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Editorial
Lunes 08 de Marzo de 2010
Cimiento para la unidad

Los efectos dolorosos y destructivos del terremoto y el maremoto del sábado 27 son tan evidentes —y han llegado a la conciencia de todos los chilenos con la fuerza de cientos de testimonios y de imágenes—, que pueden provocar un peligroso desánimo y justificar ese fatalismo profundamente anclado en nuestras raíces, que en parte se explica justamente por una larga sucesión de catástrofes inevitables. Pero si la geografía nos condena en cada generación a enfrentar esa prueba reiterada, la historia muestra una admirable capacidad de recuperación nunca desmentida, que permite, pese a lo perdido cada vez, avanzar en la resistencia de las construcciones materiales y cívicas y, sobre todo, robustecer el espíritu y la voluntad a sabiendas de que habrá nuevos desafíos.

Vista desde afuera, llama la atención sin duda la iniciativa llamada “Chile ayuda a Chile”, dirigida como en ocasiones similares por Mario Kreutzberger y realizada a través de los canales de televisión, tanto por su logro económico obtenido contra el tiempo y en una situación compleja, pero que duplicó la meta fijada, como porque comprometió sin reservas al país entero. En ella participaron desde las más altas autoridades a las propias víctimas de lo ocurrido y se sumaron los aportes generosos de los más ricos y los más pobres, reuniendo un sorprendente monto de dinero. Sin embargo, para los chilenos ha sido más valioso aún el símbolo de unidad que allí se dio en medio de una coyuntura política difícil, con un aplauso ciudadano prácticamente unánime, que establece el cimiento indispensable para un trabajo común y repudia de antemano cualquier gesto egoísta o interés de grupo que lo obstruya.

Las bases institucionales del país, pese a merecidas críticas en aspectos puntuales, han mostrado solidez y, en el caso concreto de las Fuerzas Armadas y policiales, ellas han sido claves y eficientes en el restablecimiento del orden público. Por otra parte, desmintiendo como otras veces algunos estereotipos, una multitud de jóvenes es hoy el contingente más activo en la labor de emergencia en favor de los más necesitados. Sin embargo, lejos de las cámaras y del espectáculo, lo que ha sobreabundado es el trabajo y el sacrificio gratuito y silencioso de miles de compatriotas que han salvado vidas, en más de una ocasión a costa de la propia, o simplemente lo han dejado todo, sin límite de tiempo ni de esfuerzo, en aras de ayudar a los demás.

Los medios de comunicación han dado cuenta de muchos de esos “héroes anónimos”, sacándolos de su voluntario secreto por lo increíble o sorprendente de las circunstancias en que actuaron o por las notables consecuencias benéficas de su gesto, pero ellos son innumerables y compensan largamente la vergüenza nacional causada por aquellos delincuentes profesionales u ocasionales que se aprovecharon del caos para robar no sólo al comercio, sino hasta a familias más pobres que ellos.

Aun con las deficiencias o los abusos que exigen corrección o castigo, un juicio equilibrado de este duro episodio debe considerar que entre esas sombras valiosas ha habido una profusión de luces capaces de avalar la confianza nacional en el futuro.


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