Parecía un plan perfecto. En un momento de crítico desgaste para la Concertación, la candidatura de Eduardo Frei apuntaba a maximizar opciones apelando a la votación histórica de la coalición, a esos grandes activos que son la popularidad de la actual Mandataria y el control del aparato gubernamental, y a un pacto con la izquierda extraparlamentaria que, junto con garantizar su respaldo en segunda vuelta, asegurara mayoría en la Cámara. Todo ello con un postulante que, si bien no despierta pasiones, garantiza seriedad y perseverancia. Tal vez el mayor de los daños que le ha provocado a la candidatura Frei la irrupción de Marco Enríquez-Ominami es precisamente el de torpedear (“hacer añicos”, según el ex diputado DC Tomás Jocelyn-Holt) tal diseño, al poner en duda sus supuestos, desde la capacidad de los partidos para disciplinar a sus huestes hasta la idea de plantear frente a la Alianza la dicotomía de la protección social versus un supuesto “capitalismo salvaje”. Enríquez-Ominami no sólo ha cambiado el eje de la discusión, instalando el foco en las demandas de renovación, sino que está desordenando al oficialismo. Tanto, como para haber llevado a Frei a dar en menos de una semana señales contradictorias, pasando de comprender el apoyo del senador Ominami a su hijo adoptivo a exigirle “tomar opciones”, y ahora —según algunas versiones— reconocerles a los partidos que dijo “una mala frase” y prometerles a éstos más influencia. La encuesta UDD-La Segunda, que publicamos hoy, traduce en números todos esos problemas que hoy afectan a la coalición oficialista: no logra remontar distancia con Sebastián Piñera (al contrario, la diferencia aumenta respecto de abril) y, peor aun, su intención de voto en segunda vuelta es estadísticamente la misma (e incluso puntualmente inferior) que la de Enríquez-Ominami. Ello significa que ambos están atrayendo al mismo electorado duro de la Concertación y que, contrariamente a las expectativas, Frei no muestra una ventaja particular en el balotaje. En rigor, sólo en primera vuelta el senador DC supera holgadamente al diputado, quien sin embargo aparece ganando una eventual nueva primaria. Por último, al momento de comparar atributos, Enríquez-Ominami supera a Frei en aquel más valorado hoy por los electores: representar cambio. La contradicción del samurái. Los dimes y diretes en torno a la situación de Carlos Ominami, como vicepresidente del PS (cargo al que estaría abierto a renunciar) y en cuanto candidato a la reelección, coparon la semana. El ha señalado explícitamente que votará por su hijo, ha llamado a la Concertación a buscar un entendimiento con él y no está dispuesto a abandonar su cupo oficialista, pese a su posición en el tema presidencial. Aunque en la coalición el criterio no es unánime (el senador PPD Girardi lo ha respaldado), se trata de una contradicción advertida incluso por figuras del socialismo, además de la DC. Partidos en la impotencia. Son pocas las armas de la directiva de Escalona para actuar frente a su senador. No es sólo que las medidas disciplinarias lo convertirían en víctima, sino que el parlamentario está bien posicionado en la V Región Cordillera (sus cercanos lograron un buen resultado municipal) y no se avizoran nombres para reemplazarlo. Poco duró la intención DC de levantar allí, como competencia a Ominami, a Patricio Walker o Marcelo Trivelli: ambos declinaron la oferta. Por otra parte, no es débil el argumento de que su situación sería exactamente la misma de los postulantes PC que irían en la lista de la Concertación, pese a apoyar a Jorge Arrate. Además, las amenazas de sanciones se relativizan al observar la historia, donde abundan casos de alcaldes —y aun de algún parlamentario— que, tras ir por fuera, fueron re-acogidos post elecciones. Pero, junto al caso de la V Cordillera, en otros lugares el efecto Enríquez-Ominami también complica al oficialismo, partiendo por la V Costa, donde Ricardo Lagos Weber es amenazado por el apoyo del díscolo a su competidor, Nelson Avila, quien ha dicho que el diputado es la única posibilidad de salvar a la Concertación. Un cuadro frente al cual la capacidad de maniobra de los partidos es escasa, y donde tal vez el único instrumento eficaz que va quedando es el poder disciplinador del aparato estatal. Pacto a medias. Indicativo de la compleja situación es el paso a segundo plano del avance del pacto Concertación-PC, que hoy parece menos determinante. Por una parte, las amenazas de candidaturas por fuera disminuirían su eficacia; por otra, para la segunda vuelta serían más relevantes los posibles votos de Enríquez-Ominami. Por último, el mismo pacto aún es parcial, pues el Partido Humanista exige un cupo que le garantice elegir a lo menos un diputado, y si no lo logra, podría acercarse a los otros outsiders. Las señales UDI. Las declaraciones de Pablo Longueira cuestionando las virtudes de la candidatura de Piñera para acercarse al mundo popular; su constante recuerdo de cómo en 2005 RN levantó a último momento precisamente al hoy abanderado de la Coalición por el Cambio, y su sugerencia de que en el próximo consejo general del gremialismo podría “saltar la liebre” generan atención al congreso doctrinario que hoy inicia la UDI. Ello, no obstante que el propio Longueira ha señalado que esta instancia no es el escenario para tratar candidaturas. El senador, además, no está siendo respaldado en sus críticas por el resto de la dirigencia. El Congreso UDI, sin embargo, puede tener otra arista. Y es que uno de los temas a discutir es la inspiración cristiana del partido. Cuando la izquierda oficialista exige a Frei, para apoyarlo, adoptar los postulados del progresismo, incluso en temas valóricos, la identificación gremialista con principios cristianos constituye una amenaza para el voto más tradicional de la DC y el freísmo.