Occidente. Algunos piensan que fue víctima de la crisis financiera del último tiempo, y la influencia del fenómeno, desde luego, no se puede descartar. También se sostiene que la amenaza del integrismo religioso le impedía gobernar de una manera más abierta. Ahora bien, mis lejanos estudios de Princeton, no continuados, me obligan a ser prudente en mis conclusiones.

El 17 de diciembre pasado, es decir, hace alrededor de un mes y tres o cuatro días, un joven de la ciudad de Sidi Bouzid, aglomeración mediana, de unos cien mil habitantes, situada en el centro del país, se inmoló por el fuego frente al edificio de la prefectura. Era un joven de veinte y tantos años que había abandonado los estudios en la universidad por falta de medios, que no había encontrado trabajo en ninguna parte y había terminado por instalar un puesto ilegal de verduras y frutas en plena calle. Así contribuía a la subsistencia de su madre, de tres hermanas y dos hermanos. Pocas horas antes de su inmolación, la policía había clausurado su local por falta de papeles, le había confiscado sus productos y había subrayado todo lo anterior con un par de cachetadas. Dos golpes terribles, humillantes, que hicieron cristalizar la voluntad de sacrificio de Mohamed Bouazizi, que lo llevaron a comprar un galón de parafina y a instalarse en la plaza de frente a la prefectura.

Ni él ni nadie se pudo imaginar que ese gesto suicida iba a ser el inicio de una rebelión generalizada, con repercusiones en todo el norte de Africa y hasta en el Medio Oriente, lo cual revela que algo había madurado en los años recientes en forma no visible, no prevista. A los pocos días, cuando los desórdenes ya escapaban del control de las autoridades, el presidente Ben Alí visitó a Mohamed Bouazizi en un centro asistencial de traumatología y de grandes quemaduras. Pero ya era tarde para el Gobierno; tarde, quizá, para el modelo de modernización que me había tocado estudiar en el seminario del profesor Cyril Black. El joven Bouazizi murió el 4 de enero y su entierro el día 5, en un cementerio de pueblo, fue motivo para una manifestación popular importante. Una hermana suya declaró que no había muerto por nada, que había muerto por todos, y creo que tenía, al decir esto, la razón más completa.


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4 Comentarios publicados
Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
23/01/2011 18:52
[ N° 1 ]

LA FERIA DE LAS ILUSIONES MODERNAS.
Creo, eximio escritor, que este artículo, como pocos, o más que otros, da en el clavo de la mano izquierda del mismo Cristo. Porque de nada sirve modernizar el Estado, con su feria de ilusiones modernas, prometer derechos incumplibles, y frustrar los más caros anhelos, aún cuando tal modernización sea una superación dialéctica irrepetible de las anteriores contingencias historicistas.
Sin embargo, no es comparable al proceso social revolucionario de Allende que no trataba, por lo demás, de modernizar el Estado, sino de subvertirlo, es decir cambiarlo
por un estado popular, con sus multiples variabilidades y regionalismos.
Sin utopia e ilusiones la vida tiene la tosca aspereza de la materia, ya no es substancia soñante y enamorada. Pero las solas ilusiones, y el utopismo, que cierra su discurso en autoritarismos delirantes, no conduce a Puerto.
No sé bien en el caso Tunecino. Pero en Chile no fué tanto la coalición allendista propiamente la que asesinó los sueños, sino la "reacción" por completo inmisericorde, incluso desde su propia óptica, de quienes detentando el poder económico, espiritual y militar, incurrienron, simplemente, en sedición.
Problema es que en pocas lineas no se puede salir de este "impasse" planteado por Edwards, si lo que se quiere es una mirada de futuro. Pero una democracia republicana social y valóricamente cristiana es parte esencial de la solución a la implícita pregunta del vate.

Posteado por:
juan sanchez sanchez
22/01/2011 11:11
[ N° 2 ]

Muy interesante lo escrito aquí. Por desgracia los continentes están separados en norte y sur. Y entre los dos hay ( no cultural, Cartago viene a mi memoria) diferencias notables en materia de desarrollo, económico y social, el por qué de esto...? Hasta ahora son puras hipótesis...nada más.

Posteado por:
augusto cortes maturana
21/01/2011 22:26
[ N° 3 ]

En los años sesenta, Habib Bourguiba era la promesa de un futuro luminoso como Fidel o la Revolución Bolchevique otrora, paradigmas de promesas románticas.

Con los años devino lo mismo, otra tiranía aún peor que la derrotada. La inmortal y siempre vigente de cuando los sapos, descotentos de tener por rey a un tronco
flotante, pidieron otro a Zeus y éste les mandó por rey
a una cigüeña.

Ayer se publicaba una "Reflexión" del orate caribeño; reconoce que "la revolución" (3° persona colectiva) cometió "algunos errores" (sin precisarlos) dando lugar a una "autoconfesión" como las que hemos visto por miles entre el zurderío progre, después de años de atropello a la razón en nombre de la razón, otro monstruo de pesadilla al que se le ha perdonado todo y sigue sin otro castigo que esa condena a ser un espantajo patético.

Edwards "no recuerda" cuales fueron las conclusiones de su tesis princetonianas; no pueden haber sido sino á la page de entonces -vivas a la revolución eran la moda-; olvidar es una faceta de la piedad de Dios, otra es ser imbécil y no darse cuenta.

Posteado por:
alexis antonio mendez sepulveda
21/01/2011 18:29
[ N° 4 ]

nunca me pierdo su comentario y las más de las veces los encuentro super interesantes.
Alex mendez

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