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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 31 de Diciembre de 2010
Áreas verdes

Las ciudades defienden sus áreas verdes como gatos de espalda. Las ciudades que saben lo que es una ciudad. En una reunión del Consejo Ejecutivo de la Unesco de hace alrededor de 15 años, en la ciudad marroquí de Fez, después de visitar la Medina, el sector antiguo en plena etapa de restauración, defendí los derechos de las ciudades no milenarias, pero de tradición, representantes de alguna forma de cultura, con historia, a formar parte del patrimonio de la humanidad. Defendí entonces la opción de Valparaíso, el puerto de Pierre Loti, de los relatos de Melville y Joseph Conrad, del Rubén Darío de Azul, del Pablo Neruda de La Sebastiana. ¿Por qué no podía entrar Valparaíso en la famosa lista unesquiana? El tema se aprobó en principio y tuve que pasar, después, a otras tareas, a otros trabajos.

Ahora me dicen que hay un proyecto para aumentar el porcentaje de cemento y disminuir el de plantas, arbustos, árboles, en el Parque Forestal de Santiago. Me cuesta mucho creerlo. Después de seguir de cerca los grandes debates sobre el cambio climático del mundo contemporáneo, los de Copenhague y Cancún, los de la Unesco y las Naciones Unidas, me cuesta creer que una autoridad edilicia, con la mayor soltura de cuerpo, anuncie que la zona verde del Parque va a disminuir en cero coma no sé cuántos por ciento, que este trabajo de más de mil millones de pesos vaya a ser costeado con el dinero de los contribuyentes, y que los contribuyentes y vecinos del lugar del atentado no sepan una sola palabra hasta el último minuto.

Tengo infinitos recuerdos del Parque Forestal. No pretendo enumerarlos ahora. Mis memorias tendrán amplios porcentajes forestales, historias de encuentros, de amores, de personajes, de conversaciones y lecturas. En la literatura chilena, por lo menos, y si los inquisidores y los criticones me lo permiten, soy uno de los escritores más relacionados con el Parque, desde siempre. Aparece por momentos, sin nombre, en los cuentos de El Patio, y aparece después con nombre y apellido en muchos de mis textos. Todo espacio de cemento, en un lugar así, mítico, amable, dotado de la verticalidad aérea de los grandes árboles, la de los sueños aéreos, para aludir a Federico Nietzsche, a Gastón Bachelard, es un atentado en ciernes, un centro de atracción de ruidos, de aparatos electrónicos de baja calidad, de charlatanes diversos. En resumen, de la anticultura. Los promotores deberían explicar que sólo se proponen aumentar los niveles de la anticultura en 0,77 por ciento, lo cual no debería molestar a nadie, con excepción de algunos marginales, algunos excéntricos.

Pues bien, me instalo con la mayor seguridad, en un estado de conciencia impecable, en la zona de los excéntricos y los marginales. Cuando luchaba en sus años finales, por escrito, a favor de la independencia de Argelia, de la igualdad entre Francia y sus ex colonias árabes, el novelista François Mauriac, sometido a serias amenazas, llegó a sostener que prefería ser viejo mártir a viejo gagá. Adopto esta idea. No excluyo la posibilidad de sentarme frente a los camiones y las máquinas excavadoras y obligar a los carabineros a sacarme en vilo, como lo hacían los ingleses con Bertrand Russell. Tengo buenas relaciones humanas con el Cuerpo de Carabineros de Chile, pero no sé si actuarían con las mismas consideraciones que los bobbies que sacaban en andas al anciano Lord Russell. Y es posible que los camioneros me pasen simplemente por encima, lo cual sería una forma de martirio curiosamente moderna y criolla. En cuanto a los altos funcionarios que toman estas inteligentes decisiones entre cuatro paredes, sin contarle a nadie, pensando que si dan comienzo a los trabajos en pleno verano nadie se dará cuenta, habría que perdonarlos porque “no saben lo que hacen”, como en el texto bíblico.

Tengo tantos años que me acuerdo de don Arturo Alessandri Palma, con su bastón a la espalda, en el Parque Forestal. Después veo a la señora Marie Louise Edwards, que lo recorría todas las mañanas desde un extremo al otro, casi al trote. Don Guillermo Feliú Cruz, don Gabriel Amunátegui, pasaban temprano, con sus abrigos inflados de papeles, para dictar sus clases de Historia o Derecho Constitucional en la Escuela de Derecho de la calle Pío Nono. José Tohá, de brazos cruzados, conversaba con el Queque Sanhueza, con el Negro Jorquera, con Roberto Donoso, mientras Roberto Torretti bajaba por el costado del río leyendo un volumen de Husserl o de algún otro. Siempre forraba sus libros en papeles escolares, no sé si para protegerlos o para esconder sus lecturas. Y no hablemos de los poetas del Parque Forestal, o de sus musas. Un árbol, un arbusto perfumado, una planta de colores diversos, son seres delicados, dignos de una atención cuidadosa. Los poetas, las musas, también lo son. Si tuviera que citar a poetas que he visto o que mis amigos han visto en el Parque Forestal, comenzaría con Angel Cruchaga Santa María, con Luis Oyarzún Peña, con Vicente Huidobro, con Rafael Alberti durante un viaje a Santiago, para seguir con todos los que siguen. Una ciudad que se respeta, digna de su nombre, está llena de sombras, de mitologías, de leyendas. Roberto Arlt, el novelista y ensayista argentino, estuvo en Santiago y se lo pasaba entre la Plaza de Armas y el Parque Forestal. Escribió muchas de sus páginas en los bancos de ambos lugares. No creo que lo hayamos tratado muy bien, como tampoco, salvo excepciones, tratamos bien en su tiempo a Rubén Darío. Los pavimentadores profesionales, con sus extrañas máquinas, ya se encontraban al aguaite. Porque Chile es un país de poetas, como afirman algunos de nuestros lugares comunes más sólidos, y de enemigos encarnizados de la poesía. Que está, dicho sea de paso, en los parques, entre los arbustos, entre las raíces y las ramas sagradas de las araucarias, de los formidables pimientos, de los castaños y los plátanos orientales.


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
Ruperto Barragan Lienlaf
03/01/2011 15:35
[ N° 1 ]

Que alegria ver que este escritor al fin se acuerda del entorno medioambiental e historico de nuestra capital y se olvida un poco del Retiro o del Luxembourg....Haria falta q hablara de todas estas cosas a nuestros ´doctos´ parlamentarios... que hasta el dia de hoy no son capaces de mejorar nuestra antidiluviana ley de monumentos nacionales y permiten sin pestanar que las constructoras destruyan nuestra memoria y belleza historica...

Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
02/01/2011 17:15
[ N° 2 ]

"POR ESO SER SINCERO ES SER POTENTE,
EL AGUA DICE EL ALMA DE LA FUENTE..."
Rubén Dario, escultura del Parque Forestal.
Pero... estos sueños de la memoria de Edwards no son sueños
sino crisálidas de su mente, destinadas a vivir en el mundo
de los maestros.
En ese Mundo onírico que Freud, al morir, dió vida.
Pero no es el "mundo real" dónde se planifican estrategias
dignas de una deconstrucción surrealista, ya que reconstruyen
dónde no se derrumbó.
La contra-cultura es muy otra de la que pensamos, Don Jorge.
Ud. hace bien en decir anti-cultura para distinguirla de la
primera.
Consultad con el "habla popular" y nos dará cantarinas razones, tan cantarinas y encantadoras como esas serpientes verbales del agua piedra esculpida de Dario, en aquel parque que os preocupa.

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