Edwards, Jorge
Edwards, Jorge
Viernes 07 de Mayo de 2010
Nuevos órdenes, nuevos desórdenes
Contemplo el Bósforo desde la colina más alta de la parte asiática de Estambul. A un lado alcanzo a divisar el Mar de Mármara. A mi derecha, al fondo, después de un recodo del Bósforo se abrirá el Mar Muerto. Uno sabe que la historia del mundo conocido ha pasado por estos mares y estos parajes. Sobre todo después de haber visitado el Museo Arqueológico: vitrinas con restos de Troya, extraordinarios bustos de los emperadores romanos de la decadencia, una cabeza en gran formato, enigmática, poderosa, de Safo, la poeta que vivió y escribió en una isla griega cercana a la costa de Turquía. Bajamos de la cumbre de esta colina, en medio de un tráfico dominguero endiablado, y conseguimos mesa en un restaurante tradicional. Lo más original y sorprendente de la cocina turca son los postres casi infinitos, desplegados en amplios espacios, deliciosos y mortales. Pido un vaso de vino tinto, que me parece un antídoto saludable frente a tanto cordero, a tanta berenjena, a tanto dulce, y el camarero dice que no se vende alcohol de ninguna clase. ¿Desde cuándo?, pregunta mi acompañante. Desde hace tres o cuatro meses, responde el camarero, y nos ofrece, impertérrito, aguas de todos colores.
He observado con gran interés el culto nacional de Mustafá Kemal Atatürk y leo una voluminosa y espléndida biografía suya. En su empresa titánica de modernizar y occidentalizar el país, Atatürk hacía ostentación de celebrar algunas de sus reuniones políticas nocturnas, en las que se tomaron medidas decisivas, revolucionarias, bebiendo raki, el aguardiente de la región. A una hija adoptiva suya le pidió que se quitara el velo y que partiera a estudiar a la universidad. Fue un estadista que predicó con el ejemplo, que negoció con todas las partes y que supo actuar con gradualidad, con astucia, con una mezcla de prudencia y audacia. Como oficial de ejército, se había convertido en héroe nacional en la primera guerra europea, sobre todo en el frente de los Dardanelos, donde había conseguido frenar el avance de las tropas aliadas. Pero el Imperio Otomano en sus estertores se había equivocado de bando y Turquía parecía condenada a la desaparición. Atatürk resistió, terminó por ganarles la guerra a los griegos, mejor armados y apoyados abiertamente por Inglaterra, y al final, por etapas, consiguió terminar con el Sultanato y ponerle fin al Califato, es decir, abolir primero el poder imperial y en seguida el poder religioso.
Al otro lado de sus fronteras se desarrollaba una revolución de otra especie, mucho más extrema en sus objetivos: la de Lenin y los bolcheviques. Atatürk, que concentraba el poder en forma sigilosa, a punta de golpes incruentos, a veces ni siquiera visibles, envió emisarios de confianza, negoció e incluso obtuvo ayuda en dinero y en armamento de la nueva Unión Soviética. No se sintió tentado, en cambio, por la ideología. Turquía no había pasado por ningún proceso comparable a la modernización de la Rusia de fines del siglo XIX y comienzos del XX. A su modo, a diferencia de los bolcheviques, Atatürk se propuso encabezar una transformación laica y burguesa, inspirada en los principios de la Ilustración del siglo XVIII y de la Revolución Francesa. Hacia el comienzo de la década del treinta del siglo pasado, daba la impresión de que había conseguido sus objetivos. Fue el gran modelo de los nacionalismos de los años treinta y cuarenta en América Latina. El peronismo de los comienzos, el ibañismo chileno, que llegó al poder en 1927, el movimiento de Getulio Vargas en el Brasil, estudiaron a Kemal Atatürk en forma apasionada, con un sentimiento parecido a la fascinación. En aquellos años de entreguerras, los de la aparición del nazismo y el estalinismo en el panorama de Occidente, la Turquía de Atatürk parecía la gran alternativa. Ahora no sabemos exactamente quién se equivocó y en qué medida. Mi acompañante turca, mujer de cultura, después de mi petición de un vaso de vino y del tranquilo rechazo del camarero, me dice que el Islam, a pesar de la revolución laica de Atatürk, que parecía consolidada en todo el país, vuelve ahora lentamente. ¿Por qué? Porque el proceso liberador de los años treinta fue, quizá, demasiado rápido, además de voluntarista y autoritario. Atatürk estuvo lejos de ser un dictador bárbaro, a la manera de Tirano Banderas, para emplear una referencia de la ficción literaria. Y si lo comparamos con los Juan Domingo Perón o Getulio Vargas, y hasta con los Fidel Castro y los Hugo Chávez, encontramos un rasgo diferenciador que salta a la vista. Nuestros caudillos populistas y nacionalistas latinoamericanos han tenido todos una genialidad desgraciada: el espíritu de confrontación contra viento y marea, el de creerse Ariel contra Calibán, David con su honda enfrentado al gigante torpe, a Goliat. Se diría que las metáforas literarias nos pervierten, que las palabras nos engolosinan.
Como lo demuestra la excelente biografía del historiador anglo-turco Andrew Mango, la Turquía de Kemal Atatürk fue mal mirada y abiertamente hostilizada por la Inglaterra de posguerra de Lloyd George y por el entonces joven Winston Churchill. Pero Atatürk, en lugar de fabricarse un enemigo, conversó, negoció, hizo concesiones y mostró firmeza en los momentos en que había que mostrar firmeza. Los gobiernos ingleses empezaron a tomarle respeto; los franceses, interesados en Siria, buscaron la complicidad o por lo menos la neutralidad turca. En último término, el liderazgo de Atatürk fue reconocido, aceptado y admirado. El personaje tenía un lado elegante, mundano, aparte de un buen manejo del inglés y el francés. Su firmeza de carácter era arrolladora, sin la menor necesidad de hacer gárgaras y ejercicios oratorios alrededor de los fantasmas del Imperio y el imperialismo. Habría tenido argumentos fuertes para hacerlo, pero no le gustaba ampararse en la noción de que los males de su país eran culpa de otros.
Cuando el peronismo todavía perdura y se ramifica, y cuando los socialismos reales, derrotados en casi todas partes, tratan de levantar la cabeza en América Latina, el ejemplo de Kemal Atatürk tiene plena vigencia, al menos para nosotros. Europa, entretanto, está agobiada por sus problemas propios, peligrosos, intrincados, y no se encuentra en condiciones de levantar la vista y mirar un poco más allá. Pero debería hacerlo. El regreso posible de un integrismo islámico a Turquía, que podría implicar un mayor acercamiento a Irán y una distancia decisiva con respecto a Israel, no son fenómenos inocentes y desdeñables. Son procesos que podrían cambiar demasiadas cosas: crear órdenes nuevos y desórdenes que no habíamos previsto.
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5 Comentarios publicados
Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
10/05/2010 14:09
[ N° 1 ]
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En esa biografia ¿ninguna mención a la calidad de MASON de Ataturk?
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Posteado por:
juan eleuterio díaz núñez
09/05/2010 18:03
[ N° 2 ]
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EL REENCANTAMIENTO DE LA VIDA.
Es efectivo el fracaso de los "socialismos reales", fracaso, porque no han sido humanismos ecológicos, ni comunitarios. Han creido en las clases politicas cerradas, y en el Dios Estado, ese fantasma del "sujeto absoluto" que victimiza al justo y al inocente, para perdón de los crápulas.
Pero no hay que sacar la conclusión que la Mistica Comunista que derrotó casa por casa al fascismo en Stalingrado no ha hecho renacer su ideal. No es un ideal reformista, que le hace el ojo a las mujeres venales del Sistema, ni a sus transnacionales del horror, y el lector sabe a que me refiero.
No habrá una "crónica de la muerte anunciada" de Occidente poscristiano, por mucho que lo digan Toynbee o Spengler, por mucho que el mismo Marx así lo temiera.
Levantamos la bandera de la esperanza, y del fuego del verdadero amor, para quemar esos esepticismos malsanos de la pseudodialéctica existencial... y burguesa, porque asume ramplonamente las hipocresias del Sistema. Levantamos la bandera de la mística que venció al fascismo, del reencantamiento de la vida y del reencantamiento de la Utopia... de la poesia hecha praxis, de la política vuelta Canción.
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Posteado por:
Francisco Ghisolfo Olmedo
08/05/2010 10:48
[ N° 3 ]
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don jorge confundió el mar Negro con el mar Muerto
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Posteado por:
Rafael Rosende Rosende
08/05/2010 01:08
[ N° 4 ]
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El comentario anterior lo hice antes de terminar de leer la reflexiva y fascinante crónica de don Jorge Edwards.
Es necesario, pone atención, ampliar la mirada y aprender de la historia, la que se repite de formas que no podemos predecir, pero sí en cierta manera podemos en parte anticipar.
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Posteado por:
Rafael Rosende Rosende
08/05/2010 00:57
[ N° 5 ]
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"...A mi derecha, al fondo, después de un recodo del Bósforo se abrirá el Mar Muerto..."(sin duda don Jorge quiso decir el Mar Negro)
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