Señora Directora:
Acaba de aparecer en La Segunda un artículo de don Cristóbal Bellolio, que parte consignando su interés por ser “políticamente correcto”. Lo logra en los dos temas que aborda, la situación de Honduras y la asimilación que intenta establecer entre Pinochet y Chávez, esfuerzo vano y trivial este último, tolerable y hasta comprensible en la retórica de un político militante. Pero la situación del Sr. Bellolio no es la del político disputando votos en el ring de la “res pública”; bajo su firma, hace figurar su condición de catedrático en una prestigiosa universidad y nada menos que en la Escuela de Gobierno. Lo que uno espera de semejantes estudiosos es que se diferencien de quienes combaten en el ring.
Y sin embargo, en pos de ese pedestre objetivo “correcto”, vemos a todo un catedrático en el afán descabellado de asimilar a Chávez y Pinochet, es decir, al que quiere imponer un totalitarismo proletario en lugar de la “democracia liberal burguesa”, y al que restauró esa misma democracia tras extirpar el totalitarismo proletario que perseguía destruirla para reemplazarla ad eternum.
¿En qué funda Bellolio su ocurrencia? Por una parte, en este silencio de las metas y objetivos de cada uno, lo que equivale a explayarse frívola o sesudamente sobre los lápices, sin decir que son para escribir. Luego, esgrime el uso de una mera denominación común, de una palabra: argumenta la simpleza de que ambos presidentes han sido llamados “dictadores”. El mismo criterio permitiría fundar una simetría entre el legado de cualquier presidente con el de cualquier otro por haber sido llamados presidentes los dos, no importa que sean Roosevelt y Fujimori. Por último, sostiene que Pinochet como Chávez son la misma cosa porque en ambos hay el deseo de seguir en el poder. En este punto no pocos lectores llegan a la irritación: hasta el más indocumentado sabe que el gobierno de Pinochet siempre se planteó como un paréntesis restaurador, y que en cambio Chávez no sólo quiere seguir él en el poder, sino instaurar una ideología totalitaria que lo sobreviva y que, en nombre de los pobres, respalde la dictadura proletaria que será su legado, la nueva sociedad, hasta el fin de los tiempos.
Cristián Labbé G.