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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 03 de Diciembre de 2010
El recalentamiento universal

En quince años, el mundo ha cambiado en forma dramática, y casi siempre para mal. Antes se hablaba poco o nada del cambio climático, y ahora es uno de los temas centrales de la prensa, de los debates mundiales, de las noticias científicas. Uno de los problemas, por ejemplo, es que el proceso de disminución de las masas de hielo polares es mucho más rápido de lo que se creía hace sólo tres o cuatro años. Los niveles del mar podrían subir hacia mediados de este siglo en alrededor de siete metros. Y la lucha por mantener el calentamiento global en no más de dos grados centígrados, una de las metas a nivel de las Naciones Unidas, no está ganada en absoluto. Malas noticias, en resumidas cuentas, para el planeta Tierra y para nosotros, sus distraídos habitantes. A todo esto, nos cuentan que en la conferencia de Cancún, que ha comenzado esta semana, se producirá un choque serio entre China y Estados Unidos, las dos potencias más contaminadoras del presente. ¿Qué podrá salir de eso? En vísperas del encuentro de Copenhague, en 2009, cuarenta y tantos periódicos de todo el mundo publicaron un editorial común: una advertencia universal y solemne. Parece que ahora predomina la indiferencia general.

Cambio de tema, pero sigo las noticias con atención y con escaso optimismo. En la Feria del Libro de Guadalajara, que también tiene lugar en estos días, las cosas se ven de otra manera. En materia de idiomas, los que hablan en español no tienen motivos para quejarse. Un académico de Madrid, hombre que sabe de lo que habla, nos asegura que el ochenta por ciento de los términos de uso corriente son comunes a todos los países de nuestra lengua. En otras palabras, hay regionalismos y localismos, pero no tantos como se cree. La comunicación entre un mexicano, un osornino, un extremeño, con la salvedad de una que otra palabra extraña, no presenta verdaderos problemas. Usted dice palta y el de más al norte dice aguacate, pero la equivalencia se aprende en un segundo. El español era el tercer idioma del mundo en 2007 y ahora acaba de pasar al segundo lugar, con 450 millones de hablantes. No sé cómo se cuentan estas jerarquías, con qué criterios. Supongo que no todos los chinos hablan el mismo idioma, y que nosotros crecemos y nos seguimos entendiendo en una lengua que era, con diferentes matices, la de Miguel de Cervantes. Ahora bien, si nos quedamos sin planeta, habrá que buscarse otro sitio para seguir conversando.

A mí la diferencia para peor me asombra en una diversidad de casos. La encuentro por todas partes y me produce el mismo desánimo. He tocado el tema de la enfermedad en algunas páginas de mis memorias y se me ocurre volver a leer La montaña mágica, de Thomas Mann. Entro a una librería de barrio, cerca de la torre Eiffel, y la joven que atiende no ha escuchado hablar de Thomas Mann en su vida. Después converso con una librera más enterada, simpática persona, que suele cruzar a la vereda del frente a tomar un café y vigila su negocio con la vista, mientras conversa con gran animación. Persona confiada, por consiguiente, atenta a los sucesos del mundo, y bebedora de café, como Honorato de Balzac y como yo mismo. Empiezo a pronunciar el título, La montaña…, y ella responde: Thomas Mann. Saca de las estanterías una versión de bolsillo, de letra muy chica, pero me pide que espere, que buscará otra edición de mejor calidad. No todo está perdido, como pueden observar ustedes. Me digo, por mi parte, que una librería, una biblioteca, es una posibilidad de darle una segunda vuelta a cualquier tema: a la salud, a la enfermedad, al abuso del café, al derretimiento de los hielos polares.

Después, por razones literarias, se me ocurre ir una vez más a La Coupole, el antiguo café restaurante del Bulevar de Montparnasse. En los años sesenta, uno se podía instalar en una mesa de La Coupole, pedir un café expreso, o beber un vaso de vino corriente, y leer un capítulo entero de Albert Camus, o la edición de Le Monde de esa tarde. A veces divisaba en la mesa del frente, comiendo tallarines, a Eugenio Ionesco. Antonio Seguí, de pie, conversaba con alguien que estaba sentado, uno de lo expertos, a lo mejor, de la Galería Claude Bernard, y Samuel Beckett se asomaba a la puerta, no encontraba caras amigas, de preferencia irlandesas, en ningún rincón, y se retiraba. No pienso hablar mal de los parroquianos de ahora, pero no existe la menor posibilidad de que un Beckett, un Jean-Paul Sartre, un Eugenio Ionesco, figure entre ellos. Hay, en cambio, un personaje disfrazado de hindú, de blanco y turbante de colores, que da la impresión de ser un ecuatoriano o un chileno contratado para hacer ese papel, y de repente, con movimientos ostentosos, arrastra un carro con una gran fuente tapada. El curry de cordero con chutney de mango, plato típico de las épocas pasadas, existe ahora, pero lo ofrece el hindú falso desde la fuente rodante, mientras lo revuelve con un enorme cucharón de plata. Llega un artista melenudo, tan falso como el hindú, con una corte de bohemios, y la gente de las mesas mira el espectáculo, embobada. Así es la vida de los artistas, piensa. Después se presentan los mozos: Ud. está obligado a pedir comida o a dejar su asiento. Y el fondo amarillento de curry de cordero, revuelto con parsimonia, tiene algo indefinidamente repelente. Los cafés de enfrente, los que frecuentaba el grupo Montparnasse, con Camilo y Maruja Mori, con Lucho Vargas Rozas y Henriette Petit, con Alvaro Yáñez, han cambiado menos. Tienen un aspecto más antiguo y más amable, mientras caen las primeras nieves de la temporada invernal. Pasamos una vez por ahí con Pablo Neruda, hace más de treinta años, y me dijo que en el interior, no sé si en el Regence, se divisaba casi siempre la figura esmirriada de Alberto Rojas Jiménez.

Era un príncipe de la bohemia, comentó el poeta, que le había escrito una elegía extraordinaria, y la imagen de Rojas Jiménez reclinado sobre la barra, probando su vinillo del atardecer, príncipe desharrapado, destronado, no se me borró nunca. Quizá debería entrar y esperar ahí el fin del mundo, el recalentamiento universal, el derretimiento de los hielos y la subida de las aguas sucias del Sena en cuarenta metros.


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3 Comentarios publicados
Posteado por:
Jorge Enrique opazo Villegas
05/12/2010 03:11
[ N° 1 ]

Don Jorge, con todo respeto, despierte, fijese que en el mundo están ocurriendo cosas tremendas como el derretimiento de los hielos, la contaminación atmosférica, el calentamiento global, el agotamiento del agua y varias otras gabelas mas que amenazan la supervivencia humana en el planeta. Y que están haciendo los intelectuales como usted por estos problemas?, los intelectuales no tienen nada que decir?, porque aparte de echar de menos las oniricas tardes en el café del Bulevar de Montparnasse no se que están aportando los intelectuales a los problemas señalados mas arriba, fijese que yo echo de menos a Bertrand Russel, a Jean Paul Sartre, intelectuales de alto vuelo que en su época se pronunciaron fuertemente por contingencias de sus época como por ejemplo la guerra de Vietnam y contribuyeron con su voz a apoyar varias causas justas de su época, pero los intelectuales de ahora parece que vivieran en el mundo de bilz y pap, no dicen nada sobre el desastre climático, no le dedican ni un versito al tema, o será que mas que intelectuales ustedes hoy son máquinas productoras de prosa light que las editoriales venden exitosamente (comercialmente hablando) en las ferias internacionales de libros precedidas de fastuosas campañas publicitarias al estilo de la coca cola?. Parece que no hubiera intelectuales hoy en el mundo, los políticos se adueñaron de todos los temas y de las mentes de todos los humanos y los que creemos que son intelectuales solo piensan en los cafés del Bulevar. Parece que Fukuyama se equivocó, no es la historia la que llegó a su fin, es el intelecto el que llegó a su fin. Perdone la franqueza don Jorge

Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
03/12/2010 19:48
[ N° 2 ]

En la saga de mi comentario anterior, es la poesia, poesis, lectura del verbo interior, dónde se encuentra el aliento del lenguaje, lo no-decible por el signo, lo indesigable, a menudo, sin sentido lógico, sino solamente como "lo experiencial vivido".
Por eso creo que Don Jorge es unilateral, porque todo lo noveliza, lo prosifica, lo reduce a un habla que abandona el tono coloquial y se hace densa, técnica, ambilicada.
¿Por que no escribirá poemas en francés? Asi, sin saber lo que dice, el ritmo romance de la lengua nos hara emocionarnos comprensivos de toda forma.
Y sobre la vieja cultura francesa...¿No se habrá refugiado en los clandestinos y marginales blogs?...Ahi suelen encotrarse poemas maravillosos, de autores desconocidos, deslumbrantes, erráticos, como intocables dioses de plasma y
llorosa luz.
Ahora, que se aspira a la síntesis artificial de la vida,
a colonizar exoplanetas con bacterias extremófilas, mismas que evitarian al apocalipsis solar, ¿no será el verbo poético primigenio el único capaz de conjurar la plegaria sintiente, que, dicha por los viejos y musitada por los inocentes, nos daria una alter humanidad para sobrevivir
a nuestra propia egolatria sapiente, a nuestra cornuda estolidez?

Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
03/12/2010 16:45
[ N° 3 ]

Y pensar que hay algunos que aun dudan que el voraz capitalismo neoliberal acabara con este mundo. Es cuestión de tiempo nada mas.

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