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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 10 de Diciembre de 2010
Pasiones contradictorias

Es fácil hablar de Simón Bolívar en la Francia de hoy. El libertador aparece por todos lados, cuando uno menos se lo piensa. Subo, por ejemplo, las escalinatas de una institución dedicada a Francia y a las Américas, y me encuentro a mi lado izquierdo con el busto de Washington y en el descanso de la derecha con Bolívar. Cruzo un puente del Sena y al llegar a la ribera opuesta me encuentro con el libertador en estatua ecuestre, con la espada desenvainada. Y en la rue Vivienne, cerca de las galerías cubiertas decimonónicas que celebraba Julio Cortázar, una placa de mármol, debajo de un imponente ventanal neoclásico, nos dice que el libertador vivió en París en ese lugar preciso. De Andrés Bello, en cambio, de nuestro don Andrés, quedan pocas huellas. Parecería que París y don Andrés no se han avenido. Se ha organizado, sin embargo, a propósito del Bicentenario, un coloquio sobre el personaje, sobre su influencia en la fundación de nuestras repúblicas, en el que tuve una modesta intervención, en el que mi colega colombiano, con ayuda del BID, llevó todo el peso de la tarea, y me encontré con la sorpresa de que muchos estudiantes jóvenes, franceses y latinoamericanos, acudieran con sorprendente entusiasmo, en una mañana de nieve prematura, al moderno edificio del archivo del Quai d’Orsay, que se levanta ahora en la Courneuve, en las afueras de París, a escuchar una sucesión de intervenciones sobre el maestro: su vida, su obra de legislador, su visión política, su idea del lenguaje y de la gramática.

¿Por qué dedicar tanta atención al adusto Andrés Bello, y olvidarse por un rato del héroe romántico? ¿Podría Pablo Neruda, por ejemplo, haber dedicado una oda a Andrés Bello, aparte de su conocido Canto a Bolívar? ¿O se trata de un regreso deliberado a la prosa, al mundo polvoriento de los archivos, a los códices latinos? Escucho la ponencia del profesor Iván Jaksic, que ha llegado desde nuestra Universidad Católica de Santiago, y empiezo a descubrir cosas, a tejer relaciones. El título del último libro del profesor Jaksic, La pasión del orden, es toda una contradicción, una figura conocida en la retórica moderna como oxímoron. ¿No es toda pasión, en su naturaleza misma, en su arrebato, una salida del orden, un desorden de los sentidos, un anuncio o una señal de conflicto?

Un contemporáneo chileno de Bello, José Miguel Infante, lo atacaba cada vez que podía, en cada publicación de la época que admitía sus escritos, con saña, con furia digna de mejor causa, acusándolo de reaccionario, de traidor, de partidario de la vuelta desvergonzada de nuestras jóvenes repúblicas a la férula española. José Victorino Lastarria lo hacía con algo más de sutileza, con argumentos que revelaban una cultura mayor, pero las andanadas, las acusaciones, las descalificaciones más furibundas, caían desde todas partes sobre la cabeza de nuestro sabio imperturbable. Y ahora, en nuestro coloquio de la Courneuve, vislumbramos la sutileza y la actualidad de todo este asunto. La vigencia de Bello, sobre todo en su calidad de fundador republicano, es de una actualidad furiosa. Por algo han borrado su nombre en algunas instituciones de su tierra de origen. El venezolano avecindado en Chile, paciente, laborioso, enfrascado en sus mamotretos, en sus clásicos del derecho romano, se enfrentaba a los termocéfalos de su tiempo y los toreaba con una sonrisa. Después de separarse de Bolívar, había emigrado a Londres y había reflexionado durante más de una década sobre las posibilidades reales de la independencia en países tan difíciles como los de la América española. Me imagino que el pragmatismo inglés, las reservas frente al jacobinismo exaltado de la Revolución Francesa, a la filosofía extrema de los años del Terror, influían a fondo en la manera suya de observar los acontecimientos. En Londres se había formado un grupo notable de pensadores españoles e hispanoamericanos que se reunían a cada rato y rumiaban los problemas de la libertad en sus países. Thomas Carlyle, el gran ensayista escocés, los definía como “leones enjaulados”. Bello, el más introvertido y silencioso de aquellos leones, cambiaba ideas a los mejores niveles posibles en la época: con John Stuart Mill, con José María Blanco White, cura granadino que había colgado la sotana y emigrado a Inglaterra, con el colombiano Juan García del Río, con muchos otros. No nos enseñan en Chile estas cosas, o las enseñan mal, y sin ellas, sin embargo, no es fácil entender la formación de nuestra República. Bello, escéptico, partidario en un momento de eventuales monarquías constitucionales en la América nuestra, terminó convertido en una especie de republicano conservador. Otro oxímoron, podrán pensar ustedes. Llegó a la conclusión de que las repúblicas nuevas, recién desgajadas del viejo Imperio, podían naufragar en la anarquía, y se propuso construir en Chile, el único país que le había dado oportunidades de trabajo, un sistema legal y constitucional que permitiera mantener un estado de derecho sólido, una República organizada, más bien autoritaria, donde el presidente era un pequeño monarca con plazo fijo y que designaba a su sucesor, pero donde la libertad se iría imponiendo desde dentro y en forma gradual. De hecho, el reemplazo de los conservadores más duros, más integristas, por liberales de diferentes tendencias, se produjo a lo largo del siglo XIX sin excesivos trastornos, hasta desembocar en el drama de la guerra civil del 91. Pero la lucidez de Bello alcanzó también al dominio de la lengua. Para que las nuevas repúblicas no se disgregaran, no sólo había que imponer el orden legal, sino también el orden verbal. Pasión por el orden, entonces, en todos los dominios. La legislación tenía que inspirarse en el derecho originario, el de Roma, y la lengua, en la de Cervantes. De lo contrario, se producía un desorden intelectual, moral, jurídico, de proporciones vertiginosas, y las nuevas repúblicas naufragaban. ¿Visión reaccionaria, temerosa, anquilosada, o visión moderna? Bolívar, el libertador, el caudillo, quiso avanzar más rápido, pero no está demostrado que llegara antes. Al final de su recorrido, comprobó con amargura que había arado en el mar. Bello, en cambio, el jurista silencioso, el gramático infatigable, el iniciador de nuestro estado de derecho, fue desmentido muchas veces, acusado con grosería, descalificado desde todos los extremos, pero no tuvo necesidad de arrepentirse de nada.


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
mario juvenal ramos peña
14/12/2010 15:50
[ N° 1 ]

Toma cauce nuestro editorialista, en efecto, don Andrés Bello, fundamenta la República, en el Derecho, materia sensible para todos los estudiantes de la abogacía, Fué traído a Chile por otro gran republicano, que lo fue Don Mariano Egaña, durante su estadía en Inglaterra. Pero antes aun, dos Obipos chilenos, Licunza y Molina, dieron orígen a la República Faustica y simbólica, que perdura hasta nuestros dias. Bolivar, como derecho, como simbólico, na que ver, solo algo de militarismos fascistas y un país que no tiene nada que ver con Chile.

Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
10/12/2010 19:19
[ N° 2 ]

Infante disparaba con razón contra Bello. Este fue un defensor y justificador a ultranza del regimen centralista y dictatorial de Portales. Infante en cambio era un convencido federalista y regionalista. Con ese sitema si que habriamos progresado.

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