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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 29 de Octubre de 2010
Il Settimo

Me llaman para invitarme a un congreso literario que tendrá un tema específico: Alicia en el país de las maravillas. Alicia en Alicante, en la primavera del año próximo, entre escritores de todas las lenguas. Declaro desde ahora, sin reservas de ninguna especie, que tener la obligación de leer, de releer con la máxima atención, de estudiar la obra de Lewis Carroll por el revés y el derecho, es un placer extraordinario, una bendición, quizá una forma de felicidad. Consuela de muchas cosas, justifica algunas otras, permite olvidarse por un rato de la mayoría. Atravesaré espejos y ensayaré ecuaciones dementes, gracias al encargo que me transmite Alberto Manguel desde su presbiterio. Corto las huinchas para comprar el libro y seguir con otros, pero en la librería de la vuelta de la esquina, de barrio, atendida por dos mujeres simpáticas, Lewis Carroll y su Alicia pasaron de moda. Hay novelas francesas recientes, un pesado volumen sobre la muerte de José Stalin, memorias del general De Gaulle y de Winston Churchill, pero Lewis Carroll, seudónimo de un pastor aficionado a la fotografía y a la literatura, no se divisa por ninguna parte. Salgo, pues, a la busca de Carroll. Ya no puedo vivir, dormir, despertar, sin las Alicias en mi velador.

Siempre es posible encontrar un escritor extraviado en la diplomacia, aun cuando la época de los escritores diplomáticos haya pasado a la historia. Maurizio Serra, embajador delegado de Italia ante la Unesco, me invita a almorzar a Il Settimo, restaurante italiano que se encuentra en la rue de Bellechase casi al llegar a la rue de Varenne. Son calles históricas: el hotel de Rodin, que alberga en este momento obras de Henri Moore, está a pocos pasos de distancia, al llegar a uno de los costados de los Inválidos. Camino y me detengo a observar a través de las rejas, en el amplio jardín, el grupo de Los burgueses de Calais. ¡Qué personajes, qué nervios, qué osamentas, qué vestiduras intemporales! Parece que los burgueses de Rodin pasaron ya el umbral de la muerte y caminan hacia otra parte. Mi amigo Serra, hijo, también, de un diplomático escritor, me comenta que los franceses aman a Italia y detestan a los italianos. ¿Desde cuándo?, pregunto, y me contesta: ¡Desde siempre! Entra una señora mayor, vestida de leopardo, y mi amigo me la presenta y me dice que es una poeta conocida. La señora hace un saludo cariñoso, sigue su camino y se instala en una mesa concurrida, heterogénea, llena de animación.

El último ensayo de Maurizio Serra, publicado por La Table Ronde, gran editorial de ensayistas, se llama Los hermanos separados. Es un texto sobre Pierre Drieu La Rochelle, Louis Aragon y André Malraux: un fascista, un comunista y un gaullista. Le preguntaron una vez a Malraux por su infancia y dijo que la detestaba, que prefería no acordarse de ella. Drieu amaba a su madre y se avergonzaba de su padre, que la había abandonado y tenía una conducta económica poco seria (para decir lo menos). Y Aragon, amigo de juventud de Drieu, también tenía un pasado familiar complicado. Aparte de sus compromisos políticos de madurez, completamente divergentes, el punto de partida de los tres jóvenes estaba lleno de rasgos en común. Pensaban que la culpa de la guerra del 14 la tenían personas como sus padres, y que ellos, en cambio, la nueva generación, pagaban esas culpas y servían de carne de cañón en las trincheras. Eran hijos de burgueses que detestaban el orden burgués y que entraron con facilidad en la aventura de la vanguardia estética: una de sus primeras ilusiones fue el futurismo a la italiana; después se enamoraron del surrealismo, del dadaísmo, de otros ismos de la época. Era un tiempo de verdadera explosión intelectual, donde los cafés de París estaban repletos de charlatanes, de locos, de soñadores, que se codeaban de repente con un Pablo Picasso, un Guillaume Apollinaire, un Marinetti. Entretanto, los tres “hermanos separados” colaboraban en las mismas revistas y asumían actitudes más o menos comunes. Eran dandis, personajes de la noche, poco después de que el poeta Jules Laforgue hubiera proclamado su “dandismo lunar”. Luego se produjeron las rupturas, las definiciones tajantes. Drieu La Rochelle, devorado por su colaboracionismo durante la Segunda Guerra, refugiado en casas de amigos, escogió abrir las llaves del gas y suicidarse. Según algunos, era el mejor escritor de los tres, pero este juicio no me convence. Malraux viajó al Extremo Oriente, participó como aviador de guerra en el bando republicano, durante el conflicto español, y acompañó a su ídolo Charles de Gaulle en la resistencia. La trayectoria del Aragon comunista es quizá la más complicada. Me tocó tratarlo con frecuencia durante las visitas de Neruda y Matilde a París en la década de los sesenta y durante la embajada nerudiana del año 71 y 72. Siempre hemos sido surrealistas, le dijo Aragon a Neruda, una tarde cualquiera, delante de mí. Agregué una impertinencia, y el poeta francés se la tragó sin chistar. Le dije que su mejor libro, para mí, era Le paysan de Paris (El campesino de París). Lo había leído y había partido a recorrer sus escenarios entre oníricos y reales. El poeta épico, el novelista histórico, se habían alejado de aquellos paisajes de la imaginación, pero tuve la impresión de que no le había molestado que se los recordara. Por esos días asistimos a una función de El buque fantasma de Ricardo Wagner en versión de Alemania Oriental. Musicalmente impecable, sentenció Aragon, pero demasiado realista. Aragon enviudó de la célebre y dominante Elsa Triolet, el gran amor de su poesía lírica, y cambió de vida. Se dejó el pelo hasta los hombros, se puso trajes de pana verde o amarilla y se dedicó a beber champagne en recintos de lujo en compañía de jóvenes poetas. Eran formas de crítica y de escepticismo ideológico. Algunos se reían. Neruda, que llamaba a Louis Aragon “el Coronel”, se limitaba a decir: es curioso, en lugar de viudo de Elsa Triolet, su mujer, parece haber enviudado de André Breton, el papa del surrealismo. Era uno de los hermanos separados, revoltosos, frente a un padre terrible. Y todo lo demás era ideología y humo.


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
Blanca Vivar carrillos
04/11/2010 19:49
[ N° 1 ]

Desde la Moneda caminan hacia la ANFP para manipular y sacar a Bielsa y Harold, una venganza al mas puro estilo "Piñera-gate"

Posteado por:
mario juvenal ramos peña
30/10/2010 18:09
[ N° 2 ]

¿Y por qué no lee "La vuelta al mundo de dos Philletes", de Henry de la Croix, creo que mejoraria el servicio diplomático. Es mucho más aterrizado, muy necesario en estos tiempos.

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