Edwards, Jorge
Bucarest, la capital de Rumania, es una ciudad desordenada, fragmentada y, a pesar de eso, atractiva. Uno puede leer la historia en las calles, en los espacios, en las contradicciones de estilos. Hay edificios de una etapa posmoderna, reciente, junto a pesados e incluso descomunales bloques de estalinismo a la manera de Nicolae Ceaucesco, pero, a pesar de los terremotos de la historia, sobreviven rincones de los años 20 del siglo pasado y hasta restos del siglo XIX. Tengo que confesar que lo mejor, por lo menos para mi gusto, son estos rincones anacrónicos, estas fachadas de imitación, lo cual, quizá, refleja de parte mía sentimientos políticos incorrectos. Prefiero las construcciones a lo Cruz Montt, el del Santiago de los años treinta, que las de los arquitectos oficiales del Conducátor (el Conductor; en traducción alemana, el Führer). Existen avenidas enormes, tocadas por la megalomanía que dominaba hace un poco más de veinte años, y los parques, cuyos árboles amarillean bajo un cielo neblinoso de otoño, son enormes, estupendos, redentores del cemento y del bullicio. En su delirio apresurado, activista y excesivo, desprovisto de todo sentido de la realidad práctica, Ceaucesco se hizo construir un Palacio del Pueblo de proporciones babilónicas, el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono norteamericano. Se pusieron alfombras de cuatrocientos metros de longitud que hubo que transportar con ayuda de tractores y que se terminaron de tejer adentro de las galerías. El sistema de lámparas de lágrimas y jarrones de porcelana se adaptaba a las proporciones del edificio y estaba sometido a una condición estricta: la de ser fabricado todo, hasta en los menores detalles, con materiales nacionales. De acuerdo con testimonios actuales, el Conducátor visitaba las gigantescas canteras y andamiajes con frecuencia y aprobaba o desaprobaba con movimientos de cabeza. Después de cada visita, arquitectos, ingenieros, constructores, interpretaban esos signos y demolían o añadían partes conforme con los resultados de su interpretación.
Un chileno de Bucarest me dice que todavía quedan, a pesar de todo, personas nostálgicas de aquella época. Es posible, digo, puesto que todo es posible. Un joven chofer de taxi, en cambio, piensa que fue un período negro. Pero usted, replico, en el momento de la caída de Ceaucesco, a fines de 1989, poco después de la demolición del Muro de Berlín, era muy joven. Sólo tenía siete años, responde el taxista, pero recuerda como si fuera hoy el hambre que pasaba su familia, el litro de aceite para todo el mes y el frío de los inviernos en que la electricidad y el gas estaban estrictamente racionados. En otras palabras, mientras el Conductor hacía construir su monumento faraónico y dedicaba el grueso de la exportación del país a pagar una voluminosa deuda externa, restringía el consumo popular con mano de hierro y sin necesidad de pedirle permiso a nadie. Era el culto de la personalidad en su forma extrema, descarnada, y no había poder humano capaz de contrapesarlo.
A pesar de sus dificultades, tuve la impresión de que el país se reconstruye con lentitud, de que hace un esfuerzo serio para adaptarse a las condiciones de una economía moderna. No sé si avanza lo suficiente, con un ritmo mínimo. Después de la posguerra y de las décadas del comunismo, mucha gente cree que las instituciones democráticas no se han consolidado. La corrupción es más o menos ubicua, general, transversal, y por todas partes aparecen nuevos ricos que antes colaboraban con la Seguridad del Estado. Uno de ellos reconstruyó un palacete decimonónico, lleno de molduras de oro, en una de las avenidas principales, y es dueño, entre otras cosas, de canales de televisión y del más popular de los clubes de fútbol. Nosotros hemos oído hablar de todas estas cosas. Para no deprimirme, asisto en compañía del director del Instituto Cervantes a un concierto de excelente calidad: el Emperador de Ludwig van Beethoven, y Cuadros de una exposición, en la versión para orquesta de Maurice Ravel, de Modesto Moussorgski. Tengo un recuerdo de Acario Cotapos, que no sentía la menor simpatía por Ravel y que, por el contrario, amaba la obra del compositor ruso. ¿Acario Cotapos, Silvestre Revueltas? Lo que ocurre es que hace poco, en Madrid, se organizó un acto para comentar y escuchar la música del chileno y del mexicano. No sé si en Chile hemos tenido una idea parecida, y me imagino que no. Miramos para allá, para muy lejos, para los lados, y nunca nos enteramos de lo que existe bajo nuestras propias narices. Al fin y al cabo, el pobre Cotapos, después de regresar de Europa, vivía en un departamentucho de la Diagonal Paraguay y se ganaba la vida vigilando la entrada del Municipal en la temporada invernal de conciertos.
Para no deprimirnos, vamos a un bistró de productos marinos y comemos fenomenales pescados del Mar Negro cocinados a las brasas. ¡Chile!, exclama, con asombro, con un toque de incredulidad, el dueño, un hombre fuerte, bigotudo, con aspecto de domador de circo. Sospecho que me hará preguntas sobre Pinochet, Allende, Neruda, como me las han hecho en varios lados, pero el único chileno que conoce es Marcelo Ríos, e imita con gestos ampulosos el manejo de una raqueta de tenis. En la tarde anterior, en la presentación de Casa lui Dostoievski, la editora ha declarado en público que tengo un sentido del humor “no explícito”, afirmación que no me ha disgustado. El sentido del humor es algo diferente del humorismo, pero aquí no tengo espacio para analizar esta diferencia.
Los detalles del final de Ceaucesco y de su esposa Elena, poderosa en la Nomenklatura de su tiempo, son extraordinarios. Primero se produjo la deserción a Estados Unidos de uno de los más altos jefes de la Securitate. Después hubo protestas callejeras por la escasez de productos y en algunos puntos del país los soldados solidarizaron con el pueblo. En la mitad de un importante discurso desde los balcones de un edificio estatal, el Conducátor, ante la sorpresa suya y de todos, fue pifiado y saludado con gritos hostiles. Escapó en un helicóptero a punta de pistola, pero el piloto simuló o tuvo un desperfecto y aterrizó en un camino. El dictador y su mujer hicieron dedo y consiguieron que los llevara un automóvil particular. A poco andar fueron detenidos por un piquete de soldados. Les hicieron un juicio sumarísimo en un cuartel militar y los fusilaron pocos minutos más tarde en un patio. Fue un final clásico y terrible. Alguien me dice ahora, con aparente seriedad, que todo había sido orquestado por Mijail Gorbachev en connivencia con la Seguridad rumana y con la CIA. Y los gritos y las pifias de la gente en la plaza, ¿también? Hacía poco, Gorbachev, desde el Kremlin, le había pedido al gobierno de Rumania que introdujera cambios urgentes. Y los gobernantes rumanos, por aquellos mismos días, habían reprimido una manifestación obrera a sangre y fuego. Me imagino muy bien quiénes serán los nostálgicos despistados que andan sueltos por ahí. Me digo que nunca faltan y que no son más que las excepciones que confirman las reglas.
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Posteado por: M. Muñoz 10/11/2009 23:00 [ N° 1 ] |
Sr. Ruperto Barragan Lienlaf, usted es uno de los chilenos que no entiende lo que lee, en el artículo del Sr. Edwards se refiere a los nuevos ricos de izquierda, que antes y durante los gobiernos socialistas de Rumania y de Chile, trabajaron como interventores de empresas estatizadas, como comisarios políticos entre las policías, o generales que estaban a cargo de las JAP., y le controlaban la alimentación al resto de los ciudadanos, los cuales pasaron hambrunas ya sea por el control de los alimentos o por la escasez de los mismos. |
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Posteado por: Ruperto Barragan Lienlaf 06/11/2009 16:56 [ N° 2 ] |
Que buena ironia D. Jorge! Me gusto la mencion esa : "aparecen nuevos ricos que antes colaboraron con la seguridad del Estado...uno es dueño de canales de tv y el mas popular de los equipos de futbol...nosotros hemos oído hablar de estas cosas..." ¿a quien se refira? yo no dudo en pensar que al Berlusconi chileno...( lean articulo de Ricardo Solari sobre el tema)... |