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Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 27 de Junio de 2008
Paradojas liberales

Siempre vuelvo a encontrar en la Colombia que conozco, en barrios de Bogotá, en la ciudadela de Cartagena, rasgos de una cortesía, de un respeto elemental, literario y humano, que a menudo, con excesiva frecuencia, echo de menos en Chile. No sé si son costumbres antiguas, en vías de extinción, pero en caso de que lo sean, me propongo luchar para que sobrevivan. Recuerdo, de mis lejanos días habaneros, una crónica del poeta Nicolás Guillén que sostenía más o menos lo mismo. Guillén se hacía una pregunta difícil, la examinaba desde los más diversos ángulos y no encontraba una respuesta satisfactoria: ¿por qué los tiempo nuevos, revolucionarios, tenían que acabar con antiguas virtudes ciudadanas, que formaban parte de una convivencia civilizada? Se habría podido argumentar que la pregunta del poeta de Sóngoro Cosongo era ingenua, y que disimulaba, quizá, una nostalgia, “una íntima tristeza reaccionaria”, como escribió otro poeta, pero vaya uno a saber. El militante comunista de toda la vida respiraba, a lo mejor, por alguna herida que no se le conocía. Y, por lo demás, mi observación sobre Colombia podría ser sometida al mismo reparo. Porque miro, mientras escribo estas líneas, desde la ventana de un hotel bogotano, unas montañas tupidas y distantes, y sé que detrás de aquellas alturas podrían ocurrir cosas perfectamente siniestras, cosas que por suerte no ocurren en el Chile grisáceo, provinciano, un tanto desabrido, desde donde salgo y al que siempre termino por regresar. Pero ahí está el hecho de la cortesía, del trato cariñoso, por superficial que sea, y el otro hecho: el de andar por el mundo a punta de golpes, de escupos, de patadas en las canillas.

 

Por ejemplo, llega a entrevistarme el ensayista, librero de la conocida librería San Librario, lector por excelencia, que es Alvaro Castillo, y no sólo ha publicado un texto estupendo sobre mi última novela. También trae un regalo bien pensado, bien elegido, prueba de una amabilidad superior: la edición original, publicada en 1966, del libro de Enrique Lihn premiado por Casa de las Américas de Cuba, Poesía de paso. En la reseña que publica el diario de Bogotá El Tiempo escribe textualmente: “Edwards logra hacernos ver a un poeta que fue muchos y uno solo: un transeúnte, un inconforme, un aguafiestas, un diletante, un extraviado…”. Son unas pocas líneas, una sucesión de adjetivos que definen por acumulación, por aproximación, y que están llenos de sentido literario. Llego de regreso a Chile, desembarco en Santiago, y Germán Marín, apenas desembarcado, se encarga de demostrarme que he regresado al “horroroso Chile” de que hablaba nuestro poeta. Dice que he sido inexacto y desleal con un amigo, que me he comportado, ni más ni menos, como un miserable. ¡Qué fantasía, qué desabrida fantasía! Ninguno de los estupendos lectores que empieza a tener el libro en el mundo de la lengua española ha creído que el personaje de la novela, que sigue a Lihn desde alguna distancia y con todas las libertades permitidas por la ficción, sea Lihn al pie de la letra. Queda demostrado, en este aspecto, que el nivel de comprensión de la lectura, incluso entre la llamada clase intelectual, es claramente superior en otras latitudes. Pero se ha producido un fenómeno más importante: cuando ya se hablaba poco o nada de nuestro poeta en España y en América Latina, muchos, a partir de la frecuentación de mi personaje ficticio, han regresado o han descubierto la lectura del poeta real, y lo han hecho con afecto, con alegría, con esa inteligencia verdadera, libre, que nunca está contaminada por la bilis, por venenos que no son de la literatura, pero sí de la vida literaria. Estoy a punto de tomar el avión de México a Chile y una joven que ha llegado hasta mi hotel, que me ha esperado durante más de una hora en el vestíbulo, me habla con exaltada pasión de Lihn, de Jorge Teillier, de otros poetas de esos tiempos.

 

Escribo las líneas anteriores, pero paso de inmediato, por una cuestión de higiene mental, a otro tema. En mis días en Bogotá conocí en persona a muchos de los novelistas de la nueva generación y me quedé impresionado por la atmósfera amistosa, de camaradería franca, de comunicación frecuente y bien cultivada, que sabían mantener entre ellos. En casa de Fernando y Adriana Quiroz comimos “frijolitos” en platones de greda, acompañados de enormes paltas (aguacates), de salsas diversas, de plátanos fritos, de aguardientes de Antioquia y de otros lugares. Se habló de poetas reales e imaginarios, de personajes marginales, de costumbres desaparecidas. Me pareció que había una intensa vida de familia, de grupos; una especie de tertulia cotidiana y continuada en la que participaban todos, los padres, los hijos de las personas conocidas, los vecinos, los allegados, y hasta los gatos y los perros de los caserones familiares. Soy lector irregular y desordenado, leo de vez en cuando a los jóvenes, pero también dedico largo tiempo a la lectura de Montaigne y a la relectura de Dostoievski. Si lee a Montaigne, me observa alguien, quiere decir que usted es un liberal. Mi única observación es que el Montaigne de esa persona, que me asegura que lo lee todas las noches, está impregnado de liberalismo. El mío, en cambio, es un narrador reflexivo, lleno de movimientos del espíritu, de salidas sorpresivas, de preguntas estimulantes, pero que no tienen respuestas claras. Busco y rebusco, un par de días más tarde, en una librería mexicana, y encuentro un largo ensayo de Juan José Arreola sobre los clásicos ensayos del maestro de Burdeos. Por mi parte, me propongo contribuir al género de alguna manera. Contar a mi modo, quizá, la muerte del escritor del siglo XVI, quien había formado parte de los seguidores de Enrique de Navarra, el rival de Enrique III y aspirante al trono, y después, cuando había sido invitado a incorporarse a la corte por Enrique IV triunfante, había esquivado la invitación y había caído en desgracia. La invitación del monarca, desde luego, era una orden, pero Montaigne había preferido seguir enclaustrado en su torre, dedicado a la lectura de los clásicos y a la escritura. En esos mismos días de su desgracia, una señora joven, “menor que la menor de sus hijas”, se puso a mandarle cartas de encendida admiración y terminó por llevárselo a vivir con ella en su residencia campesina. Ahí lo cuidó hasta su muerte, y suponemos que la edad avanzada del señor de Montaigne, cuyo nombre de familia era Eyquem, nombre también de un famoso vino blanco, lo salvó de los celos del marido y dueño de casa.

 

Para hacer la paráfrasis de Hamlet en los diálogos con su amigo Horacio, hay cosas en el cielo y en la tierra que la filosofía de algunos plumíferos locales no alcanza a comprender. Además, basta conocerlos un poco para saber que no la comprenderán nunca. A todo esto, en la vida política colombiana se ventila una polémica interesante, llena de consecuencias, que forma parte de los grandes temas históricos del mundo nuestro. En los sectores más partidarios del presidente Uribe se habla de modificar la Constitución a fin de que pueda ser reelegido. Pero salen voces, incluso en el uribismo, que se oponen a esta reforma constitucional por razones de principios. Sería interesante conocer ahora los argumentos originales que se tuvieron en cuenta para instaurar los sistemas hispanoamericanos de no reelección. El caudillismo asomaba su oreja por todos lados, y había que sofocarlo de raíz. Leyendo reflexiones colombianas de estos días, me dije, sin pretender entrar en disquisiciones ajenas, que si el presidente Uribe se retira en el plazo constitucional, adquirirá una fuerza y un poder personal enormes, mayores que los que ya tiene. Y que si se hace reelegir más o menos a la fuerza, podría producirse el fenómeno inverso. Son, a lo mejor, paradojas liberales, que al maestro de Burdeos le habría gustado comentar en sus papeles.

 


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7 Comentarios publicados
Posteado por:
Alejandra Pérez
15/03/2009 15:27
[ N° 1 ]

Amo Colombia, sentí exactamente lo mismo al estar allá... gente divina!

Posteado por:
pedro contreras
11/11/2008 15:05
[ N° 2 ]

El Sr. Marín, es como los cachalotes, grandote, feo, y con un cerebro reducido.

Posteado por:
Patricio
16/07/2008 14:17
[ N° 3 ]

Me tomo en serio los comentarios que sus palabras gereran Dn Jorge. Es necesario estar al dia de como pensamos y discurrimos al respecto. Pero me pregunto con cierta curiosidad, el por que de tanto odio no resuelto.Por desgracia no tengo respuesta y me quedo con lo mejor , que son sus reelecturas de Montaigne. Mismo que se ha metido en mi cabeza para no salir

Posteado por:
Felicinda Bravo
04/07/2008 15:43
[ N° 4 ]

Solo ciudades feas y grisaceas en este pais: el horrendo Santiago, como dijo Enrique Lihn.Reflejo de nuestra alma colectiva y desinteres total por la belleza urbana.Pobre pueblo de fin de mundo, que reune las desventajas de un villorio polvoriento y el hacinamiento y deshumanizacion de una enorme ciudad sin alma.

Posteado por:
Erico Wulf
30/06/2008 15:56
[ N° 5 ]

Que se diga que Chile es grisáceo y provinciano,no deberia ser motivo de disgusto pues es la realidad que se aprecia actualmente en diversos ámbitos del Chile actual, aunque probablemente ha sido asi desde siempre.Existe una amargura colectiva que data de la epoca de la colonia, que se refleja miserablemente en las conductas diarias, los juicios a las personas, asi como el respeto y valoracion de los meritos de cada cual.

Posteado por:
Doña Alma Errante vda. de Absburgos
30/06/2008 14:41
[ N° 6 ]

No puedo escribirte todo lo que quisiese, niño, pero
desde aqui desde este rincon peninsular te seguimos
con devocion...deja de lado esa Ciudad de Escorpiones
y de Africanos...y vente ! A los 102 años apenas veo el teclado de esta maquina...pero te insisto :lo que estas inventando ahora ultimo es genial con mayuscula!
me has dado el gusto de volver a leer Henry James...
..y los que te critican son los mismos ignorantes que creian que mi marido era un ladron por que se llamaba Ladron de Guevara...no trates de explicarles nada !
subete al avion ése de este niño Piñera, y vente
a escribir a Bordeaux; cuidate de los mal hablados y
de tanta canalla, como decia don Arturo...

Posteado por:
Escipión El Africano
27/06/2008 19:47
[ N° 7 ]

Mientras personas como ud. sigan haciendo gargaras con las revoluciones..no habra en America nunca un lugar tranquilo.
Dejese de buscar "macondos" en todas partes.
Esa es la ilusion de un marxista igual a ud. que lamentablemente nunca fue enjuiciado pot Crimenes Contra la Humanidad y, en su defecto se le dio el Premio Nobel de Literatura.
El resto es solo palabreria de niños bien, acostumbrados a gozar de la bohemia en salones de acaudalados y disfrutar de sus apellidos.

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