Edwards, Jorge
Me invitan a un debate de radio sobre el tema de la diversidad cultural. Es fácil decirlo, pero los problemas multiétnicos y multiculturales son los más complejos, espinudos, intrincados del mundo contemporáneo. Los invitados nos encontramos en puntos diferentes de la geografía: en mi caso, en Santiago de Chile, pero hay un intelectual francés de origen argelino que nos habla desde Sevilla, donde dicta un curso en la universidad, y un funcionario de Naciones Unidas encargado de América Latina que contesta desde Nueva York. Los organizadores nos dan tiempos de intervención limitados e introducen en el programa toda clase de entrevistas, canciones, elementos ilustrativos. Habla un parlamentario italiano de derecha y propone medidas drásticas, autoritarias, implacables, contra los inmigrantes ilegales. Después escuchamos la voz de Silvio Berlusconi en persona, embarcado en la misma línea represiva, de acentos francamente mussolinianos. Y responde, desde el interior de Sicilia, un escritor, Andrea Camillieri, que no vacila en utilizar el término de fascistas para condenar al Cavaliere y a sus incondicionales. La polémica, en buenas cuentas, queda planteada y no tendrá desperdicio. Ha ocurrido hace poco un hecho intercultural e interracial de importancia histórica, dice la moderadora del programa: la elección de un afroamericano a la presidencia del país más poderoso y de la primera economía del orbe. Pero el profesor Naír, desde su contrafuerte de Sevilla, no parece tan convencido. Obama, argumenta, viene del interior de Norteamérica y es un producto de ese mundo. El problema, al menos para Europa, es otro: saber si los europeos de hoy aceptarán un futuro multirracial, un paisaje humano completamente diferente del que dominaba hace pocas décadas, o si las tendencias excluyentes, visibles en el discurso del gobierno italiano y presentes en toda la Unión Europea, no predominarán y provocarán conflictos de una violencia imprevisible. Parece que la xenofobia es oficial en la Italia de hoy, pero no falta en España, en Francia, en Alemania. Nadie sabe si se podrá conseguir una verdadera integración en el interior de cada país.
Los reporteros radiales se dirigen entonces al barrio madrileño de Lavapiés, donde conviven, de hecho, españoles con senegaleses, guineanos, ecuatorianos, gente llegada de Corea del Sur o de Rumania. Escuchamos a diversos entrevistados y yo, por lo menos, llego a la conclusión siguiente: cuando gente de diferentes culturas, lenguas, religiones, convive en un barrio popular, da la impresión de que el conflicto no es tan grave, de que las relaciones humanas, las amistades, los amores, terminan por reorganizar todo el escenario. Un obrero mayor de edad declara que lo de antes, cuando sólo había castellanos, sevillanos, gallegos, estaba muy bien, pero que lo de ahora, para su gusto, con su variedad, con todas sus sorpresas, está mucho mejor. Y una dueña de un puesto de comida, gallega casada con un africano, dice que ella y su marido practican las relaciones interraciales a toda hora, de día y de noche. Las palabras de esta buena señora tienen un indudable matiz de picardía, y todos, desde nuestros estudios separados por océanos y continentes, nos reímos.
A lo largo del debate asoma el tema esencial de la identidad y la diferencia, el concepto del nosotros y el de los otros. ¿Cómo resolverlo? Uno habla de la necesidad de valores comunes y el otro del respeto al Estado de derecho. Estuve hace pocos días en el norte del Perú, en Chiclayo y Trujillo, en Lambayeque, en el Museo dedicado a los señores de Sipán, en las Huacas del Sol y de la Luna, en las excavaciones que empiezan a dejar en descubierto la fabulosa ciudad de Chan Chan. Cada piedra, cada orejera de oro, cada máscara, cada sonajero ritual, me hacía pensar en el encuentro de los conquistadores españoles con estos mundos portentosos y desconocidos. De cuando en cuando las vitrinas nos muestran un sombrero hispánico de comienzos del siglo XVI, unas sandalias de mercedario, unos crucifijos. Los muros que empiezan a surgir de las excavaciones dejan en descubierto portentosos bajorrelieves de colores con elementos naturales —olas, peces, cangrejos, animales—, pero también nos dan pruebas elocuentes de los sacrificios humanos. Los prisioneros no sólo están representados con las cuerdas que los llevan atados por el cuello en largas filas: también por sus cuerpos de intenso color rojo, teñidos por la sangre de los tormentos previos a la ejecución. Nos hacemos una pregunta simple y de fondo: si la religión que traían los conquistadores, más humana y, por eso mismo, más avanzada, más moderna, no fue uno de los grandes factores que facilitaron la conquista. En ese caso, los valores comunes indispensables de que nos hablaba el profesor Naír, ¿de dónde vienen? El encuentro de los españoles del Renacimiento con las civilizaciones precolombinas ya anunciaba algunos de los conflictos actuales. Los Chávez o los Morales se llenan la boca con la noción del “Imperio” y creen, a lo mejor de buena fe, que los abusos del imperialismo lo justifican todo. En el Canto General de Pablo Neruda, escrito en años de indigenismo y de antiimperialismo militante, hacia el final de toda la serie de poemas dedicada a la conquista, existe un poema esencial, que las interpretaciones politiqueras tienden a pasar por alto, como si el poeta lo hubiera escrito en forma gratuita, por mera distracción, y cuyo título es A pesar de la ira. Es un elogio de la lengua, de la gramática, de las matemáticas, del progreso científico, que nos trajo, pese a todo, la mente española renacentista. Ahí estaba el origen de todo un desarrollo civilizado, humanista, a pesar de sus claudicaciones y sus retrocesos, y parece que a nosotros, revolucionarios, republicanos, independentistas, nos cuesta entenderlo. Los habitantes del Perú precolombino tenían los quipus, admirables, eficaces, de gran belleza estética, pero los conquistadores trajeron los libros.
Estuve en el centro de Lima, a un costado del palacio de gobierno, en una casa solariega que pertenece desde el siglo XVI a la misma familia. Escuché la música de una fuente en el interior de un patio de madera noble y azulejos y tuve la sensación, precisamente, de encontrarme en el barrio sevillano de Santa Cruz. La convivencia de razas y culturas diferentes no ha sido fácil, desde luego. Bastaba salir a la calle en ese hervidero del centro limeño. En la Casa de Aliaga me mostraron el salón donde don Patricio Lynch, jefe de las tropas de ocupación de Lima, celebró los primeros encuentros con los representantes peruanos que condujeron más tarde a los acuerdos de paz. Digamos que la Historia es necesariamente lenta y que sus procesos, a veces difíciles de entender, son apasionantes. Pero estamos obligados a convivir. Y tenemos, dentro de la diversidad, de lo heterogéneo, de lo multirracial, valores comunes que nos permiten ser moderadamente optimistas. En la multitud heterogénea del barrio madrileño de Lavapiés y en la de las callejas y rincones que rodean a la Casa limeña y colonial de Aliaga, me siento perfectamente adaptado y tranquilo. Esto puedo asegurarlo y puedo recomendarlo, además, como estado de espíritu, a los otros.
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Posteado por: Francisco Javier Aguilera Moya 02/06/2009 14:20 [ N° 1 ] |
Se podra compreder, que la globalizacion no es una discucion actual o que es de reciente adaptacion en el mundo moderno. Esta clase de relaciones remontan desde mucho antes de la epoca de conquista, si se piensa, los conquistadores españoles tomaron control y se acentaron en los lugares donde radican los imperios antiguos que regian en el continente. Este proceso de expansion poblacional contemporanea, es secuela de ese proceso de dominio de esos años, muchos visionarios de esa epoca pregonaron lo que se discute actualmente. Los juicios que se emiten en materias de relaciones humanas, segun una perspectiva reduccionista debe comprender los valores de cada etnia y sus practicas de relacion, segun los procesos y desarrollos antes descritos, es lo que se impone en cada comunidad y lo que influencia identidades y estilos. |
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Posteado por: Wilberio Mardones 01/06/2009 15:45 [ N° 2 ] |
Lamento discrepar respecto a que “los problemas multiétnicos y multiculturales son los más complejos, espinudos, intrincados del mundo contemporáneo”, como afirma el señor Edwards. Normalmente la diversidad racial y cultural no es la causa de las situaciones catastróficas que se viven en la actualidad. Las religiones son más letales que los idiomas. La avidez del capital por su lucro cortoplacista es más destructora de la naturaleza, el patrimonio arquitectónico, el arte o la diversidad, que el color de la piel. La codicia personal y la injusticia social hacen correr más sangre que las formas de cantar. |
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Posteado por: ulrico schmidt weidmer 30/05/2009 08:59 [ N° 3 ] |
Europa, que ya los miraba mal, ahora los tolerará mucho menos. Es impensable que los acepten por una cuestión de principios humanitarios. Nosotros mismos en Sudamerica tenemos nuestros flujos migratorios y crean fricciones en épocas de desempleo alto. No es la migración de los conquistadores ésta, ni la de los colonizadores que vienen a ayudar a crear economías nuevas, sino la de gente que quiere colarse en economías ya establecidas y mucho mejores a las propias, usufructuando mejores servicios sociales, empleos, etc... Serán resistidos siempre. |
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Posteado por: juan eleuterio díaz núñez 29/05/2009 18:01 [ N° 4 ] |
MULTICULTURALISMO, ETNOCENTRISMO, Y ECOLOGIA SOCIAL. |