Edwards, Jorge
Edwards, Jorge
Viernes 11 de Septiembre de 2009
Brasil y nosotros
Tengo una relación antigua y constante con el Brasil. En 1956, hace ya más de cincuenta años, viajé por primera vez a Río de Janeiro. Antes había pasado a conversar en la Biblioteca Nacional, ya no recuerdo exactamente por qué, con mi amigo mucho mayor, más experimentado y más sabio, Raúl Silva Castro. Crítico literario, biógrafo de Alberto Blest Gana y de Rubén Darío, Silva Castro, don Raúl, escuchó lo de mis proyectos de viaje con algo de escepticismo y me dijo que el Brasil, a causa de su idioma, era un país “muy aislado”. Algunos días después, cuando comentaba la frase de don Raúl con mis amigos cariocas, periodistas, poetas, narradores, se reían a carcajadas. Si uno miraba el mapa, saltaba a la vista que el comentario de mi amigo mayor era un perfecto disparate. No sólo si uno miraba el mapa: si uno abría los ojos y contemplaba la bahía de Guanabara, las islas, los morros, las playas de Copacabana e Ipanema, los rascacielos, la floresta, la laguna.
Ahora hemos visto el partido de Chile con Brasil y saco mis conclusiones de analfabeto en materias de fútbol. No pienso competir con mi colega Marco Antonio de la Parra, que se retrata vestido de niño grande y escribe sobre estas cosas, ni con el novelista español Juan García Hortelano, que publicaba en la prensa de su país crónicas periodísticas magistrales. Pero la ilusión de ganarle al Brasil, aunque no sea exactamente una misión imposible, es precaria, arriesgada. Los hinchas de Salvador de Bahía entrevistados por nuestra tele no hablaban de nosotros con hostilidad, con antipatía, pero decían que ganarle al «tricampeón», a pesar de todo…, y agregaban un encogimiento de hombros, una sonrisa. De todos modos, tuve la impresión personal de que le habíamos perdido el respeto al tricampeao y de que eso estaba bien, de que no había ninguna manera mejor de hacerlo. Llegar de visita y jugar sin complejos mayores, en Bahía, en el sólido norte, con la verde amarela, era de por sí una hazaña. Y metimos dos goles y creo que anduvimos, a pesar de las cifras finales, bastante cerca de hazañas mayores. Lo que ocurre, quizá, es que no nos dieron las fuerzas para tener un buen ataque y a la vez una buena defensa. Mientras atacábamos como locos, hubo algún descuido atrás, y con la verde amarela no hay descuido que valga.
En los tiempos remotos de mi primer viaje había un enorme respeto por Pablo Neruda, por Gabriela Mistral y quizá por algún otro chileno, pero la noción de Chile era más bien nebulosa. Se conservaba el recuerdo de un baile de la época del Imperio ofrecido a los marinos de un barco de guerra chileno. Predominaba, sin embargo, una falta de contacto, de vínculos reales. Había un poeta del que se hablaba mucho, incluso en la poesía de sus colegas, Jaime Ovalle, pero nadie sabía, ni allá ni acá, que Jaime Ovalle, fallecido hacía pocos años, era chileno de origen, hermano del conocido periodista, director del vespertino El Imparcial, Darío Ovalle Castillo. “Jaime Ovalle, poeta, homem triste…” Así comenzaban unos versos de homenaje y de nostalgia del gran Manuel Bandeira, a quien también, por descontado, ignoramos en forma rotunda.
Tuve un almuerzo, hace años, en los comedores de la Unesco en París, con el conocido sociólogo y ensayista brasileño Helio Jaguaribe. Ahora, hace muy pocos días, en un almuerzo, precisamente, en el Mercado Municipal de Brasilia, me contaron que el maestro intelectual de Jaguaribe había sido José Ortega y Gaset, y que esa formación lo había llevado a examinar en profundidad el mundo hispánico e hispanoamericano. Siempre sentí, por mi parte, y puede que sea una impresión parcial o equivocada, que la gente de ideas y de cultura del Brasil sabía un poco más de nosotros de lo que nosotros sabíamos de ellos. La actitud nuestra se reflejaba a la perfección en ese comentario de Raúl Silva Castro, frase que repetida en el Brasil causaba asombro por su extravagancia y su candorosa ingenuidad.
Pues bien, durante el almuerzo en la Unesco se habló de los intentos de integración latinoamericana y de la ausencia, o relativa ausencia, de Chile en el Mercosur. No es que Chile nos interese por su tamaño, me dijo Jaguaribe con franqueza: Nos interesa por su inteligencia. Me quedé pensativo entonces y sigo más o menos pensativo. No creo que los chilenos se miren a sí mismos como nación de inteligencia, como centro de cultura dentro de la región latinoamericana. Antes, hace más de treinta o cuarenta años, había algo de eso, visible en las universidades, en la prensa, en la edición, incluso en la diplomacia, pero ahora queda muy poco. En la actual campaña presidencial, sin ir más lejos, el debate intelectual, cultural, brilla por su ausencia. Marco Enríquez-Ominami ha hecho cine, según entiendo, y nos gustaría mucho saber cuáles son sus ideas con respecto al desarrollo futuro del cine chileno, a la música, a los museos y a las artes plásticas, a los libros y las editoriales. Pero se supone, y estoy convencido de que en forma equivocada, que el debate sobre cuestiones de cultura no produce votos, y tendremos que contentarnos con lo que hay.
Desde mis primeras lecturas de Joaquim Maria Machado de Assis, de Euclides da Cunha, de Guimaraes Rosa, de Clarice Lispector, desde mis primeras traducciones de poesía de Drummond de Andrade, de Manuel Bandeira, de Vinicius de Moraes, y desde mis paseos y devaneos en el Río de 1956, me he formado la noción de un país que tiene espaldas anchas, hombres de inteligencia, artistas originales, y que, por eso mismo, consigue una relación con el resto del mundo más viva y abierta que la nuestra. En mi visita de abril de 1956 tuve mucha suerte y pude ver la maqueta de Brasilia en el taller de arquitectura de Oscar Niemeyer. Ahora he recorrido la ciudad impunemente, asombrado con sus espacios, y he pensado en la extrañeza y la osadía de llevar una ciudad de la imaginación, una utopía contemporánea, a la realidad. No todos están contentos de habitar en una urbe demasiado deliberada, en un producto de la razón. Hay una panadería en cada barrio, por ejemplo, pero a la gente le gusta comparar los panes de panaderías diversas. Y el inventor de todo, agregan, no vive en Brasilia, sino que vive, a sus 103 años de edad, en un pequeño departamento de Río de Janeiro, con vista al mar y a sus islas. Es una manera más segura, me digo, de llegar a esa edad tan avanzada. Y en los altos del Mercado Municipal, con amigos de buen humor, comiendo un magnífico bacalao regado con interminables botellas de vino chileno, Brasilia, que hace un poco más de cincuenta años había visto en su plano regulador y en su maqueta, se humaniza y se hace habitable. Son misterios, sorpresas del Brasil de ahora.
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3 Comentarios publicados
Posteado por:
Fernando Osvaldo Castillo Sandoval
13/09/2009 21:30
[ N° 1 ]
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Que bueno que el 11 de Septiembre no escribistes sobre ningún 11 de Septiembre y que bueno que tu comentario fué sobre mi patria adoptiva,O BRASIL, nosotros Chilenos tenemos que mirar al gigante verde con mucha atención y cariño;
pensemos un poco; quién apostaría a que um obrero metalúrgico conduciría con éxito tamaño país por una de las crisis mas asustadoras de la historia de la humanidad? Un día leí por ahí que el problema no son las ideas sino lo que los hombres hacen con ellas, aquí ya no hay mas derecha ni izquierda y si un mecánico tornero tiene um buén plan de gobierno hasta los empresarios lo van a apoyar sin duda ninguna y nadie va a perder la dignidad por eso. Ahora si me hubieras avisado de que vendrias a Brasilia te hubiera ayudado a desvendar algunos misterios, por lo menos ese de "que es lo que la Bahiana tiene"!!
Abraços e Saudades do:
Fernandão Chileno!!
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Posteado por:
M. Muñoz
12/09/2009 17:40
[ N° 2 ]
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Sr. Edwuards, Brasil es PENTACAMPEÓN mundial de futbol, y los jugadores chilenos no estan preparados fisicamente para enfrentar a un equipo de primer nivel, ya que su estado físico sólo le alcanza para una hora de juego.
Nuestro país ya no es de inteligencia, debido a las modificaciones que se le han hecho en los últimos años al sistema educacional, en la actualidad los alumnos son los que ponen las condiciones dentro de los establecimientos educacionales, si no quieren no aprenden y no dejan que el resto de sus compañeros aprendan las materias dictadas, está prohibido por el ministerio de educación que los alumnos sean suspendidos de clases o expulsados por faltas graves a la disciplina estudiantil.
A pesar de todas las malas notas que tenga un estudiante, éste no puede quedar repitiendo porque el estado le tiene asegurado su cuarto medio a todo evento.
Atte.
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Posteado por:
Edmundo J. Rojas Retamal
11/09/2009 23:17
[ N° 3 ]
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Gracias por su columana, Edwards. Casi siempre las leo, acaso para contrastar mi "santiaguismo" con su cosmopolita existencia. A la de hoy le hago un reparo (bien adocenado por lo demás, y modestamente): lamentar ése uso que hace del término cultura (que básicamente viene de "cultivar", y lo primero que se cultiva es la tierra); cierto que en la campaña política en curso está huérfana de debate e iniciativas sobre el tema libros, artes en general y afines, pero de ahí a cerrar el "cultivo del ser humano" a eso, creo anda bien perdido.
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