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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 14 de Agosto de 2009
Memorias de memoria

Hace tres o cuatro años me tocó decir unas palabras en la inauguración de la Feria del Libro de Panamá. Me acordé de que a Jorge Teillier le gustaba Panamá, que tenía grandes amigos entre los poetas panameños y también, aunque a algunos pueda parecerles extraño, entre los boxeadores en activo y los retirados. No era el único artista aficionado al box que he conocido. Pues bien, al salir del enorme recinto en el que había dicho esas palabras inaugurales, se me acercaron en la calle dos o tres personas y me contaron que habían sido amigos de Teillier, que en una oportunidad, durante las sesiones de un Congreso de Poesía, el chileno se había extraviado y que lo habían encontrado después de largas averiguaciones en una taberna portuaria, rodeado de boxeadores retirados que escuchaban sus historias de box felices y contentos. Poco después me pidieron que escribiera algo para una revista anglosajona que iniciaba sus publicaciones en español y sugerí varios temas. Entre ellos, uno que no sabía cómo iba a desarrollar y del que sólo me sonaba el título, El poeta y los boxeadores. Los editores de la revista no me solicitaron tampoco mayores detalles: el título les sonó bien y pidieron el trabajo de inmediato. A mí me asombraban siempre las erudiciones menudas de Jorge Teillier, conocimientos en apariencia inútiles, historias de cantantes populares, de púgiles y de jinetes, de poetas malditos a la chilena, de actores de Hollywood. Pensé, pues, en otro gran erudito de la memoria, prosista, cronista, crítico, poeta, Alfonso Calderón, y lo llamé por teléfono. Alfonso no necesitó consultar nada: me empezó a contar anécdotas de Fernandito, de Arturo Godoy, de Angel Firpo, de un boxeador que se había extraviado en París, en Estambul, en El Cairo, en algún otro lugar de este mundo. Algo así como un Fradique Mendes del boxeo. Fue un torrente de evocaciones, de situaciones divertidas y más o menos inverosímiles. Había un boxeador matarife, cuyo nombre, en la ausencia de Alfonso, no soy capaz de recordar, y que practicaba sus golpes contra una res sangrante colgada de un garfio. Era un escenario muy criollo, sacado de la profundidad de nuestros mataderos, pero a la vez tenía un aura sadomasoquista de Marcel Proust: señores y señoras de etiqueta que salían de un baile, de madrugada, y partían al mercado central a comer cazuelas de vaca y a oler la sangre fresca de las carnicerías.

Ahora, después de la muerte repentina de Alfonso Calderón, compruebo que la memoria chilena, la del siglo XX y la de épocas anteriores, comienza a mostrar carencias bastante difíciles de llenar. La memoria, que en apariencia importa poco, de alguna manera lo es todo: lenguaje, historia, recuerdos compartidos que forman parte de una identidad colectiva. No hay nada peor que un pueblo amnésico, y en cierta medida, en nuestra desaprensión, en nuestra barbarie modernizada, tendemos a serlo: descuidados, olvidadizos, desprovistos de atención y de respeto. Otro de los boxeadores de Teillier recordados por Calderón se peinaba con raya al medio y se preciaba de que después de una pelea a doce rounds nadie fuera capaz de despeinarlo. Tres hermanas bonitas estaban locas por él, y hasta la madre, que había sido atractiva en sus buenos tiempos, las acompañaba a verlo porque esperaba que “le tocara algo”. Ya ven ustedes: las historias de boxeo, que apasionaban a Ernest Hemingway y a Julio Cortázar, están llenas de posibilidades en la literatura. Para escribir hay que leer mucho, pero más bien conviene huir de lo libresco.

Alfonso Calderón sabía historias extraordinarias de los viejos políticos, de los antiguos poetas y escritores, de los cantantes y los héroes populares de antaño. Me he dedicado a leerlo en estos días y en estas noches, como homenaje personal y privado, y lo he pasado sumamente bien. Me he arrepentido, incluso, de no haberlo leído más cuando estaba vivo y de haber perdido así, debido a ese descuido nuestro tan nacional, la oportunidad única de comentar con él sus relatos. Pero así somos: creemos que hay tiempo para todo, y la verdad es que no hay tiempo para nada. Calderón cuenta historias notables de Eduardo Molina Ventura, el Chico Molina, poeta sin poemas, de Acario Cotapos, de Pablo Neruda y Vicente Huidobro, de muchos más. Se sirve de su experiencia directa, de sus conversaciones con los personajes y de lo que ha escuchado sobre ellos. Su prosa es un pozo de anécdotas, de nombres interesantes, de escenarios curiosos. No he dicho, a propósito, nombres célebres, porque no siempre se trata de eso. Este es un memorialismo que rescata a personajes olvidados, o que nunca fueron conocidos, y que los pone al mismo nivel de los famosos, con lo cual la escritura se acerca mucho a la ficción novelesca. Jorge Teillier, por ejemplo, le manda de regalo de sus tierras del sur a Eduardo Molina un frasco de miel de ulmo. Hay una relación enigmática, difícil de definir y a la vez evidente, entre la miel de ulmo y esa poesía del sur, de la frontera, que Teillier heredó, transformó y a la vez dejó en herencia. Calderón la explica en media página impecable. El Poeta Molina, por su lado, declara que ha dejado de leer un largo poema clásico de la India para volver a la poesía del autor de Para ángeles y gorriones. Desde luego, los gorriones tienen mucho que ver con esa miel de ulmo, y supongo que los ángeles también. En otro texto, Calderón retrata al inolvidable Acario Cotapos. Cuando traté con ingenuidad y buena fe, hace ya largos años, en París, de reconciliar al poeta Enrique Lihn con el poeta Pablo Neruda, topamos en Acario, y mi proyecto pacifista se fue al diablo. A Enrique, no sé por qué, no le gustaba Acario, y Neruda se convirtió en un Júpiter furioso, tonante. Ahora descubro que Alfonso Calderón describe en forma muy cómica, con notable precisión, los ruidos, los gorjeos, los trinos que inventaba Acario con su garganta. Parecía un órgano humano y ambulante, un órgano cómico. Había inventado, Acario, en sus años de preguerra en Madrid, la historia de un jabalí cornúpeto, e interpretaba los cuernos de caza, los ladridos de los perros, el galope de los caballos. Decía que un zepelín iba a sacar al jabalí de Madrid y depositarlo en la selva amazónica. Hasta que el animal, un buen día, en algún rincón de la meseta, fue rodeado y matado a punta de lanzazos. Neruda contaba que ese mismo día, el de la muerte del jabalí, se había producido la muerte en Granada de Federico García Lorca. Historia violenta y trágica. Memorias de la memoria.


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5 Comentarios publicados
Posteado por:
Wilberio Mardones
21/08/2009 14:23
[ N° 1 ]

Díscúlpeme señor Diez, pero el señor Edwards es el único panelista de La Segunda que viene del mundo de la cultura, el resto son todos operadores de alguna tendencia política o representantes de intereses corporativos (iglesia católica, grandes empresas, televisión, etc.). De modo que, francamente, los aportes en política contingente del señor Edwards están demás... Ahora, cierto, la politica es cosa de chacales y don Jorge es un animal menos dañino, qué sé yo, como un zorro, un grillo o un petirrojo.

Posteado por:
Juan Jose Diez Radovic
20/08/2009 17:33
[ N° 2 ]

Estimado Jorge.
Aporta mucho con sus comentarios politicos; ahora, la verdad, creo que los ciudadanos gozamos mas de sus cronicas, no porque los articulos politicos no aporten, sino por el contrario, porque aportan mucho mas de lo que pueden dar los mediocres potiticos que tenemos.
En todos sus escritos abunda la inteligencia y la mirada bondadosa.
Un abrazo viñamarino

Posteado por:
Fernando Osvaldo Castillo Sandoval
18/08/2009 19:09
[ N° 3 ]

Bién Wilberio!! Me gustó tu opinión tenemos que rescatar al Edwards para lo que sabe hacer mejor, en Chile falta líderes para cambiar las cosas y los paradigmas; el Edwards puede tranquilamente liderar esa mudanza; ya te imaginas con esa vida tan bien vivida y testimoniando tanto "tranco y barranco", rescatar lo mejor para mostrar el camino a los que lo están comenzando sen historia, sin ejemplos y con futuro asustador.
Salve! Salve! nosso Edwrds!!
Saudades: Fenandão Chileno!!

Posteado por:
Wilberio Mardones
18/08/2009 13:31
[ N° 4 ]

Excelente crónica, en la línea de nuestros grandes cronistas, de Edwards Bello a Enrique Bunster, de Alfonso Calderón a Enrique Lafourcade. Ojalá siga con textos de este tipo, Sr. Edwards, son un placer. Los análisis políticos suyos no aportan nada: no porque sean malos o incorrectos, sino porque ofrecen el mismo refrito de banalidades de cualquier plumario bienpensante del montón...

Posteado por:
orianan hernandez parraguez
16/08/2009 20:54
[ N° 5 ]


MUY INTERESANTE...ME ENCANTO TODOS DEBERIAMOS TENER MEMORIA EN ESTOS MOMENTO TODOS ANDAN APURADOS QIEN RECUERDA QIEN NADIE.
SOLO ESTAN PREOCUPADOS D POLITICOS INEPTOS. O CORRUPTOS ESTA DE MODA SER MANQEQE DARSE VUELTA CON CUALQIER ESCUSA.
HY TANTOS AUTORES Q UNO NI SABE Q EXISTEN TIENEN ANÉCDOTAS IMPORTANTES ...MUY BUENO ME GUSTO..

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