Editorial
Jueves 09 de Octubre de 2008
Desempleo, el impacto que duele
La encuesta de confianza entre los consumidores, difundida hoy por la Cámara de Comercio de Santiago, advierte sobre el principal temor que los efectos de la actual crisis financiera mundial generan en el ciudadano común: la preocupación de perder su trabajo, señalada por un 20% de los consultados. En las últimas semanas, los chilenos hemos sido bombardeados por informaciones respecto de la turbulencia internacional, pero las recurrentes imágenes de operadores estresados y la profusión de números dando cuenta de caídas bursátiles o de bajas en el valor patrimonial de los grandes grupos económicos no agotan el tema. Más allá de la abstracción de las cifras, el hecho es que esta crisis —de acuerdo a todas las proyecciones— tendrá importantes efectos en la economía real.
Todas las proyecciones hablan de una desaceleración del crecimiento mundial durante 2009 (el FMI lo calcula en 3%, el índice más bajo en siete años), y en el caso de Chile, la mayoría de los analistas lo sitúan por debajo del 4% (la encuesta de expectativas del Banco Central habla de un 3,5%). De nuevo, esos números macro tienen efectos muy concretos, y entre ellos una caída en el empleo es lamentablemente esperable, como natural consecuencia de los problemas que empiezan a experimentar distintos sectores. Informaciones conocidas en estos días dan razones para preocuparse: desde las postergaciones de proyectos por parte de los grandes grupos, hasta las crecientes dificultades para acceder al crédito que reclaman las pymes, principales generadoras de trabajo en el país. A ello se añade que aunque hasta ahora la economía chilena viene mostrando una importante capacidad de crear empleos, ésta no ha sido suficiente para absorber el crecimiento de la fuerza de trabajo.
Teniendo claro lo anterior, se hace evidente la necesidad de un especial cuidado en las medidas que se adopten. La experiencia de la crisis asiática —de cuyos efectos en el empleo Chile demoró una década en recuperarse— no debe quedar en el olvido, en la idea de no repetir los errores de entonces, cuando una política fiscal discutible y un alza de tasas excesiva acentuaron el impacto en nuestro país del problema mundial. Esta vez, las autoridades parecen mostrar una mejor actitud frente al tema, y el mismo hecho de que el Gobierno evidencie un mayor compromiso con la contención del gasto da a su vez margen al manejo del Banco Central. De hecho, la mayoría de los analistas (como lo atestigua una encuesta Bloomberg entre 26 economistas, de Washington a Santiago) plantean que este último no debiera hoy subir su tasa de política monetaria. Esto, porque la desaceleración internacional debiera reducir las presiones inflacionarias; además, ya los bancos comerciales han aumentado sus tasas de interés, por lo que el incremento de la TPM sería redundante y hasta podría generar mayores problemas de liquidez y acentuar el impacto de la crisis en nuestra economía. Se trata, con todo, de una decisión que no es sencilla, y así lo hacen ver las voces disidentes: el IPC de septiembre (1.1%) dejó claro que la batalla contra la inflación está lejos de haberse ganado, y la recuperación del dólar hace sentir allí sus efectos.
Del dilema que hay aquí también da cuenta, en otros términos, la misma encuesta a los consumidores conocida hoy: inmediatamente después del desempleo, su segundo gran temor son las alzas de precios generalizadas, otra forma en que las turbulencias económicas macro terminan directamente afectando —a veces de modo dramático— la vida cotidiana.
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