Edwards, Jorge
Vine por primera vez a una universidad norteamericana en el remoto mes de septiembre
En Princeton me sorprendieron las ardillas, la belleza del campus, las chicas en bermudas, los maravillosos subterráneos de la biblioteca. Uno entraba con una credencial, se instalaba en alguna oficina, entre estudiantes que colocaban los pies encima de la mesa y que lanzaban toda suerte de ruidos guturales, y buscaba los libros a su gusto por los laberintos de las estanterías. Fue el año en que leí más en mi vida, sin la menor duda, y describrir los pormenores de esas lecturas, los descubrimientos, los encuentros y desencuentros, sería largo. Sólo sé que en la biblioteca, durante las pausas, escribí un par de poemas, y que en la casa, en un escritorio formado por dos cajones y una puerta vieja atravesada, comencé los cuentos de mi segundo libro, Gente de la ciudad. El campus estaba lleno de historias de Albert Einstein, de Thomas Mann, de William Faulkner, de Scott Fitzgerald y la escandalosa Zelda Fitzgerald, que habían residido en épocas anteriores y dejado sus huellas. En compañía de un amigo anglomarroquí y de un canadiense, íbamos a visitar a un anciano y sabio profesor, historiador de la cultura, que había sido amigo de Einstein. Era un personaje excéntrico, de voz aguda, lleno de salidas extravagantes, y mi amigo canadiense, John Malcolm, de quien no tengo noticias desde hace décadas, le hacía bromas que me dejaban asombrado por su insolencia, por su desparpajo. Pero el viejo dueño de casa ya estaba acostumbrado y hasta parecía divertirse con la irreverencia de John Malcolm.
Después de mi permanencia de un año en Princeton como estudiante, regresé muchos años más tarde, como profesor invitado, a diversas universidades de los Estados Unidos. Ahora llego a la de Chicago por segunda vez y me reencuentro con muchas cosas: con los edificios neogóticos, las familiares ardillas, el pequeño café del departamento de lenguas clásicas, donde una chimenea monumental, labrada con figuras mitológicas, permanece encendida todo el invierno, detalle que en el clima de esta región del Lago Michigan se agradece mucho, y, aparte de los reencuentros, con muy profundos cambios. El cambio más notorio es la creciente complicación de los trámites, de los requisitos previos, de los papeleos de todo orden. En Santiago, durante el proceso abrumador de conseguir la visa, una voz femenina, de acento argentino, me advirtió que tendría que presentarle al cónsul mis certificados de notas. ¿Qué certificados de notas? Hace alrededor de cincuenta años que ya no me ponen notas. Pero la voz del otro lado del teléfono era impertérrita, impermeable, estólida. Tenía que llevar las notas. ¿Para qué? Para demostrar que tenía los merecimientos necesarios para ser invitado a enseñar en The University of Chicago. Y la carta de invitación de la decana de la Dirección de Humanidades, ¿no bastaba? A la voz argentina del otro lado de la línea no le entraban balas. No, señor, respondía, no basta. En otras palabras, nada bastaba, y yo empezaba a sentir que me había equivocado, que había cometido un error fundamental, una equivocación que podía apresurar mi bajada a la tumba.
En Chicago, en el barrio universitario de Hyde Park, donde residí hace alrededor de quince años, me he pasado ya casi una semana entera llenando formularios, pidiendo y escribiendo cartas, visitando con mi computador portátil al hombro la oficina de computación de Humanidades. Reconozco que la gente, con raras excepciones, es amable, pero las máquinas, los sistemas y los subsistemas, no lo son en absoluto. Uno se pierde en la red y queda enteramente bloqueado, fenómeno que nunca me ha sucedido en Madrid, en Francia, en Alemania. ¿A qué se deberá? Tengo la impresión personal, quizá equivocada, de que la obsesión norteamericana de la seguridad, unida a la desconfianza frente al mundo exterior, a la necesidad de evitar la evasión de impuestos, a otras variadas y a veces desconocidas presiones, han terminado por enredar las cosas más de la cuenta. Hubo momentos en que sentí el deseo vivo de hacer mis maletas, tomar un taxi para el aeropuerto y despedirme de todo, costara lo que costara. Había dicho que sí en forma precipitada, mi persistente ingenuidad me había traicionado una vez más, y lo mejor era pagar por mi error de una vez por todas y despedirme. Ahora bien, de regreso de un viaje al fantasmagórico centro de Chicago en el atardecer, bajo un viento gélido que ya anunciaba el invierno, me encontré en una maravillosa tienda de libros y de discos. Después me asomé a una boutique de vinos donde había hileras largas dedicadas a Francia, Australia, Sudáfrica, Argentina, Alemania, España, Chile, y sentí que debía dominar mi irascibilidad. ¿No me estaría poniendo demasiado viejo? En la noche me invitaron a escuchar el sábado próximo una sinfonía de Dimitri Shostakovitch y a cenar a la orilla del lago. Parecía, por un momento, que las tramitaciones de la instalación no pasaban de ser una pesadilla pasajera. Pero hoy quise llamar a un banco donde conservé una cuenta anterior y donde quedaron algunos fondos en dólares. Después de interminables llamados, de corta y larga distancia, pareció que había llegado a un punto donde todo se abriría, donde escucharía, por fin, una voz humana. Y una voz grabada me dijo: Ahora tiene que marcar su código de acceso telefónico. ¿Qué código de acceso telefónico? Ahí naufragaron mis esfuerzos angustiosos de la mitad de una mañana. Ahí quedaron entrampados mis fondos, probablemente hasta el día del Juicio Final. Y quedé en la trampa yo mismo, para citar a mi fallecido amigo Claudio Giaconi. Porque se hace difícil, endiabladamente difícil, concentrarse en la lectura y en la escritura en medio de todas estas exigencias. Y de repente pienso que en esta crisis financiera monstruosa, que un día parece que se va a desenredar y que en seguida se enreda un poco más, toda esta complicación innecesaria, ramificada, burlesca, de la vida norteamericana de hoy, tiene algo de parte. Quizá fue su caldo de cultivo. Porque en el país que conocí en 1958 había un buen sentido, además de un sentido del humor, y una especie de sencillez esencial, acompañada de una inteligencia clara, no pretenciosa. Uno se encontraba con eso, con ese aire intelectual, por decirlo de algún modo, en las aulas universitarias, en el cine, en el jazz, en el debate político. Me pregunto ahora si esas antiguas virtudes no se habrán perdido en algún recodo del camino. Pero llegará el sábado, escucharé una magnífica interpretación de una de las sinfonías de Dimitri Shostakovitch, y a lo mejor miraré las cosas de este complicado país, de esta isla desmesurada, de otra manera.
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Posteado por: gricel. 09/02/2009 11:32 [ N° 1 ] |
Llegué a su columna por Zelda. Buscaba algo sobre ella. Qué suerte la suya, con su talento poder acceder a estos lugares. Qué más da el trámite y las pérdidas de tiempo, si a cambio pudo escuchar su sinfonía y disfrutar del país de los países. Aunque a muchos les pese, Norteamérica sigue siendo AMERICA. Y muchos quisiéramos perder un poco de tiempo en trámites burocráticos si a cambio podemos disfrutar de un país que no ha perdido sus virtudes, sólo ocurre que están invadiéndolo demasiadas razas y culturas foráneas, por eso están aprensivos. Y yo los entiendo. |
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Posteado por: Eduardo Silva 09/10/2008 20:44 [ N° 2 ] |
Sr, Edwards. Deduzco de su prodigiosa prosa, que Ud. nos señala que entro al servicio publico por concueso. que bueno saberlo, sin embargo una reflexion lo hace como critica de lo que ocurre hoy en dia o para dejar sentado que Ud. no recibio favores algunos al inicio de su carrera. sin embargo como todo intelectual que se precia en este Paìs. siempre el financiamiento es Publico, Lease del herario Nacional. Ese tan esquivo para personas prosaicas de escaso nivel intelectual y que no destacan... Claro donde estan la igualdad de oportunidades. siempre guardadas para una platica o una muletilla. Respecto a lo sufrido por Ud. en tierras lejanas Le ocurre constantemente a los ciudadanos chilenos dentro de su proipio País. tan poco igualitario No lo Cree¡¡ |
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Posteado por: Felicinda Bravo 09/10/2008 14:23 [ N° 3 ] |
El Sr. Edwards nos muestra aqui un EEUU culto, refinado, humano al cual la mayoria de los chilenos tenemos un acceso solo marginal.Aqui conocemos mas el Kentucky Fried Chicken, los MacDonalds, las peliculas de Sylvester Stallone, las series de TV de baja estofa transmitidas abyectamente por Chile Vision y Mega...Poco sabemos de Peggy Gugenheim , de Gloria van der Bilt, del Smithsonian,de la fantastica creatividad en arte contemporaneo de N York, de los temas que se debaten en los campus universitarios norteamericanos... quizas los lugares mas parecidos al Olimpo que existen en nuestro planeta...EEUU tiene una politica cultural muy diferente a la de Francia, que potencia la difusion y tiene una politica de Estado constante y permanente sobre la materia.Yo creo que los EEUU se habrian ahorrado no pocos problemas de imagen y hasta politicos si no hubiera abandonado la cultura y su difusion casi exclusivamente al sector privado... |
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Posteado por: CRISTIAN 06/10/2008 16:38 [ N° 4 ] |
Es la crisis terminal del sueño americano. |
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Posteado por: petrakios 06/10/2008 14:47 [ N° 5 ] |
Solitos, solitos, nos fuimos entusiasmando con la tecnología que ahora parece ser mas de ella misma que de nosotros. El tema es casi parecido al negocio de barrio reemplazado por el supermercado. Eficiente y eficaz (sobre todo para sus dueños), pero nos privó de la conversación y el compartir con el dependiente, casi siempre el propio dueño. Esa sensacion de barrio y de pertenencia, el poder pedir fiado porque dejamos la billetera en casa, conversar trivialidades y sentirnos humanos y cercanos. |
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Posteado por: DEMOCRÁTICUS 06/10/2008 13:37 [ N° 6 ] |
Estimado señor Edwards:
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Posteado por: Jaime Cáceres 06/10/2008 11:55 [ N° 7 ] |
Puchas, que quiere que le diga.
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Posteado por: Barón Rojo 05/10/2008 03:45 [ N° 8 ] |
Y ahora, quién podrá defendernos??? |
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Posteado por: Alejandro Fuica 04/10/2008 17:42 [ N° 9 ] |
Estimado Sr. Edwards: Debo confesarle que al leer sus comentarios tuve la tentación de citar algo de Kafka, Orwel y Cía, pero sólo tuve energías para comentarle lo siguiente: no hay peor dictadura que la dictadura impersonal de la burocracia, pues allí nadie es responsable de nada. Y esto enfrentan todos los mortales de este planeta todos los santos días de su existencia. Bienvenido al mundo. Atentamente, Alejandro Fuica |
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Posteado por: Patricio 04/10/2008 13:18 [ N° 10 ] |
Ud.lo sabe; es como los mosqueteros y sus veinte años despues.No cree que la vida es cambio y movimiento ? El pais en cuestión está rebalsado de problemas, y Ud. como dice ingenuamente, le va a crear uno mas con su asistencia. Ir a rememorar a estas alturas es casi como ser parte de la generacion perdida, que Ud. recuerda en su columna.Los año si pasan...y pasan de verdad, es uno que se queda estático creyendo que todo sigue igual.Haga un breve recuento de la historia en que estuvo a la fecha y llegará a la conclusion de que fué en busca del tiempo perdido... |
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Posteado por: sixto lemus 04/10/2008 11:22 [ N° 11 ] |
A todos los viejos nos pilla la ciencia..Deje de vagabundear y véngase a a su sillón Chileno. Los EEUU es para gente jóven, dinámica, afortudamente son tan democráticos que permiten ancianos de izquierda. |
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Posteado por: Escipión El Africano 03/10/2008 23:17 [ N° 12 ] |
Y...hubiese podido hacer todo eso que evoca si, en vez de ir a Priceton o a Yale o a cualquier otra, le hubiese tocado en suerte ir a la Universidad "Patricio Lumumba"¿¿¿ |
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Posteado por: Angélica Toledo 03/10/2008 21:57 [ N° 13 ] |
Es que no bebemos nunca la misma agua, ni en el mismo río, y eso es desconsolador y encantador a la vez. |
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Posteado por: JUAN 03/10/2008 20:42 [ N° 14 ] |
REALMENTE UNA MARAVILLOSA PAGINA LITERARIA. |
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Posteado por: iván 03/10/2008 20:36 [ N° 15 ] |
Que agradable leer a este señor, escribe muy bien..atrapa lentamente con sus evocaciones justas y precisas, y le da una interesenta visión a Los EEUU actuales, ojalá Psudo analistas como Navia aprendieran algo de este admirable Sr. Edwards. |
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Posteado por: Lautaro Robinson Araya 03/10/2008 19:55 [ N° 16 ] |
¿No será tiempo de que, como dijo Neruda, que despierte el leñador? |