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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 20 de Febrero de 2009
El seco de cordero

El exabrupto de Fidel Castro, con motivo de su conversación con Michelle Bachelet, me llevó a meditar una vez más sobre el tema de fondo. Fidel escogió un punto estratégico, que podía causarnos conflictos e incomodidades, y fue derecho al grano, sin la menor simpatía por el gobierno nuestro y sin la más mínima consideración con su interlocutora. Esto de la actitud del Comandante frente a la historia chilena de las últimas décadas daría tema para un ensayo. A lo mejor trato de escribirlo algún día, y la palabra “ensayo” justifica el uso del verbo tratar. Pero voy ahora a otro asunto. Cada vez que se toca algún punto sensible de nuestras relaciones internacionales, y sobre todo cuando se trata de los países vecinos, nos envolvemos de inmediato en la bandera e invocamos el derecho, los tratados y los decretos supremos, los textos sagrados. Tenemos la razón siempre, no lo discuto, pero nos olvidamos casi siempre de un matiz importante, de un elemento añadido, imponderable: la amistad efectiva, el consenso internacional, la estabilidad real de nuestras fronteras. Por ejemplo, las guerras territoriales europeas son bastante más recientes que nuestra Guerra del Pacífico, pero es completamente inconcebible que la Alemania de Ángela Merkel ataque a la Francia de Sarkozy por una cuestión de kilómetros cuadrados de territorio. Así como es inconcebible que Francia, por iguales motivos, ataque a España o Italia. Nosotros somos los países jóvenes, el Nuevo Mundo, pero a cada rato, en las circunstancias más inesperadas, se produce o queda en evidencia una paradoja curiosa: el Viejo Mundo, con su admirable proceso de integración y de unificación, se encuentra sólidamente instalado en el siglo XXI, mientras que nosotros, los supuestos jóvenes, nunca terminamos de enredarnos en problemas y concepciones que pertenecen de lleno al siglo XIX. Hasta nuestras revoluciones son anticuadas, anacronismos históricos e ideológicos, y eso explica en buena parte la personalidad de Fidel Castro. Su lucha contra la reforma interna, contra todo intento de adaptarse a los nuevos tiempos, no es más que una defensa numantina del pasado y de sus rigideces.

He escuchado, para citar un caso, a políticos serios, no del todo reaccionarios, inteligentes, desarrollar argumentos sofisticados, variados, para llegar a la conclusión de que todo entendimiento real y definitivo con Bolivia es imposible. Parecen catones de la patria, senadores romanos equivocados de época, y debo confesar que no me convencen. En las condiciones del siglo XXI, en el contexto internacional de hoy, tiene que existir la posibilidad de un arreglo inteligente, imaginativo, satisfactorio para ambas partes, que lleve a una liquidación definitiva de la vieja cuestión boliviana. Es que no hay cuestión boliviana, responden los catones criollos: todo eso ya fue resuelto en los correspondientes tratados. ¿Y por qué, entonces, cuando Fidel sale con una de sus pachotadas habituales, se ponen tan nerviosos? Chile ha manejado muy bien hasta ahora su crisis económica y podría encaminarse al futuro, con el gobierno que sea, en condiciones inmejorables. Pero tiene que elaborar una política internacional inteligente, con una visión amplia y de largo plazo, y esto es válido para todas las candidaturas que empiezan a formarse en estos días. Es una asignatura pendiente a nivel nacional, más allá de partidos y coaliciones. En el mundo globalizado de hoy, nadie se salva solo. Si salimos de la crisis económica con finanzas ordenadas, con un buen nivel de inversiones extranjeras, no está mal. Pero tenemos que salir también con un panorama internacional estable, pacífico, seguro para nosotros. Esto obliga a crear muy buenas relaciones con el Perú y con Bolivia, sin olvidarnos de Argentina y Brasil, del Uruguay y Colombia, de un largo etcétera. El precio del dólar es importante, y la UF, y la inflación, y los porcentajes del PIB, pero no son todo. Vivimos en un contexto regional lleno de fuerzas contradictorias y no nos conviene nadar a contracorriente. Si conseguimos crear una situación internacional favorable, tranquila, los exabruptos de Fidel Castro, de Hugo Chávez, del que sea, no nos harán ninguna mella.

Cuando escribo estas líneas, leo en la prensa que el alcalde Zalaquett ha llegado a un entendimiento con la representante peruana de las cocinerías que funcionan en los alrededores de la Catedral de Santiago. Es un tema menor, si ustedes quieren, pero a mí me demuestra que la diplomacia también tiene sentido a niveles menores, locales. No he visto en mi vida a la dirigenta Vilma Guadalupe ni al alcalde Pablo Zalaquett, e ignoro todo sobre el problema y el arreglo provisional al que han llegado, pero me gusta que salgan fotografiados en el diario con una sonrisa. Es una demostración mínima, pero muy efectiva, de que siempre existe la posibilidad de entenderse. También he observado con atención, con gran simpatía, incluso con emoción, el hecho de que una médico ecuatoriana de Papudo haya contribuido a salvar a la hija de mis amigos Consuelo Saavedra y Andrés Velasco. Son expresiones de vida real, fuerte, tangible, de relaciones humanas que se imponen sobre las diferencias, los recelos, los nacionalismos. Hace poco se habló mal de los médicos ecuatorianos en Chile, y aquí hay un detalle que los reivindica plenamente. También se habla mal, a menudo, de los peruanos que se instalan en los alrededores de la Plaza de Armas. Pues bien, doña Vilma Guadalupe me ha recordado, incluso por su aspecto físico, a un personaje extraordinario de mi vida con mi familia en Lima a lo largo del año 1970. Fui consejero de la embajada chilena, en la época en que el arquitecto Sergio Larraín García Moreno era embajador, y nuestra cocinera y encargada de la casa se llamaba Margarita Chávez y venía de la ciudad norteña de Trujillo. Mi familia se acordó siempre y se acuerda hasta hoy de la incomparable Margarita, que enfocaba todos los problemas con una sonrisa y con soluciones impecables, incluyendo entre esos problemas el paso de Pablo Neruda y de Matilde Urrutia por nuestra casa después del terremoto de abril de ese año en la región de Yungay y del Callejón de Huaylas. El asedio de los periodistas, de los amigos, de personajes políticos de diferentes tendencias, agregados a los desafíos gastronómicos de mi casa de la calle Las Palmeras, fueron mayores, pero Margarita Chávez no se ahogaba en una gota de agua. En uno de sus libros, Luis Alberto Sánchez evocó el maravilloso seco de cordero que había comido en nuestra mesa en compañía de Pablo Neruda, de Matilde y de otros amigos. Ya pueden imaginarse ustedes quién fue la autora de aquel seco inolvidable y que ingresó a la literatura. Llego, por mi parte, a una conclusión adicional. La diplomacia tiene que hacerse con inteligencia y conocimiento, con tratados, declaraciones, minutas, juristas y toda la parafernalia imaginable, pero hay que condimentarla con dos ingredientes imponderables: el humor y, además del humor, el afecto. A veces tengo la impresión de que nos hemos olvidado, aquí en Chile, de estos dos elementos esenciales, pero no pierdo el optimismo para el futuro.


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2 Comentarios publicados
Posteado por:
pilar araya toled
21/02/2009 23:44
[ N° 1 ]

Sr. Edwards una vez mas poniendo a Fidel Castro como pretexto de analisis de nuestros problemas, no me parece justo. Ud. a escrito columnas tras columnas discrepando de las politicas gubernamentales cubanas y nadie le dice nada.
Pero cuando Fidel da una opinion todos se vuleven histericos , algunos lo llaman "exabruptos".

Con todo respeto me parece una inconcecuencia de su parte teniendo en cuenta todas las columnas que a dedicado frente a la situacion de Cuba y en general medio chile a dado su opinion respecto al sistema cubano , muchas veces sin respeto, pero ahora fidel no tiene derecho a dar una opinion sobre chile.

Atte
pilar araya

Posteado por:
ulrico schmidt weidmer
21/02/2009 12:48
[ N° 2 ]

El comentario es acertadísimo!. Y por cierto en la propia Sudamerica se encuentra el buen ejemplo: el conflicto más largo jamás registrado en el subcontinente es la puja hispano-portuguesa que empezó con una batalla de flechas y arcabuces entre río y selva (Mborore, 1641) y termina con la muerte del Mariscal López en Cerro Corá en la década de 1860. Un cuarto de milenio de guerras con nombres raros: Guerras Guaraníticas, Guerra de las Naranjas, Invasión Luso-Brasilera, Guerra del Brasil, Guerra de los Farrapos, Guerra Grande, Guerra del Paraguay. Esta última es la mas sangrienta en las Américas tras la guerra de secesión norteamericana e implicó la desaparición de casi toda la población masculina del Paraguay.
Pero ahora los cuatro protagonistas de ese conflicto, a saber: el Brasil, el Paraguay, Uruguay y la Argentina gozan de larga y aquilatada paz y conforman el Mercosur.

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