Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
En las industrias culturales, en el cine, en las teleseries, en las grabaciones musicales, en muchos otros terrenos, se imponen cálculos comerciales que terminan por actuar como autocensuras. No puede un anciano ser el personaje principal de una película, como le dijeron a una amiga que escribía un guión sobre mi novela El origen del mundo. ¿Y por qué no puede? Porque sí, o porque no, o por lo que sea. El arte contemporáneo se llena cada día más de tabúes, de prejuicios, de anticipaciones equivocadas. Son tantas las cosas que no se pueden hacer, supuestamente, que al final no se puede hacer nada. O sólo se puede hacer tonterías, espectáculos faranduleros, lo cual, transformado en exigencia, es todavía peor. La tontería consiste en el deseo de concluir, escribía Gustave Flaubert en una de sus cartas. Y en el deseo, añadiría por mi parte, de ir siempre a la segura, de seguir el camino del medio para evitar todo riesgo de equivocarse.
Digo lo anterior a propósito de la película francesa De hombres y dioses, obra del joven cineasta y actor Xavier Beauvois, que acaba de salir a la circulación y que en menos de dos meses ya ha vendido más de un millón de entradas, es decir, ha batido todos los récords de taquilla conocidos en Francia. Se podría sostener que la película de Beauvois desmiente todos y cada uno de los tabúes y lugares comunes comerciales que dominan ahora en todas partes: es esencialmente lenta, reflexiva, estética, de interioridad, de meditación, y los seis o siete personajes centrales son maduros, viejos, y, en un par de casos, muy viejos, casi decrépitos. Sin embargo, con sus largos silencios, con sus paisajes ásperos, montañosos, pedregosos, con sus campanadas, sus cánticos, sus momentos de oración y sus momentos de espera, el filme nos deja clavados en el asiento.
Otro punto importante de la película, para mi gusto, es que toma un hecho real, una historia reciente, y lo convierte en una narración extraordinaria y en una paradoja estética: un suspenso fuerte y a la vez lento, sin el menor efecto especial, sin violencia directa, a pesar de que se adivina una violencia escondida a lo largo de todo el relato.
La historia es trágica, pero no es, a pesar de las apariencias, un simple producto del destino, una fatalidad. Pudo haber tenido un desenlace diferente, pero intervino una decisión, un acto extraordinario de voluntad, una vocación a toda prueba. Uno de los aspectos más interesantes de la película consiste, precisamente, en que muestra la vacilación, la duda, la debilidad no confesada de alguno de los personajes, y la decisión final de permanecer y de llegar hasta las últimas consecuencias. En 1996, un grupo de monjes cistercienses franceses, décadas después de la independencia de Argelia, en un momento de lucha de facciones internas, ejercía su ministerio en un convento de la región de Tibéhirine. Era un grupo que podríamos llamar ilustrado, abnegado, apartado del mundo, pero a la vez curiosamente comprometido con él, ya que se dedicaba a la oración, a la meditación, a una vida silenciosa, y además ayudaba a los lugareños a cultivar la tierra, les enseñaba técnicas agrícolas elementales, atendía a las necesidades de salud de unos cuantos centenares de personas por medio de un monje doctorado en medicina. Vemos al superior ayudando a la recolección de tomates, al monje médico, preocupado de su escasa reserva de medicamentos, atendiendo a una larga hilera de pacientes, a los más ancianos leyendo, contemplando la naturaleza, conversando con la gente. Es una isla francesa que sobrevive en medio de la pobreza, del postcolonialismo, de guerras internas mitad religiosas, integristas, y mitad tribales. De pronto, en automóviles abollados, en camiones militares dados de baja por algún ejército regular, aparecen los miembros desgreñados, barbudos, armados de anticuados fusiles, de un Grupo Islámico Armado, grupo que existió en esos años y cuya responsabilidad definitiva en los hechos no está completamente comprobada. Hay un instante de miedo, un suspenso, y una cita del Corán hecha por el superior del convento y que desarma a Djamel Zitouni, el jefe histórico de los facciosos. No sabemos mucho más, pero sabemos que una traducción del Corán, mostrada al pasar por una cámara que parece distraída y que, en último término, es lo contrario de la distracción, figuraba entre los libros de los monjes. Ahí se produce un gesto que quizá traiciona la calma narrativa de Xavier Beauvois: el jefe rebelde alarga la mano al superior y éste, después de unos segundos de vacilación, se la estrecha. Da la impresión de que el impasible director, en esa toma, en ese apretón de manos, tomara partido. Pero la esencial sobriedad de la película, su tono descarnado, eso que hemos llamado lentitud y que quizás es otra cosa, recupera su ritmo sin mayores declaraciones, sin gestos adicionales. Después llega el ejército del Estado de Argelia y tenemos la impresión, por un instante, de que va a atacar a los monjes, pero al final, en el límite, recibe la orden de retirarse. Si en la culminación de la escena de los facciosos se produjo ese apretón de manos, aquí, en el encuentro del superior con el jefe militar, hay una frase que a primera vista es inocente. El militar, con suma sangre fría, le dice al cisterciense que quizá muestra frente a los bandidos más indulgencia de la necesaria. Nada más, pero nada menos.
Al final, vemos a helicópteros militares sobrevolando el convento a muy baja distancia, vemos las bocas amenazantes de sus ametralladoras y no escuchamos ruido de balas, sólo el de las aspas colocadas encima de nuestras cabezas. Poco después llegan los facciosos y se llevan a siete de los monjes, a pie, avanzando con dificultad por laderas cubiertas de nieve, a una quebrada que se ve cada vez más oscura, más difusa. Termina la película, los créditos comienzan a desfilar encima de la nieve, y sólo hay un silencio prolongado. Un ruido de disparos habría sido más dramático y más inútil; aquí, la cámara de Beauvois no nos hace la más mínima concesión. Hasta ahora, las teorías sobre el asesinato de los siete monjes de Tibéhirine son inciertas y contradictorias. Algunos sostienen que los bandidos
|
Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 03/10/2010 20:42 [ N° 1 ] |
Recordé unos viejos libros. Y el lugar dónde estaban. Uno se llamaba "Y la Biblia tenía razón", el otro, "Héroes, dioses y tumbas". Sin contar el homólogo de Sábato. Cómo cuesta ser original, todo parece escrito, reprocesado, vuelto a escribir. |