Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
Me preguntan con insistencia que cómo hago para seguir escribiendo crónicas. La verdad es que no hago nada muy diferente de lo que he estado haciendo en los últimos treinta años. Observo el mundo, a veces me divierto, me entristezco, me sorprendo, y de repente, en medio del asombro, relativo, o del relativo aburrimiento, salta por ahí una chispa, se produce una epifanía en pequeña escala. El núcleo de la crónica está dado: lo único que falta es escribirla. Y la disciplina no forma parte del descubrimiento, del chispazo, sino de la necesidad de sentarse un par de horas frente al computador, al cuaderno, a lo que sea. He anotado media página en aviones, he seguido en los amaneceres de hoteles, en cafés sin gracia, en antesalas. Mi angustia no está en la escritura, que más bien me sana de la angustia: está en las redes del Internet, en las malas conexiones, en esos desastres. Ahora escribo en un lugar de conexiones francamente abominables, de molestias informáticas que nunca terminan, y no digo más: no quiero que me califiquen en la lista cuatro.
Por ejemplo, leo una entrevista a un periodista interesante, anglosajón, para más señas, que asesoró en alguna oportunidad al Banco de Inglaterra. Le preguntan, en términos sesudos, especializados, por las razones que tuvieron los ingleses para no adherir a la zona del euro. El entrevistado contesta con toda claridad, con elegancia y concisión, que el problema no era financiero. Dice que habían llegado a la conclusión de que la carga simbólica de abandonar la libra esterlina era simplemente insuperable. Yo me alejo del papel y me quedo en situación reflexiva. Nos olvidamos de los símbolos, digo, y los símbolos son capaces de aplastarnos. En Francia, por ejemplo, el 14 de julio tiene una fuerza simbólica extraordinaria. No es, y nunca podrá ser, un día común y corriente. Es una fiesta y a la vez una detención en el camino, un momento de meditación, un remanso desde donde se escucha el murmullo de la historia. Los franceses, ahora, a propósito de nuestro Bicentenario, se proponen crear una fiesta anual de América Latina, el día 31 de mayo de cada año. Creen que la ley respectiva podrá pasar antes de fines de este año, es decir, en las próximas semanas, y que las embajadas nuestras tienen que empezar a preparar los festejos. Me pregunto si habrá un solo dieciocho, como antes, o si habrá que entrar en un sistema de dieciochos y treinta y unos.
Contemplo el mundo de estos días, sin ansiedad por ir más allá de las fachadas y las apariencias inmediatas, y comprendo que los símbolos nos asaltan desde todas las esquinas. El Premio Goncourt, por ejemplo, que se acaba de otorgar a una novela de Michel Houellebecq, es nada y es todo. Es un grupo de escritores que se reúne siempre en el mismo restaurante, el Drouant, en la misma época del año, y que decide premiar una novela aparecida en la temporada anterior. El premio consiste en una moneda de uno o dos euros y en una taza de café. Si el escritor llega a pedir un vaso de vino, también son capaces de dárselo. Pero el Goncourt es una leyenda de la literatura francesa, un poderoso símbolo, una nada que es todo, y los editores se soban las manos, convencidos de que van a vender más de medio millón de ejemplares de la edición original. El símbolo, en otras palabras, se encuentra muy cerca del mito. Me gustaría tener tiempo para estudiar las diferencias y los parecidos entre ambos conceptos. Pero, como ustedes comprenderán, no tengo tiempo. Dejo el tema para mi próxima reencarnación.
Pensaba escribir sobre la muerte de Luis García Berlanga, un clásico del cine español y un viejo y querido amigo. Pero lo haré más adelante, después de ver de nuevo tres o cuatro películas suyas, entre ellas El verdugo y Bienvenido Míster Marshall. Y hablaré de la aventura de ser miembro de un jurado de novela erótica que él presidía, de haber trabajado con él en el doblaje de la película norteamericana El gran Gatsby, de otras andanzas. Por ahora vuelvo al Goncourt. Estoy dedicado a leer la novela de Michel Houellebecq, cuyo título se podría traducir, supongo, como El mapa y el territorio, y tengo el serio propósito de llegar a entender por qué razones le dieron el premio. Hasta ahora no lo consigo, pero llevo pocas páginas, y no pierdo las esperanzas. La historia de los premios Goncourt tiene sorpresas y misterios interesantes. Si no recuerdo mal, Marcel Proust no lo ganó por El camino de Swann, primera parte de la Recherche, pero la academia, es decir, el grupo de los escritores y críticos que almorzaban juntos y otorgaban el premio, corrigió el error algunos años más tarde. Hubo un novelista que lo ganó dos veces, Romain Gary, pero la primera con su nombre propio y la segunda con un seudónimo, creo que Émile Ajar. ¿Tú no investigas cuando escribes, me pregunta otro, no buscas los nombres, las fechas? Si lo hiciera, contesto, el género sería otro, y probablemente habría dejado de escribir hace un buen rato. Me acuerdo de Romain Gary por una bonita novela en defensa de los elefantes del África, un poema a la naturaleza. Y sé que fue cónsul en algún lado, y oficial de aviación. Como habría dicho Jorge Luis Borges, es mucho.
André Malraux sacó el Goncourt, a mediados de la década de los treinta del siglo pasado, con La condición humana. Habría que haber premiado al jurado por su buena puntería. En tiempos recientes, uno tenía la sensación de que el mito de este premio se había gastado. Era mejor el premio concedido por un restaurante de Florencia, Italia, que consiste en una pata de jamón y que recae siempre en buenos libros. Pero ahora tengo la impresión de que los contertulios de Drouant vuelven a ocupar las primeras planas. Y creo que si continúo con mi lectura de Houellebecq, podré terminar más o menos de acuerdo con ellos.
He pensado, además, que un premio, en Chile, para los que no se sacan nunca el Nacional, podría ser atractivo. La lista sería imbatible: Vicente Huidobro, María Luisa Bombal, Enrique Lihn, Jorge Teillier, más un largo etcétera.
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Posteado por: Ricardo Alejandro Lopez Maturana 30/11/2010 08:49 [ N° 1 ] |
Encuentro interesante que un escritor-embajador en este caso pueda tener un espacio para seguir comentando a su manera e independiente de su trabajo porque ademas los lectores ganamos en lucidez de un punto de vista " mundialista " y estoy de acuerdo con lo expresado del nuevo libro de Michel Houllebecq , yo tambien me pregunto lo mismo . |
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Posteado por: Jorge Francisco San Juan Ubilla 26/11/2010 15:45 [ N° 2 ] |
Quizás una de las mejores crónicas de Jorge Edwards; por el tema y considerando además los nuevos sistemas de escritura que ha debido adoptar. Felicitaciones. |
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Posteado por: sixto lemus peralta 19/11/2010 16:21 [ N° 3 ] |
Siempre supe en mis viajes, no de turismo sino de trabajo esforzado, que los Embajadores tenían que tener mucho tiempo para no hacer nada, y cumplir con el requisito número uno de tener buen hígado.. |