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Editorial
Miércoles 17 de Marzo de 2010
¿Una esperanza para Cuba?

La incomprensible tolerancia, cuando no apoyo decidido, de la mayor parte de los intelectuales y artistas de izquierda al antiguo régimen de la Unión Soviética, así como a las dictaduras comunistas en otros países, ha tenido históricamente episodios en que alguno de los abusos de esos sistemas políticos llevado a un grado extremo provocó la decepción de figuras importantes del ámbito cultural, aunque otras continuaban sin darse por enteradas, a lo menos públicamente. Así ocurrió, por ejemplo, con los procesos de Stalin, el pacto nazi soviético o la invasión a Checoslovaquia, que fueron revelando sin disimulos el carácter esencialmente opresor del “socialismo real”, que nuestro Partido Comunista chileno sigue, pese a todo, defendiendo.

En el caso de Cuba, la enfermedad de Fidel Castro y la nueva etapa con su hermano Raúl en el poder ilusionaron a muchos con un cambio, que de hecho no se ha producido. Por el contrario, la represión a la disidencia se mantiene y ha llevado a que varias de sus víctimas opten por la huelga de hambre, que ya causó la muerte de Orlando Zapata y tiene en serio riesgo vital a Guillermo Fariñas. Las escasas manifestaciones de protesta que logran hacerse oír, como la de las “Damas de Blanco”, agrupación integrada por familiares de los 75 presos políticos que fueron condenados hace ya siete años, no han obtenido mayores avances concretos en la vida interna de la isla, pese a la reciente condena del Parlamento Europeo al gobierno cubano por esta situación.

Ahora bien, desde la semana pasada está circulando un manifiesto internacional que exige la liberación de esos sancionados por delitos de opinión y destaca el valor de Zapata, que tras ser encarcelado y torturado murió denunciando a los culpables de las violaciones a los derechos fundamentales en Cuba. Lo especial de ese documento es que aparece suscrito, entre miles de firmas de gente común y de personalidades de indudable trayectoria democrática, por connotados artistas e intelectuales que habitualmente han respaldado al régimen castrista, como Ana Belén, Víctor Manuel y Pedro Almodóvar. No hace mucho, el escritor comunista portugués José Saramago también criticó la política represiva contra la disidencia.

Ayer, en el Parlamento chileno, los senadores de la Democracia Cristiana presentaron un proyecto de acuerdo en el mismo sentido, pidiendo además al nuevo gobierno algo que no consiguieron de la administración anterior, de la cual la misma DC formaba parte: que en los actos oficiales de nuestra embajada en La Habana se invite a representantes de la disidencia. Al respecto, sigue en el recuerdo la falta de ese tipo de gestos durante la visita que la ahora ex presidenta Bachelet efectuó a la isla en 2009. Una actitud, en todo caso, que ha sido habitual entre mandatarios latinoamericanos, como recientemente y de modo lamentable mostró una figura como Lula da Silva.

En ese cuadro, aunque protestas como la de los senadores chilenos y el camino adoptado por los auténticos demócratas que firman el manifiesto aludido no han surtido hasta ahora mayor efecto, despiertan al menos una esperanza de que, al ver cómo desertan sus más fieles seguidores en el exterior, Raúl Castro se decida finalmente a iniciar una apertura real. Desde luego, los últimos acontecimientos parecen haber frustrado ya la intención del socialista Rodríguez Zapatero de obtener un cambio favorable al régimen cubano en la política de la Unión Europea.


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