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Squella, Agustín


Squella, Agustín
Martes 05 de Enero de 2010
Súplica por la lectura

Los premios son como las bendiciones: aunque uno no crea merecerlos, no tiene más alternativa que aceptarlos y agradecerlos.

Agradecerlos, especialmente si provienen de un jurado de personas estimables e idóneas; si, además, se lo recibe en presencia de la Presidenta de la República, y si, en fin, se tiene la fortuna de compartirlo con figuras tan destacadas como Federico Assler, Ricardo Baeza, Mario Leyton, María Olivia Monckeberg y Ramón Núñez. Agradecimientos que es preciso extender a quienes lo formaron a uno -los queridos e inolvidables maestros que se tuvo, que deseo simbolizar en el magnífico Jorge Millas-; a quienes como estudiantes nos apremian a diario para permanecer alertas en el camino que vamos haciendo juntos, y a quienes en condición de amigos o miembros de una familia nos sostienen con el indispensable amor, complicidad, consuelo, aliento y humor que todos necesitamos para vivir. Agradecimientos también para las universidades en que uno se formó y en las que se enseña, principalmente la entonces sede de la U. de Chile en Valparaíso -hoy Universidad de Valparaíso, de la que tuve el honor de ser rector- y la U. Diego Portales, como también para los colegas con quienes comparto allí un diálogo académico y universitario que tanto estimula como enriquece.

Pero de alguien que recibe un Premio Nacional se espera algo más que aceptar y agradecer. Se espera, tal vez, algún tipo de mensaje, recomendación o advertencia, aunque debo admitir que nada de eso concuerda con mi carácter.

Sin embargo, en una ocasión como ésta siento el deber de interceder por la lectura, más aún, por las palabras, y, en definitiva, por el propio pensamiento, y ello porque pensamos con palabras y porque las palabras se capturan oyéndolas, pero, sobre todo, leyéndolas.

Ser pobres de palabras es ser pobres de pensamiento. Con las palabras pensamos, con las palabras percibimos, con las palabras nombramos, con las palabras recordamos, con las palabras distinguimos, con las palabras relacionamos, con las palabras nos divertimos. Perder palabras es perder las cosas que ellas designan, de manera que cuando nuestro lenguaje se empobrece, lo que se empobrece es la propia realidad y la comprensión que tenemos de ella. Quien dispone de una mayor cantidad de palabras percibe más de la realidad y es también capaz de dar mejor cuenta de ésta.

La educadora Mabel Condemarín ejemplificaba más o menos de la siguiente manera: de dos personas puestas frente a una gran cantidad y diversidad de árboles, una de ellas exclama ?¡Qué lindo bosque!?, mientras la otra dice ?¡Qué lindos eucaliptos, boldos, peumos y quillayes!?.

¿Cuál de esas dos personas percibe y transmite más realidad? Ciertamente la segunda, puesto que dispone de las palabras que nombran cada una de las especies que tiene a la vista. En consecuencia, y al revés de lo que suele decirse, aquí es el bosque el que no deja ver los árboles.

¿Qué digo yo a los jóvenes que estudian conmigo? Les digo: vean los árboles, cada uno de los árboles, pero para verlos, para reparar en ellos, como también para pronunciarlos, necesitamos conocer las palabras que los nombran. Palabras que son actos, puesto que también hacemos cosas con las palabras, de manera que éstas permiten no sólo notar, comprender y describir el mundo, sino intervenirlo y transformarlo.

A leer, pues ?instigo a los jóvenes?, para que no sean sujetos de pocas palabras, sino de muchas, y para que consigan colmar el cofre de su lenguaje, de modo que la cubierta de ese cofre no cierre de puro rebosante de palabras que él se encuentra, cual si se tratara de un tesoro que desparrama su voluptuosa abundancia desde un arca que no es suficiente para contenerlo.


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