Fernández, María de los Angeles
Directora Ejecutiva Fundación Chile 21
La conformación de los equipos de los más seguros candidatos a La Moneda no deja de ser preocupante. En ambas situaciones, la presencia femenina es irrisoria y, si de concesiones se trata, las hijas de los abanderados parecen tener el mejor derecho. En el caso de Piñera, es también un asunto de familia porque, a la hija, se suman su esposa como encargada de los temas de la mujer y, seguramente, su hermana. Muchos estarán pensando en nepotismo, pero además es revelador de dos fenómenos: la naturaleza de las élites políticas femeninas, para quienes el lazo consanguíneo con el padre o el esposo ha llegado a convertirse en el atributo esencial y, enseguida, y como derivación, el hecho de que la oligarquización se haga más evidente en este sector de nuestra dirigencia. Ya lo advirtió Clarisa Hardy en su estudio "Eliterazgo", destacando la importancia de las redes familiares y el papel del padre en la socialización política, así como la escasa renovación de dichos liderazgos, aunque hay indicios de que la competencia y los méritos serían hoy más considerados. Si bien no es ésta una característica chileno-insular, sí parece más contrastante porque el país es dirigido por una mujer que no sólo ha aprovechado su cargo para potenciar a más mujeres en roles de conducción política, sino que ha desarrollado un discurso que resalta la necesidad de una mayor incorporación femenina. En alguna ocasión, la misma Presidenta afirmó, quizás un tanto confiada en que la decisión paritaria se convertiría en un punto de no retorno, que resultaba difícil que quien la sucediera pusiera menos mujeres en el gabinete.
Concedamos, en todo caso, que éste no es un buen síntoma, tal