Edwards, Jorge
Si escribo todo el tiempo sobre la Concertación y la Alianza, sobre Fidel Castro, Chávez y Lula, sobre Barack Obama y Vladimir Putin, sobre Eduardo Frei y Sebastián Piñera, siento que el horizonte, el paisaje mental, empieza a reducirse. No creo que esto sea una forma de arrogancia intelectual; es, más bien, una falta de vocación, un tipo de sensibilidad que no se satisface en forma completa con los temas de la política real y de sus actores. Me escapo cada vez que puedo a otras lecturas, otras épocas, incluso a culturas ajenas y que no tengo la menor posibilidad de conocer a fondo. Leo, por ejemplo, el último libro de Julian Barnes, cuyo título, en traducción mía, es Nada de qué asustarse, y tengo en mi velador, en espera, la nueva novela de Carla Guelfenbein y una colección de relatos y novelas breves de Dostoievski. Releí en un par de madrugadas de insomnio (
Leo en seguida sobre la existencia de un libro póstumo, hecho de páginas de diario y de notas inéditas, de Susan Sontag, y entro en acción hasta conseguir un ejemplar. Me digo a veces que si los libros de este mundo estuvieran en las librerías, a la vuelta de la esquina, la curiosidad, la intensidad de la lectura, la fascinación, probablemente serían menores. El libro fue editado en Nueva York por David Rieff, hijo de la escritora, y autor, él mismo, de ensayos y reportajes políticos de notable calidad, con un título que él sacó del texto, Reborn (Nacida de nuevo). El prólogo de Rieff a la recopilación de anotaciones personales de su madre ya es fuera de serie, atrevido y conmovedor. Confiesa que decidió hacer él la edición antes de que la hiciera otro, y reconoce que hay cosas en estos diarios y libros de apuntes que son “una fuente de dolor” para él, y muchas que habría preferido no conocer y no dar a conocer a otros. Sin embargo, no conocerlas habría significado no conocer de verdad, en todas sus debilidades y sus grandezas, a la autora, que llegó a ser, al final de su recorrido, uno de los grandes personajes y uno de los mitos intelectuales femeninos de la literatura del siglo XX.
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Los primeros apuntes de Susan Sontag son de 1947, cuando ella sólo había cumplido los catorce años de edad. Por asombroso que parezca, la Susan Sontag de esos días, con bastante ingenuidad, con un tono más o menos solemne, con una conciencia clara de su talento, de su originalidad como personaje, es, a pesar de todo, la misma de sus ensayos célebres de madurez, la de Contra la interpretación o de La enfermedad y sus metáforas. En su primera entrada, de noviembre del 47, la escritora adolescente enumera su ideario esencial: a) no hay un dios personal ni vida después de la muerte; b) lo más deseable del mundo es la libertad para ser fiel consigo mismo, equivalente a honestidad; c) la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia… A los quince años de edad, después de haber leído a Kafka, a Thomas Mann, a André Gide, se propone una lista de libros de lectura urgente: William Faulkner, Sherwood Anderson, Dostoievski, Joris Karl Huysmans, entre muchísimos otros. De paso, anuncia que leerá poemas de Dante, Ariosto, Tasso, Heine, Pushkin, Rimbaud, Verlaine, Apollinaire, y obras de teatro de Synge, O’Neill, Calderón, Bernard Shaw… Su hijo y editor comenta que la lista continúa durante cinco páginas y abarca más de cien títulos. Habría sido interesante que la publicara completa. Habría sido, quizá, uno de los programas de lectura más célebres de nuestro tiempo.
En 1949, en la Universidad de California, en Berkeley, entra en un ritmo desaforado de farra, de alcohol, de droga, de amores lesbianos, de trasnochadas en lugares peligrosos. Escribe: estoy enamorada de estar enamorada. Sufre de mala conciencia, se cree anormal, más anormal de lo que nos parece a nosotros, sus lectores después de más de medio siglo, y no abandona sus feroces atracones de literatura clásica, de música, de filosofía, de museos y exposiciones. Su vida es intensa, desbocada. A cada rato da la impresión de que no tiene tiempo de redactar frases normales, dotadas de sujeto y predicado. Sólo anota, enumera, exclama. “Dios, escribe esta no creyente de dieciséis años de edad: ¡vivir es enorme!”. Parece que renace con cada nueva experiencia, y eso explica el título que le puso David Rieff a la recopilación.
Susan Sontag comienza a leer y escribir en los años de Sartre, de Heidegger, de Albert Camus. Asiste a una primera y magnífica versión de Muerte de un vendedor, de Arthur Miller, y después, en su diario, ordena una lista de obras musicales. Encabeza esta lista uno de los conciertos para piano de Dimitri Shostakovich. Deja después un espacio en blanco. “¡Sexo con música, exclama, qué intelectual!”.
Es una época que conocimos en
¿Qué entendería Sontag por un acento prominente? En todo caso, a pesar de su insolencia juvenil, quedó impresionada. Y las cosas que le dijo Mann darían para un ensayo. Al maestro le costaba apreciar la belleza
Cuando consignaba estas cosas en su diario de vida, Susan Sontag todavía no cumplía los 17 años de edad. ¡Qué tiempos, diríamos nosotros, qué mundos, qué niñita!
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Posteado por: CARLOS OSORIO 09/02/2009 17:00 [ N° 1 ] |
CUANDO ALGUIEN COMO UD.HACE LO QUE LE GUSTA..ESA ACTIVIDAD SE TRANSFORMA EN VICIO Y TODO LO AJENO A ELLA NOS PARECE DE OTRO MUNDO,DE POCA INTELECTUALIDAD Y QUE CAEN LA LA MEDRIOCRIDAD DEL RECHAZO AUTOMATICO.- |
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Posteado por: gricel 09/02/2009 11:39 [ N° 2 ] |
¡qué niñita! dice usted. ¡qué talento y genio! digo yo. Es la genialidad que la escogió. No hay más. |
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Posteado por: DIEGO URRUTIA 07/02/2009 14:49 [ N° 3 ] |
¿Que habría dicho Susan Sontag del jefe de vialidad de Colina que ha vendio a talar el único bosque que existe en el desierto de Lampa y que ha plantado con gran esfuerzo y sacrifico este poeta de Lampa?. |
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Posteado por: lemus 07/02/2009 00:01 [ N° 4 ] |
También hay que sacar a bailar a la fea, una alusión de nuestro simpático y buen histriónico Don Carlos Larraín cuando se le preguntó por un cordial o teatrero acercamiento hace un tiempo en una reunión politiquera con representantes del Partido Comunista por desgracia único en chile por obra y gracia de don sata y ya extinguido en el mundo por obra y gracia del espíritu santo. Pero es él baile, es lá cueca, y uná sola pata para el que que dirán. De ahí que seguir con la tonadita de mencionar a los compañeros revolucionarios del caribe, puede tildarse de fanatismo, en todo caso la explicación del porqué es valedera, aunque habría que quitar de esa lista al Sr. Obama y por condescendencia a Don Sebastián, quienes obviamente no admiten comparación con ninguno de los otros especímenes mencionados. |