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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 19 de Febrero de 2010
Cultura del Parque Forestal

Estaba dedicado a reflexionar sobre el lenguaje de las caracolas marinas, pero he leído sobre proyectos para remodelar el Parque Forestal y he preferido cambiar de tema. Creo que pertenezco a una cultura del Parque Forestal y que entiendo su mitología. La literatura de mi tiempo, en prosa y en verso, está llena de estas cosas. De los crepúsculos de Maruri, leyenda de los años veinte, se pasó a los bajos fondos del naturalismo de los años treinta y cuarenta y al Forestal de los años cincuenta. Ahora, cuando se habla de remodelación, sigo las noticias con sumo interés. El Parque entró en una decadencia acelerada y hubo épocas en que parecía un basural. Muchas fiestas de una pretendida cultura eran orgías de ruido y de mugre. Yo tenía un reclamo básico: ya no era fácil caminar entre la Fuente Alemana y el final del Parque al poniente, en el sector del Mercado Central y de la Estación Mapocho. Cuando el espacio de los peatones, de los ciudadanos de a pie, empieza a reducirse, hay que entrar en estado de alerta. El fenómeno revela que las libertades ciudadanas, ni más ni menos, pierden terreno. Por ejemplo, cruzar a pie la continuación de la calle MacIver, o José Miguel de la Barra en el límite del puente Loreto, se ha convertido en una operación engorrosa y hasta peligrosa. Tampoco es fácil cruzar la calle que desemboca en Merced y en el antiguo consulado norteamericano. La prioridad del automóvil, la inferioridad del peatón son síntomas de nuestra democracia endeble.

A pesar de todo, contra todo, el Parque ha resistido. Me tocó recibir a dos notables escritores norteamericanos, Arthur Miller y William Styron, en vísperas del plebiscito de 1988. Llegaron en un día de ventarrones, entraron al Hotel Carrera de esos años en medio de remolinos de polvo, de tierra, de papeles sucios, y me rogaron que me fuera a vivir a otra parte. Si quería instalarme en los Estados Unidos, ellos me ayudaban. En Santiago estaba condenado a morirme pronto, por asfixia o por causas peores. En los primeros días, sin salir del centro de la ciudad, haciendo visitas a presos políticos en la Penitenciaría, estuvieron espantados, angustiados. En mi casa escucharon el interminable discurso de un poeta iluminado y estuvieron a punto de tomar el avión de regreso a su tierra. Pero una tarde, en uno de nuestros crepúsculos multicolores, pasaron por la orilla del Museo de Bellas Artes y del Parque Forestal y se reconciliaron con la ciudad. Era el Santiago de 1900, el del comienzo del siglo XX, la ciudad afrancesada, sin esmog y sin chatarra, sin ruido de motores y de altoparlantes rockeros: una mitología lejana, irreal, pero, después de todo, bonita.

Lo peor son las caminatas cortadas, la necesidad de ponerse a correr frente a los vehículos que cruzan a toda velocidad, la pérdida del tranco y hasta del ritmo. Porque veo con los ojos de la memoria a los caminantes de antaño: a las musas de nuestra generación; al Keke Sanhueza, que cortaba florcitas y repartía papelitos, con los diminutivos que le correspondían al pie de la letra; a Lucho Oyarzún y los hermanos Humeres, cuya conversación pasaba de episodios de Marcel Proust a páginas de Alain Fournier; a Enrique Lihn, que bajaba por la escalinata de la Escuela de Bellas Artes, medio ladeado, y se perdía por un sendero leyendo a Rilke en traducción chilena o a Martín Heidegger en traducción hispano-mexicana; a Alberto Rubio, que acababa de publicar “La greda vasija”, y a Samir Nazal, que escribía unos curiosos apuntes del natural y que influyó, quizá, en mi manera de enfocar el género de la crónica. Los espacios mentales forman parte de las leyendas urbanas y hay que defenderlos a toda costa. Neruda sostenía que había que conservar a nuestros excéntricos santiaguinos, que incluían entonces a don Marcos García Huidobro, vestido a lo Sherlock Holmes, y a locos variados, vendedores de islas, organizadores de congresos internacionales, inventores de órdenes nobiliarias, aunque fuera en formol. Pues bien, los he observado cruzar el Parque en diferentes direcciones y creo que deberían figurar en nuestro elogio particular de la locura. Una tarde cualquiera, en la primavera del año 1950, Alejandro Jodorowsky me invitó a visitar a un amigo suyo que vivía en una pensión de la calle Ismael Valdés Vergara. Este amigo era Enrique Lafourcade, autor novel entonces de unos textos de prosa poética al estilo de André Gide o de Aloysius Bertrand, “El libro de Karen”, y me acuerdo de que compartimos su magra cena residenciaria, que comprendía una de las tortillas de zanahoria más delgadas que he visto en mi vida, digna de una comida del Lazarillo de Tormes o del Guzmán de Alfarache, y una manzana paliducha y aportillada.

Un arquitecto de la vieja generación, hijo y padre de arquitectos, Carlos Cruz Vial, me llamó hace poco para hablarme de un proyecto suyo de remodelación del Parque Forestal. Es una idea ambiciosa y mucho más cara, sin duda, que la que se anuncia en estos días, pero no existe ninguna razón válida para descartar de antemano las ideas que implican más dinero y más riesgo. Los planos incluyen desde la calle Bellavista hasta Merced, pasando por encima del Mapocho con grandes puentes peatonales, construyendo túneles para el tráfico vehicular y cerrando el espacio con un gran enrejado a la europea. No hubiera sido malo que los vecinos de Santiago hubiéramos podido ver este proyecto en una gran maqueta y con las explicaciones adecuadas. En cuanto a los planes actuales, si mejoran la iluminación, los bancos, los muebles, como dicen, y si enriquecen la vegetación, no podremos quejarnos. Escribí algunos de mis primeros cuentos en el Forestal y leí muchos libros. Tuve encuentros de todo orden, intelectuales y sentimentales, que nunca he olvidado, pero los reservo para mis memorias. Uno pasaba del Parque a la ciudad en forma continuada, no interrumpida: llegaba hasta los alemanes pobres de la calle Esmeralda, hasta la Casa Colorada, hasta el Café Sao Paulo. También el paso desde las calles del centro hasta el cerro Santa Lucía era un proceso continuo, que no se cortaba con el paso bajo nivel de la Alameda. En la ciudad de ahora, los automóviles circulan mejor y los peatones peor. Si esto es el progreso, hay que renegar del progreso sin la menor vacilación. ¿Quién reemplaza la lectura de las “Elegías de Duinon” por Enrique Lihn, la de César Vallejo por Alberto Rubio, la mía de “Dublineses”, en los senderos y los bancos del Forestal, entre las cuncunas que por alguna razón misteriosa desaparecieron? Tenemos que respetar las áreas verdes en dos formas: en su belleza concreta, inmediata, y en sus fantasmas, en sus mitos, en sus verdades imaginarias.


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6 Comentarios publicados
Posteado por:
Blanca Vivar carrillos
24/02/2010 13:59
[ N° 1 ]

Desde Los Angeles CA. le puedo decir que esos escritores americanos Miller and Styron no lo podrian volver a estrechar su mano puesto que fiel a sus eticas no le gustan a los traidores.
Que raro, ahora no lo hemos visto publicar sus odas a la Concertacion en el Periodico La Opinion de Los Angeles CA. apuesto que se enojo por haber publicado la indignacion de los chilenos residentes de aqui cuando lo vieron filmar contrato por la derecha chilena.

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Ricardo Mena Silva
22/02/2010 17:41
[ N° 2 ]

Señor Edwards,

El verdadero deterioro del Parque Forestal se ha producido por efecto de las personas que han adherido a la nueva cultura: la de la desidia, la del descuido, la de la tolerancia con la destrucción, la reiterpretación de los males sociales y la falta de disciplina, aquella que se autodenomina "Lúdica", o "Acogedora", o "Desprejuiciada", cua ndo no "Progresista".

Que lo no pille un nuevo progresista, porque lo condenará a Siberia, por retrógrado y conservador.

Posteado por:
Wilberio Mardones
22/02/2010 15:57
[ N° 3 ]

Don jorge no escribe lo que todos sabemos: van a aniquilar el Parque Forestal. Lo que resta de su diseño original, una obra de arte decimonónica que debería permanecer intocada, va a sucumbir ante otra de las modernizaciones a que estamos habituados... Vivimos en el imperio de la especulación imobiliaria, el negocio del automóvil, la codicia de los políticos.

Posteado por:
sixto lemus peralta
20/02/2010 00:57
[ N° 4 ]

En 20 años concertacionistas no han habido DDHH para ese parque.

Posteado por:
Marcelo Campos
20/02/2010 00:56
[ N° 5 ]

En suma: todo pasado siempre fue mejor. Espero no llegar a viejo pensando así.

Posteado por:
José Águila Muñoz
19/02/2010 18:24
[ N° 6 ]

Una de mis paseos favoritos, siempre acompañado por mi esposa, es en Otoño caminar por los senderos del parque por sobre las hojas secas.

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