Gonzalo Vial en la memoria (95)
Edwards, Jorge
Todo está conectado. La mentada globalización puede ser un desarrollo de estas conexiones, o una mayor conciencia, un conocimiento más ajustado de las que ya existen. La globalización, en otras palabras, no sería más que una visión globalizada de las cosas. Leo un texto francés reciente y nos habla de la interacción entre el pasado, el presente y el futuro. Juegos del tiempo que son más que juegos. El pasado influye en el presente, y el presente en el futuro, pero el futuro, a su vez, se proyecta hacia atrás. El futuro influye en el presente. Cuando haya pasado, veremos el momento actual en función de las líneas que haya seguido. Por ejemplo, si el Irán de hoy camina en una dirección democrática, interpretaremos el caso de la mujer condenada a la lapidación de una manera. Pensaremos que el exceso, la barbarie, el primitivismo, condujo a una reflexión, a una reacción humanista. O nos diremos que fue el umbral de una época todavía más oscura.
En Chile se conoce el tema, pero no sé en qué forma ha repercutido. En Francia es más fácil enfocar estos problemas como constelaciones, como grandes remezones a nivel de la conciencia moral. Bernard-Henri Lévy, que antes, en mis años pasados de Francia y de España, era un joven filósofo, y que ahora ya no es tan joven, ha tomado la iniciativa a través de un sitio de internet suyo que se llama La regla del juego. Me parece interesante, para comenzar, que los intelectuales de hoy ocupen sitios en la red y los usen para elaborar ideas, para expresarlas y discutirlas. En épocas pasadas, Lévy era un disidente de la izquierda oficial, de inspiración marxista, y recibía continuas acusaciones de hacerle el juego a la derecha. Podríamos decir que esos tiempos, con la caída del Muro de Berlín, con muchos otros fenómenos, pasaron, y que es mucho mejor que así sea. Bernard-Henri Lévy, por ejemplo, nos cuenta que llamó por teléfono al Presidente Sarkozy a propósito de la mujer iraní condenada y que el Presidente tuvo una reacción muy buena: “tuvo el buen reflejo, las palabras justas y precisas y, en el tono, una emoción que no engañaba”. La cita es interesante como retrato de un disidente de ahora: se está de acuerdo en algunos asuntos, y se manifiesta ese acuerdo con énfasis, con entusiasmo, y se puede estar en desacuerdo en otros. Ya no existen las reacciones en bloque, a punta de manifiestos archisabidos, de los años de la Guerra Fría. Las firmas de aquellos años, las adhesiones públicas, podían recitarse de memoria. El caso de la iraní, en cambio, ha provocado la redacción de un manifiesto de estilo nuevo, lleno de firmas imprevisibles. Me siento inclinado a firmar, pero tengo que acordarme de que he regresado a la diplomacia en activo, no sé por cuánto tiempo. Me abstengo, por consiguiente, y me quedo pensativo acerca del papel de una diplomacia moderna, en un mundo donde los límites profesionales, nacionales, de todo orden, cuentan menos que en el pasado.
En consideración al paciente lector, cuento algunos detalles. La joven iraní Sakineh Mohammadi Ashtiani, casada y con dos hijos, fue acusada en su país de tener relaciones con dos hombres fuera del matrimonio. Fue condenada, en una primera etapa, a una pena de 99 azotes, y la pena se cumplió en presencia de uno de sus hijos. Desde esos días no ha salido de la cárcel. Hace poco fue condenada por un tribunal a la pena de muerte por lapidación, condena que provocó reacciones internacionales apasionadas, intensas, perfectamente previsibles. En lo mejor de la campaña de los medios, apareció en la televisión de su país velada, en la penumbra, y confesó que ella estaba presente cuando uno de sus dos amantes asesinaba a su marido. Su abogado iraní, especialista en causas de derechos humanos, se sintió acosado, hostilizado en cada uno de sus pasos y en su familia, y prefirió escapar por la frontera de Turquía, a pie y a caballo, e instalarse en Noruega. Bernard-Henri Lévy consiguió hablar con él por teléfono, en lengua inglesa, y el abogado le informó que la confesión de Sakineh, a su juicio, había sido arrancada a la fuerza y no tenía el menor asidero. El abogado piensa que la condena a muerte por lapidación puede llevarse a cabo en cualquier momento y que la presión internacional es lo único que podría salvarla.
Llego hasta aquí y me encuentro con un titular de prensa en otro lado: la política exterior del Presidente Lula, anuncia en síntesis, tiene repercusiones en la campaña electoral. Y Lula da Silva, con su flexibilidad habitual, por su lado, declara: si esta mujer causa problemas en Irán, podemos acogerla en Brasil, declaración que el régimen de Teherán atribuye a “un exceso de sensibilidad” del Presidente brasileño.
Observé con interés, con curiosidad, muchas veces con admiración, la diplomacia brasileña de hace alrededor de treinta años. No conozco bien la de ahora, pero me imagino que no ha cambiado tanto. Son profesionales, imaginativos, de gran seguridad en sí mismos. Me acuerdo de poetas embajadores, de un novelista ocupado de problemas de límites, como era Guimaraes Rosa, de economistas brillantes, educados en Inglaterra, y que intervenían en representación del Brasil en los debates de Ginebra. En la delegación ante la primera Conferencia de la Unctad, en 1964, figuraban por lo menos cuatro embajadores. Uno de ellos solía bailar en las noches en una de las discotecas de la ciudad calvinista, a la sombra de los muros adustos de la catedral de San Pedro. Tiempos idos y vividos, comentó un ensayista diplomático anterior, de fines del siglo XIX y comienzos del XX, Joaquín Nabuco, autor, a distancia, de un libro notable sobre nuestro Presidente Balmaceda.
Son tejidos, interconexiones, que se ramifican en el espacio y en el tiempo. Visité el país de nuevo, hace dos o tres años, y me contaron que las memorias de Nabuco se habían transformado en un gran clásico de la literatura brasileña contemporánea. Me propongo ahora leer esas memorias decimonónicas y contemplar con una mirada curiosa la diplomacia
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 22/08/2010 20:36 [ N° 1 ] |
Sabemos, por tradición religiosa oriental, en su version griega de fines del siglo II DC, dada a Occidente Histórico, que María Magdalena estaba condenada a morir lapidada. No fué la primera vez que JESUS impugnó, de modo terminante, la tradición de esa época por no tener justicia ni misericrodia verdaderas. Lo mismo en la pena de muerte a cualquier ser humano, nadie es lo suficientemente "puro de corazón" como para aplicarla, y los que lo son, no la aplicarían. Si deseamos la muerte de alguien realmente (con mayor razón su condena eterna al seol) NO somos "puros de corazón" en el sentido de que habla JESUS. |