Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
Me llaman para invitarme a un congreso literario que tendrá un tema específico: Alicia en el país de las maravillas. Alicia en Alicante, en la primavera del año próximo, entre escritores de todas las lenguas. Declaro desde ahora, sin reservas de ninguna especie, que tener la obligación de leer, de releer con la máxima atención, de estudiar la obra de Lewis Carroll por el revés y el derecho, es un placer extraordinario, una bendición, quizá una forma de felicidad. Consuela de muchas cosas, justifica algunas otras, permite olvidarse por un rato de la mayoría. Atravesaré espejos y ensayaré ecuaciones dementes, gracias al encargo que me transmite Alberto Manguel desde su presbiterio. Corto las huinchas para comprar el libro y seguir con otros, pero en la librería de la vuelta de la esquina, de barrio, atendida por dos mujeres simpáticas, Lewis Carroll y su Alicia pasaron de moda. Hay novelas francesas recientes, un pesado volumen sobre la muerte de José Stalin, memorias del general De Gaulle y de Winston Churchill, pero Lewis Carroll, seudónimo de un pastor aficionado a la fotografía y a la literatura, no se divisa por ninguna parte. Salgo, pues, a la busca de Carroll. Ya no puedo vivir, dormir, despertar, sin las Alicias en mi velador.
Siempre es posible encontrar un escritor extraviado en la diplomacia, aun cuando la época de los escritores diplomáticos haya pasado a la historia. Maurizio Serra, embajador delegado de Italia ante la Unesco, me invita a almorzar a Il Settimo, restaurante italiano que se encuentra en la rue de Bellechase casi al llegar a la rue de Varenne. Son calles históricas: el hotel de Rodin, que alberga en este momento obras de Henri Moore, está a pocos pasos de distancia, al llegar a uno de los costados de los Inválidos. Camino y me detengo a observar a través de las rejas, en el amplio jardín, el grupo de Los burgueses de
El último ensayo de Maurizio Serra, publicado por La Table Ronde, gran editorial de ensayistas, se llama Los hermanos separados. Es un texto sobre Pierre Drieu La Rochelle, Louis Aragon y André Malraux: un fascista, un comunista y un gaullista. Le preguntaron una vez a Malraux por su infancia y dijo que la detestaba, que prefería no acordarse de ella. Drieu amaba a su madre y se avergonzaba de su padre, que la había abandonado y tenía una conducta económica poco seria (para decir lo menos). Y Aragon, amigo de juventud de Drieu, también tenía un pasado familiar complicado. Aparte de sus compromisos políticos de madurez, completamente divergentes, el punto de partida de los tres jóvenes estaba lleno de rasgos en común. Pensaban que la culpa de la guerra del 14 la tenían personas como sus padres, y que ellos, en cambio, la nueva generación, pagaban esas culpas y servían de carne de cañón en las trincheras. Eran hijos de burgueses que detestaban el orden burgués y que entraron con facilidad en la aventura de la vanguardia estética: una de sus primeras ilusiones fue el futurismo a la italiana; después se enamoraron
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Posteado por: Blanca Vivar carrillos 04/11/2010 19:49 [ N° 1 ] |
Desde la Moneda caminan hacia la ANFP para manipular y sacar a Bielsa y Harold, una venganza al mas puro estilo "Piñera-gate" |
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Posteado por: mario juvenal ramos peña 30/10/2010 18:09 [ N° 2 ] |
¿Y por qué no lee "La vuelta al mundo de dos Philletes", de Henry de la Croix, creo que mejoraria el servicio diplomático. Es mucho más aterrizado, muy necesario en estos tiempos. |