Cartas
Miércoles 19 de Noviembre de 2008
Violencia y espacios urbanos
Señora Directora:
Hace unos meses, al analizar los hechos de violencia del último 11 de septiembre, Carlos Peña relacionaba las motivaciones de quienes participaron en éstos con la impotencia y desencanto que ha dejado el proceso de modernización de las dos últimas décadas, excluyente y carente de modos de “integración simbólica” y representación. El descontento con las instituciones y la sociedad moderna, sin embargo, no explica el nivel de agresividad y violencia de otros hechos, como lo ocurrido en San Bernardo a raíz de un portón. El enemigo ahí no era el Estado. La agresión era hacia los propios vecinos.
Las explicaciones acerca de los procesos sociales tienden a incorporar aspectos socioeconómicos, institucionales y políticos, ignorando el espacio mismo donde estas interacciones ocurren.
Numerosas investigaciones en geografía, psicología social y sociología incorporan el estudio del espacio como un elemento indispensable en la comprensión de los procesos sociales. El espacio sería no sólo el recipiente donde surgen y ocurren nuestras interacciones, sino aquel donde creamos comunidad, donde asignamos significado a nuestra experiencia y construimos nuestras identidades colectivas. El grado de valoración y significación que le demos a esta experiencia determina, a su vez, el nivel de cohesión social, sentimientos de comunidad y los sentimientos de pertenencia con ese contexto.
La creación de viviendas homogéneas, sin identidad, sin áreas verdes ni lugares de recreación, es consecuencia de políticas que ignoran la importancia e interdependencia de nuestro espacio físico con nuestra salud mental.
De hecho, investigadores como Rodríguez y Sugranyez (2005) demuestran las ineficiencias de las políticas de vivienda social para sus habitantes. Aun cuando las políticas han tenido resultados en términos de la cantidad de viviendas construidas, éstas se encuentran lejos de garantizar una calidad de vida satisfactoria. Los estudios muestran que hoy en día el problema es de los “con techo” y no de los “sin techo”. Las conclusiones muestran una alta insatisfacción con las viviendas, sentimientos de exclusión e inseguridad, individualismo, violencia, falta de integración social y escaso interés por desarrollar actividades de bien común.
Para crear diálogo e interacciones sanas y solidarias entre las personas, debemos generar espacios que permitan este tipo de interacciones. Espacios de calidad, con áreas verdes y de recreación, amigables, que permitan a las personas una vida con dignidad. Espacios con los cuales las personas se puedan identificar, quieran quedarse y cuidar.
Quizá si se incorporan otras maneras de considerar el espacio, los vecinos no requieran de portones ni rejas para protegerse. Quizá así podríamos constituir comunidades más equitativas y solidarias.
Ana Rosenbluth
Escuela de Psicología
Universidad Adolfo Ibáñez
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