Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
Estoy en un bistró que se llama Le timbre o algo muy parecido, en la rue Saint-Beuve, casi debajo de las ventanas de un departamento al que iba mucho hace cuarenta y ocho años, antes de que la mitad de mis lectores hubiera nacido. Era un sitio destartalado y espacioso donde vivían Sergio Castillo y Mario Carreño, donde había una gran olla que alguien revolvía siempre con un cucharón de palo y que humeaba siempre, y donde sucedían muchas cosas, muchos encuentros, las conversaciones más sorprendentes. Pues bien, en Le timbre hay poco espacio, no es fácil entrar a las mesas ni salir de ellas, y se produce una proximidad y una inevitable familiaridad con la gente de las mesas vecinas. Por mi parte, me siento inspirado por sombras amistosas: Castillo y Carreño, algunos otros que acudían en forma habitual, como el pintor Camacho y el escultor Cárdenas, cubanos, o Alvaro de Silva, que había viajado con Neruda al Lejano Oriente, que después había hecho carrera en el cine incipiente de la India, había sido profesor de literatura en los Estados Unidos y había terminado por encallar en París, en un hotelucho de la rue des Carmes, con o sin aguacero. Sombras, he dicho, amistosas, sin contar la que le da el nombre a la calle, el gran crítico del siglo XIX, el escritor de los Lunes, modelo lejano de nuestro Hernán Díaz Arrieta, Alone. Estamos sentados, pues, codo a codo con dos señoras que hablan en forma infatigable, incesante, informada, de literatura. Tienen varios libros dispersos en la mesa, de modo que no es fácil hacerles un espacio a los platos y a la copa de vino. Y entre los libros, tres volúmenes completamente inéditos, de formato pequeño, de no más de ochenta o cien páginas cada uno, de Mario Vargas Llosa. Mi compañera de mesa pregunta por el segundo de los volúmenes, cuyo título no alcanzamos a leer, y una de nuestras vecinas, amable, sonriente, lo exhibe ante nuestra vista: Medio siglo con Borges. Resulta que la vecina es la editora actual de los Cahiers de l’Herne y de la editorial del mismo nombre. En mis buenos tiempos, conversé un par de veces con Dominique de Roux, el fundador y primer editor de aquellos célebres cuadernos, que agruparon a la vanguardia, a la literatura más incisiva, más provocativa, más avanzada de aquellos años. La señora del lado mío, la actual editora de l’Herne, me mira de soslayo con cierta curiosidad, la del frente se ríe, mi compañera de mesa da mis señas, cosa que no suelo hacer, y a los pocos días me llegan los tres libritos, recién salidos del horno, con una tarjeta de saludo. En París pasan estas cosas. En París, a pesar de la fama de malas pulgas que rodea a sus habitantes, existe, al mismo tiempo, una especie de complicidad, una conciencia difusa y un evidente orgullo de ser parisino. Sólo he observado un sentimiento comparable en Nueva York, entre los neoyorquinos. La gente se saluda en los ascensores y los vecinos de mesa en los restaurantes suelen hacerse una venia, o cambiar, en la hora del café, un par de palabras: costumbres civilizadas que nosotros, en Chile, todavía no aprendemos, y que aquí, por suerte, perduran.
Abro y me leo en poco rato el primero de los cuadernillos, el de Borges. Comienza con unas Preguntas a Borges formuladas en París, en la segunda mitad de 1964, y publicadas en Expreso, de Lima, a fines de noviembre de ese año. Eran tiempos en que nos veíamos con Mario casi todos los días. Se podría agregar algo más, propio de una biografía o de una autobiografía literaria. Era un período de intensa evolución intelectual, de formidables descubrimientos, de apasionados rechazos. Vargas Llosa, por ejemplo, se alejaba notoriamente de la órbita de Jean-Paul Sartre, en la que se encontraba sumergido hasta la camisa en los días de nuestro primer encuentro, e ingresaba a tientas, con paso lento, pero seguro, en la de Jorge Luis Borges, Albert Camus, algunos otros. A Borges, como es lógico, le pregunta por sus preferencias en la literatura francesa y el maestro se refiere a tres escritores: a Michel de Montaigne, a Gustave Flaubert y a un escritor “personalmente desagradable, a juzgar por sus libros, pero que se esforzaba por ser desagradable y que lo ha conseguido”, que era Léon Bloy. Lo que le interesaba en Bloy era una idea recogida en sus lecturas de cabalistas y de escritores místicos, del estilo de Swedenborg, el sueco, según la cual el universo “sería una especie de escritura, como una criptografía de la divinidad”. Sacamos una conclusión: Borges, hombre de libros y de bibliotecas, se fascinaba ante la noción de que el universo pudiera ser un libro abierto, escrito por Dios y que uno intenta leer con asombro, con dificultad, con interpretaciones aventuradas, inseguras. Mario le pregunta a Borges por los dos Flaubert que él encuentra, el de las novelas realistas, como Madame Bovary, y el de las grandes reconstrucciones históricas. Borges contesta que hay un tercero, y es el que le interesa más: el de la novela experimental, inacabada, póstuma, Bouvard et Pécuchet. Dos escribientes jubilados se encuentran en uno de los muelles del Canal de San Martín, muelle que lleva nombre de batalla napoleónica, vía acuática que es una de las obras urbanas más ambiciosas de Napoleón Bonaparte, y deciden reunirse todos los días para seguir escribiendo, llenando papeles, investigando temas diversos y aparentemente inútiles: las urnas griegas y romanas, por ejemplo, las alas de las mariposas, las costumbres de las abejas o de las hormigas. El libro que van a escribir, que se escribe frente a los lectores, es melancólico, humorístico, de una ironía sangrienta. A veces nos reímos a carcajadas, mientras los dos escribientes o escribidores, encorvados sobre sus mesas de trabajo, prosiguen su tarea con terquedad, con voluntad indomable. El lector empieza a descubrir una noción de la naturaleza humana, de la necesidad misteriosa de la escritura, del libro del universo, que los dos improvisados amigos se han propuesto completar a la manera de un mosaico. Nos quedamos pensativos. Volvamos por un momento al realismo de La casa verde, pensamos, pero no dejemos de lado el enigmático, el infinito Bouvard et Pécuchet, obra final de un lector de Montaigne, de Flaubert, de Schopenhauer y de Swedenborg, el del universo concebido en forma de biblioteca.
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Posteado por: juan sanchez sanchez 24/12/2010 18:08 [ N° 1 ] |
Me pasaba tardes enteras en Merida Yucatán, leyendo a J.L.Borges, lo conversaba y creo me fumaba unos verdes, con el tema Borgiano, pero han pasado 30 años...y mi vida se ha perdido en la nada...Vargas LLosa, es más inmodesto y un buen escritor de novelas...muy bueno,y pulcro en su gramatica...mi opinión es neutra absoluta.. |
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Posteado por: Cristián Martinez Spikin 03/12/2010 10:57 [ N° 2 ] |
Edwards: En su puesto actual, servicio exterior, tiene la ultima oportunidad de su vida , de ser loco. Escriba una novela con conversaciones imaginarias de cafes y bistros en Paris, en Cuba, en Madrid, en Santiago. Creo que ese es el genero que mas le acomoda. Ensaye un cafe con Montaigne, sueñe un trago reflejado en un espejo, con Borges. Discuta con Ortega y su circunstancia . Fumese un habano con Fidel y Hemmingway en la misma mesa. Puede resultar algo. |
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Posteado por: Wilberio Mardones 30/11/2010 14:54 [ N° 3 ] |
Bravo, Monsieur l'Ambassadeur. A mi nivel de perro anónimo también viví en París y gocé de la complicidad de los franceses en los temas de la cultura, fuera en los cafés, las librerías, el metro, los parques o los museos. Aunque mis autores queridos fueron otros: Léo Malet, Boris Vian, Michel Houellebecq y los loquillos del OULIPO. Bueno, como se suele decir: "chacun son sale goût"... |
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 29/11/2010 21:52 [ N° 4 ] |
Sombras amistosas en Paris, viejas sombras comedoras de lenguaje, encantadoras del tedio, de la interesda generosidad, para las invisibles cámaras del tiempo memoria. |