blogs | La Segunda : Redacción

Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 02 de Octubre de 2009
Coqueteos con la barbarie

En épocas pasadas se hablaba de los caudillos bárbaros y los caudillos ilustrados de América Latina. Eran años de dictaduras en casi todas partes, pero algunos dictadores se autoproclamaban progresistas, educadores, civilizadores, mientras otros mandaban a palos, sin necesidad de justificaciones morales o políticas. Me parece que el general Ibáñez, entre nosotros, fue algo parecido a un caudillo ilustrado durante su primer gobierno. Mantuvo fachadas institucionales, como su famoso Congreso Termal, nombrado a dedo en no sé qué termas del sur de Chile, y se dedicó a construir caminos, puentes, edificios, mientras no llegaron hasta nosotros los efectos de la crisis de 1929. Caudillos bárbaros, en cambio, eran los Melgarejo, los Somoza, los Trujillo, y las fiestas del Chivo, noveladas por Mario Vargas Llosa, se repetían a lo largo y a lo ancho de la región.

No sé si tiene mucho sentido hacer la distinción ahora. Después de las duras experiencias pasadas, hemos optado por adoptar un criterio de tolerancia cero a golpes de Estado y gobiernos de facto. Así se explica la situación actual de Honduras. Un Presidente elegido fue sacado de su cama a punta de bayoneta y eso no lo podíamos tolerar. Era un fantasma demasiado reciente, demasiado ominoso. En el primer momento, sin embargo, pensé que Micheletti actuaría como un ilustrado, un moderado. La acusación contra Zelaya, la de querer hacerse reelegir a toda costa y en forma indefinida, esto es, la de intentar convertir su presidencia en una dictadura legal, tenía fundamento. Era un cargo que parecía defendible y que había sido aprobado en el Parlamento hondureño incluso con el voto de los miembros del partido de Zelaya. Pero en estos días ha salido a la luz un fenómeno diferente. Los hechos y declaraciones de las últimas dos o tres semanas hacen pensar que los militares tienen secuestrado al gobierno civil y que las posibilidades actuales de avenimiento entre el bando de Zelaya y el de Micheletti son prácticamente nulas. La cabeza del Presidente en funciones parece controlada desde otros centros de poder, en concreto, desde los cuarteles. El ánimo de diálogo que se manifestaba antes en diversas formas ahora no se nota en ninguna parte. Ni siquiera parece claro el propósito de realizar nuevas elecciones presidenciales. Si el Ejército interviene con fuerzas desproporcionadas para cerrar los medios de prensa de la oposición —radio Globo y canal 36—, ya no se puede creer que habrá elecciones medianamente normales. Sería como una elección a dedo, con los adversarios amarrados y amordazados: una elección a la manera termal o peor todavía que eso.

Los norteamericanos dicen que Manuel Zelaya debería dejar de pensar que es el héroe de una película de vaqueros del Oeste. Es una observación despectiva, de estilo igualmente anticuado, pero no tan arbitraria como se podría pensar. Zelaya no se saca su sombrero de llanero solitario ni para meterse a la ducha y a veces da la impresión de que su papel de víctima le gusta demasiado. En resumen, todo lo que sucede en Honduras es un desastre, un retroceso en la historia de la región, una vuelta a un pasado detestable.

No creo, sin embargo, que debamos perder toda esperanza. Si el senador Jorge Pizarro propone que se forme una comisión de legisladores de todo el continente para tratar de mediar en el caso de Honduras, está muy bien, es una buena idea. Pero tampoco podemos hacernos ilusiones. El Presidente Micheletti cree que Honduras es capaz de pelearse con el Brasil sin mayores consecuencias. Tampoco es imposible, entonces, que reciba con un portazo a la delegación de parlamentarios.

La barbarie dictatorial implica, entre muchas otras cosas, un abandono de la razón y del sentido de las proporciones. Llegan doscientos soldados armados hasta los dientes a ocupar una radio donde se encuentra el dueño en compañía de tres o cuatro funcionarios. El pequeño grupo escapa por los tejados de Tegucigalpa y los militares no saben que en Washington, en Brasil, en Chile, en la Unión Europea, en todos los rincones del mundo civilizado, los miran en forma escandalizada. Después, cuando les toca sentarse en el banquillo de los acusados, se sorprenden mucho. La OEA, entretanto, declara que se mantiene atenta a la crisis (era que no) y exige respeto a la integridad de la Embajada del Brasil (qué menos podía exigir). Nada nuevo, comenta el embajador brasileño. Cosas demasiado vistas, escuchadas y trilladas, comentamos nosotros.

Lo de la ruptura de relaciones diplomáticas de la Honduras de Micheletti con el Brasil de Lula, anunciada pero no confirmada, me recordó una historia de Melgarejo, el legendario dictador boliviano del siglo XIX, hombre que pertenecía por entero, con todas las tintas y los excesos imaginables, a la categoría antigua de los caudillos bárbaros. Debido a una exigencia comercial y militar que no fue bien entendida por el gobierno de la Reina Victoria, Melgarejo resolvió que Bolivia rompiera relaciones con Inglaterra. No se contentó con firmar un decreto cualquiera, sino que ordenó apresar al cónsul inglés, desnudarlo, montarlo en un burro y mandarlo así a comunicar la decisión boliviana a Su Majestad la Reina. Cuentan que la Reina conoció la noticia con algunos meses de retraso y pidió un mapamundi para ver dónde quedaba Bolivia. Después, con arrogancia muy británica y muy imperial, ordenó que la patria de Melgarejo fuera borrada del mapa.

Claro está, felizmente, no estamos en la época victoriana. Pero el conflicto entre un golpista apernado en el poder y respaldado por el Ejército, y un actor de segunda fila que, sin embargo, había alcanzado la presidencia en elecciones normales, forma un espectáculo bastante triste, un melodrama de segunda o de tercera. Es algo nuevo, imprevisible, y a la vez repetido hasta la saciedad. Don Ramón del Valle Inclán escribió, inspirado en historias políticas de esta parte del mundo, su Tirano Banderas. Pío Baroja, menos educado que don Ramón, sin ínfulas aristocráticas, nos trató mucho peor. Nos definió como “el continente tonto”. La definición barojiana nos ha irritado durante más de medio siglo, pero más de una vez le damos la razón al autor de la serie de Zalacaín y de El árbol de la ciencia.


Volver a la sección "Edwards, Jorge".


2 Comentarios publicados
Posteado por:
Rubèn Josè R. Maturana Maturana
05/10/2009 15:24
[ N° 1 ]

Dn Jorge: Es un atrevimiento de mi parte, opinar acerca de los comentarios de tan distinguido escritor chileno,rogàndole aceptar Ud. mis disculpas por tal osadìa. Pasando al tema que nos preocupa, es decir,el "COQUETEO CON LA BARBARIE" , de los diferentes regìmenes totalitarios pasados y por venir en Amèrica Latina y otros paìses, mi opiniòn es la siguiente: Por mi formaciòn profesional, estudios del comportamiento humano en situaciones de excepciòn y propia vivencia en dictadura

Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
05/10/2009 13:59
[ N° 2 ]

Ibañez hizo trietemente celebre a Pisaguia Sr Edwards. Tuve un jefe italiano que decia que el mejor presidente que habia tenido Italia, por hacer carretereas, habia sido Mussolini.¿por que denosta a Zelaya? ¿conoce caribeño que no sea extravertido?

Email Contraseña

Archivo

      Mayo 2012     
Do Lu Ma Mi Ju Vi Sa
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31    

Cartas

Editorial

Foco político

Foco Legislativo