Edwards, Jorge
Edwards, Jorge
Viernes 09 de Octubre de 2009
Borges en Ginebra
Viajo a Ginebra a dar un par de conferencias, dos charlas que al final se transforman en cuatro, es decir, tengo que hablar hasta el agotamiento, y las preguntas continúan a la hora del aperitivo, de la cena, de la sobremesa, amables, pero exigentes, exhaustivas. Es que todos quieren saber, me explican los organizadores, del Che Guevara, de Fidel Castro, de Salvador Allende, del general Pinochet. Todos, replico, resignado, pero a mí me encantaría saber más y poder hablar un poco de otras personas y otras cosas. Me miran con cierta perplejidad, con decepción, y me aferro, por mi parte, a un funcionario argentino a quien conocí años atrás, ya no recuerdo dónde, y que parece conocer todo lo que se refiere a Jorge Luis Borges, al interminable e ineludible autor de El Aleph. Tengo una mañana libre y parto, en compañía del argentino, de su mujer, hija de franceses de la región de Pau, y de dos amigas españolas entusiastas, organizadoras de un curioso club del libro de las Naciones Unidas, al cementerio ginebrino de Planpalais. He propuesto comenzar por el cementerio, por el final, como el Bras Cubas de las Memorias Póstumas. Después podemos retroceder y llegar hasta la juventud, incluso hasta la adolescencia.
El cementerio, no demasiado grande, bien cuidado, adormecido por el rumor de las máquinas cortadoras de pasto, es un parque amable, lleno de lápidas espaciadas, y se encuentra a los pies de la ciudad antigua y calvinista. Uno de los jardineros está perfectamente informado acerca de la tumba de Borges y de otra, vecina suya, la de Juan Calvino. Me sorprende que la lápida borgeana sea un tanto recargada, llena de inscripciones en idiomas de la baja Edad Media, y que lleve un barco vikingo vagamente esculpido en el reverso. A estas alturas, creo que podría escribir un largo ensayo, quizá un libro, sobre lápidas y tumbas de escritores. Charles Baudelaire, por ejemplo, está escondido en Montparnasse, aplastado, casi, bajo el monumento fúnebre de su detestado padrastro, el general Aupick, embajador, según reza la inscripción en piedra, ante la Puerta Otomana. Y hay una circunstancia extraordinaria, que pocos han observado. Frente a la tumba del general y de su hijastro poeta, hay otra no menos pomposa y a la que nunca le faltan ofrendas florales: la del mexicano Porfirio Díaz, cuyo pensamiento estaba cerca, precisamente, de Aupick y de Napoleón III, y no, desde luego, del autor de Las flores del mal.
Pero volvamos a Borges. La exageración de su piedra tumbal me demuestra que no fue preparada por él mismo, que fue el resultado de una interpretación póstuma. La sobriedad elegante era una de sus obsesiones. Subimos después a una librería anticuaria que él frecuentaba, donde hay buenas ediciones de clásicos griegos y latinos y de autores de lengua francesa del siglo XVII en adelante. A la salida, en camino a la plaza del municipio, nos detenemos un rato frente a la casa y a la placa de mármol de Agrippa d’Aubigné, poeta y soldado, combatiente en el bando hugonote en las guerras de religión de la Francia del siglo XVI, y nos sentamos en un café que frecuentaba el poeta de Fervor de Buenos Aires. Son actos incomprensibles para muchos, pero de estricta necesidad para los miembros del gremio literario. Las placas de la ciudad vieja de Ginebra, como las de París, las de muchos otros lados, son reflejos de esta misteriosa necesidad. La conversación cae, por algún extraño motivo, en don Enrique Larreta, el novelista de La gloria de don Ramiro, quien inventó una manera anacrónica, hispanizante, de escribir en el Río de la Plata, escritura que lo puso de moda por algún tiempo y que ahora lo mantiene enterrado bajo capas geológicas de olvido, fenómeno que merecería un rescate crítico. Nuestro acompañante argentino cuenta la historia de un escritor que alcanzó algo de celebridad durante los años del peronismo. Divisó un buen día a Borges en un café de Buenos Aires y le mandó decir con el camarero que tenía sumo interés en conversar con él. Respuesta de Borges: Dígale, por favor, que el interés no es recíproco.
Los tenderos de la planta baja de la casa en cuyo segundo piso, a los 86 años de edad, murió Jorge Luis Borges, no permitieron colocar en el muro de su tienda de antigüedades una placa recordatoria. La placa se encuentra en un callejón lateral, y en la inscripción se lee la traducción de unos versos dedicados a Ginebra, unos versos que dicen que en Ginebra es posible alcanzar una forma transitoria de felicidad. Ni más ni menos. He pensado, de repente, que la actitud de los tenderos del número 68 de la rue de Saint Pierre, es comparable a la de la Academia que otorga los premios Nobel de Literatura, pero no pretendo abundar en esta línea. A Borges le gustaba la tranquilidad de Ginebra, su sobriedad, su falta deliberada de énfasis. París sabe que es París, mientras que Ginebra, discreta, secreta, sabe que no lo es y no le importa mucho. Cuando Borges supo, en Buenos Aires, que padecía de un cáncer terminal, le pidió a María Kodama que lo llevara a la Ginebra de su adolescencia, de su juventud, a pasar sus últimos días. Estuvo algún tiempo en un hotel y consiguió al fin que lo trasladaran a la rue de Saint Pierre. Había vivido en Ginebra en su adolescencia, en los años de la gran guerra, entre 1914 y 1918. Suponemos que ahí comenzó a leer a Shakespeare, al Dante, a los clásicos griegos y latinos, al autor o los autores de las Mil y una noches. El solía contar que sus compañeros de curso en el colegio calvinista habían sido sumamente generosos. En lugar de burlarse del alumno extranjero, lo ayudaban a adaptarse a las normas y los hábitos locales. No es, como se sabe, una actitud corriente y universal. Se detenían, a veces, a los pies de unas piletas de piedra que abundan en los rincones de la vieille ville. Las bases de estas piletas están siempre rodeadas de manojos de flores silvestres. Recuerdos de la montaña, según los ginebrinos. Y a Borges, que escribió sobre teología medieval y sagas islandesas, pero que también hablaba de arrabales bonaerenses, le gustaban estas minucias y las recordó hasta el fin de sus días.
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2 Comentarios publicados
Posteado por:
Luis Antonio Fuentes Labarca.
16/10/2009 19:45
[ N° 1 ]
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Sr.Edgardo Enrique Jacobs Palacios: Tuve el agrado de conocer a nuestro gran escritor Jorge Edwards.
El no posee ninguno de los defectos por usted atribuidos.
En cuanto al odio que usted dice sentir, es su problema, no vale la pena de calificar.
Y ese: "ojala nunca viaje a provincia", es una advertencia -insana-.
Atte. Luis Fuentes Labarca.
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Posteado por:
Edgardo Enrique Jacobs Palacios
15/10/2009 20:10
[ N° 2 ]
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Hola,hoy no me di el trabajo de leer su columna,ya que arrastro desde un tiempo a esta parte un odio enconado por su lengua viperina,excluyente,clasista y discriminatoria,leo siempre a los columnistas,pero de categoria,no a aquellos,que como Ud.discriminan a la gente por ser de provincia,cuando lei esa columna hace un tiempo ya, me propuse comentarla algun dia,y ese dia llego hoy.Soy Antofagastino y orgulloso y a pesar de tener hijos capitalinos ellos llevan en su sangre la humildad,pero tambien la grandeza del pampino,y no la prepotencia y pequeñez del santiaguino.
de todos modos le deseo suerte en sus sesgados y discriminadores comentarios y ojala nunca viaje a provincia ya que no seria bien recibido,porque si hay algo que nos distinga de los flojos y conformistas capitalinos es que somos muy rencorosos.
saludos.
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