Gonzalo Vial en la memoria (95)
Señora Directora:
Josefina colabora con Un Techo para Chile, trabajando o alfabetizando. Al llamado de sus compañeros de colegio, decidió desligarse de esta organización, para ir en socorro de chilenos que no recibían ayuda. Frente a este desamparo, nos pidió a algunos padres que ayudáramos. Partimos, junto a otra de nuestras hijas, a San Vicente de Tagua-Tagua y sus alrededores. Un paraíso vegetal. A poco entrar por diferentes localidades, se asomó un panorama dantesco: casa típicas chilenas maravillosas estaban en el suelo o, peor aún, a punto de estarlo. Unos papás llegaron con un camión de comida. Juntamos todo e hicimos bolsas básicas de ayuda. Al empezar a entregarlas, comenzamos a conocer el drama humano de miles de familias. La tía Caro, que dio el anuncio de estos destrozos, dividió a los jóvenes en cuadrillas, para salvar materiales que pudieran servir para una posterior construcción de algo que no sabemos qué podrá ser. Porque, claro, el terremoto fue amplio y fuerte, y las localidades de San Vicente de Tagua-Tagua, Peumo, Zúñiga y alrededores no están en las prioridades para enviarles mediaguas.
La tía Caro, que la siento como una de esas maravillosas heroínas anónimas que posee Chile, tenía razón. La zona es de una desolación agobiante disfrazada con la fecundidad del verdor. Centenares de familias durmiendo a una intemperie a ratos estrellada, otras veces nublada, pero siempre fría. El asilo de ancianos en el suelo, con los viejitos también derrumbados; el hogar de niñas en riesgo social, en un techo momentáneo, donde obviamente la higiene no es de las mejores, ya que no tienen duchas; una familia durmiendo en un gallinero, y así suma y sigue.
Mientras nos alejamos, dos viejitos en unas sillas destartaladas, tomados de las manos, curtidas por el tiempo, con las grietas de la tierra y con la esperanza de que podamos hacer algo, nos dicen chao con la mano. Miro a mi marido y no puedo evitar que una lágrima se me escape.
Eliana Pattillo de Cruz