Edwards, Jorge


Edwards, Jorge
Viernes 20 de Junio de 2008
Una biblioteca de barrio

El ingeniero Mauricio Macri, jefe del gobierno de Buenos Aires de acuerdo con su título oficial, nos habla de la sensatez y de la capacidad de entenderse que han tenido los chilenos y que les ha permitido combatir contra la pobreza y desarrollarse a un ritmo sostenido. Por momentos, tengo la impresión de que no nos habla de Chile sino de Suiza o de algún país del norte de Europa. Pero la verdad es que nos habla de Chile, de nosotros, y lo hace con una intención clara: acentuar el contraste entre nuestra sensatez supuesta o verdadera y la exasperación, el espíritu de confrontación, el conflicto permanente que parecen dominar en la política argentina. Salí de Buenos Aires hace poco más de un mes, después de una noche de relativo insomnio provocado por el tamboreo de los piqueteros, y a mi regreso me llevo la impresión de que la crisis no ha retrocedido, de que tiene visos de ir en aumento.

 

 Estas palabras de Macri son pronunciadas en un recinto más bien modesto, en el barrio bonaerense de Boedo. Es la Biblioteca Miguel Cané, bautizada así en homenaje a un autor de comienzos del siglo pasado, el notable memorialista de Juvenilia, y famosa en la historia literaria de la ciudad por otro escritor, Jorge Luis Borges. Porque Borges trabajó durante décadas en esa biblioteca y ocupó una pequeña sala, provista de una mínima estantería y de un escritorio más bien largo, en el segundo piso. Alguien, una amiga, crítica literaria, musa, le ha soplado algo al oído a la autoridad edilicia y me han declarado huésped de honor de la ciudad y hasta me han entregado una llave de la sala de Borges. Para que me encierre a leer y a escribir ahí cuando quiera, cada vez que pase por la ciudad, como me dice una señora con fina cortesía, con voz bien cultivada.

 

Cuando me toca el turno de hablar, celebro que los habitantes de Buenos Aires hayan sabido conservar esa biblioteca de barrio, impregnada de literatura, donde cada detalle es un homenaje a los libros y a los escritores, además de una incitación a leer. No estoy en absoluto seguro de que nosotros, capaces de llevar la sensatez a su paroxismo, podamos exhibir el mismo respeto. Si hubiéramos tenido alguna vez una biblioteca así, es probable que la hubiéramos derribado, sensatos y pragmáticos, para construir encima un edificio de veinte pisos. Uno de los acompañantes del ingeniero Macri me dice al final de la ceremonia: la sensatez de ustedes, los chilenos, es absolutamente ejemplar para nosotros. Lo que ocurre es que Argentina está convulsionada y medio paralizada, desde hace un par de meses, por el conflicto entre los representantes del agro y el gobierno. A primera vista, parece un problema más bien fácil de resolver, pero las posiciones, en vez de acercarse, se separan y se agudizan en forma vertiginosa. No sé si nosotros podemos dar el ejemplo. A veces nos entendemos en asuntos importantes y a veces nos ahogamos en una gota de agua. Ahora topamos con la Ley General de Educación y no se ve claridad casi por ningún lado. Uno observa que la discordancia, la intransigencia, el extremismo de algunas posturas, que nos llevaron en épocas pasadas al desastre, vuelven a asomar la cabeza. Pero en muchos casos, en última instancia, conseguimos entendernos. Personalmente, me asusta el bullicio, la palabrería, las actitudes intransigentes acompañadas de exhibicionismo. Y medito sobre nuestros amigos argentinos, me hago toda clase de preguntas y a veces no llego a entender. Salí de Buenos Aires hace un poco más de un mes, como ya dije, y el clima de la ciudad era inquietante. Caminé una tarde por la calle Florida y un hombre joven regresaba de la Plaza de Mayo tambaleándose, pálido como un papel, con la cabeza y la cara ensangrentadas. Era un caso individual, desde luego, pero me pareció un signo triste, ingrato, sórdido. Ahora he visto la foto de un dirigente del agro en el momento de ser arrestado: una foto de violencia, de intransigencia.

 

Conozco en parte las razones de uno y otro lado. Según los técnicos, el cultivo de la soya arrasa con la tierra productiva. Tampoco he visto en países donde existe un estado de derecho que se pueda aplicar un alto aumento de impuesto a ciertas exportaciones, más de treinta por ciento, por la sola voluntad presidencial, sin forma de ley y sin pasar por el Parlamento. Ahora, para alivio general, nos llega la noticia de que la Presidenta ha decidido cambiar su línea y entregar el problema al Congreso. No estoy en condiciones, en cualquier caso, de dar un juicio de fondo. Lo que hago, desde mi orilla, es lamentar una intolerancia, una aspereza, una rabia que van en aumento y que no dan muestras de moderarse.

 

¿Cómo conciliar eso con una atmósfera de cultura, de lectura, de recogimiento? ¿Cómo entender que exista una sala escondida, silenciosa, incrustada en el corazón de la ciudad, donde Borges tenía tiempo para leer, para pensar, para elaborar sus historias? ¿Será, me pregunto, una ciudad, la de Borges, que desapareció para siempre, y donde esa pequeña biblioteca quedó como testimonio, como una incrustación fósil en el centro del tráfico, de la agitación humana, del ruido? Me muestran una sala que lleva el nombre de Julian Barnes y de su loro de Flaubert. En una vitrina hay un loro de madera de colores intensos. Otra sala ha sido nombrada en homenaje a Mario Vargas Llosa. Y a partir de ahora habrá una sala con mi nombre y con una página que escribí hace ya largos años sobre Buenos Aires. La compañía es magnífica, amigable, excesivamente honrosa. Leo mi página, que se me había olvidado, y me encuentro con que describí una ciudad en crisis, en una crisis muy anterior. ¡Qué insistencia, qué majadería de la historia! Cuando termine la crisis, si es que alguna vez termina, nuestros vecinos alcanzarán un desarrollo extraordinario. Volverán a ser lo que siempre debieron y deberían ser.

 

Todo termina en un café de las cercanías, un café decimonónico, lleno de maderas nobles, de cerámicas y vitrales, de recuerdos en los muros. La evocación más constante, en fotografías, en versos, en todo, es la de Carlos Gardel. En mis buenos tiempos fui tanguero y recuerdo algunas letras y algunas melodías de memoria. Pienso en Jorge Luis Borges, en el tango, en el arrabal, en el viejo Palermo, mientras palpo la llave del estudio borgeano en el bolsillo. ¡Qué sensaciones, qué vasos comunicantes de la escritura, de la música! El más gardeliano de mis amigos fue sin ninguna duda Jaime Laso Jarpa. Me contó un día que escuchaba los tangos de Gardel con los oídos pegados a una victrola de los años cuarenta y que así llegó a conocerlo hasta en las menores inflexiones. Y el primero que me habló de los cuentos de Borges fue Alejandro Jodorowsky en un tejado de la calle Lira, en la casa donde ensayaba el coro de la Universidad de Chile bajo la dirección de Mario Baeza. Pero más tarde, en el París de la década de los sesenta, encontré al más entusiasta de los lectores de Borges, el joven Mario Vargas Llosa. Mario repetía de memoria el comienzo de algunos de los grandes cuentos del maestro y lanzaba gritos de admiración en el frío de la noche. Yo había leído los ensayos de Discusión, me lancé después a leer los cuentos, algunas veces en traducciones francesas, ya que no era fácil conseguir las ediciones en castellano, y sigo leyendo ensayos y cuentos hasta este día. Confieso que el tema me conmueve y que busco el llavero con la efigie de Borges y la llave de su cuarto reservado. Me parece que tengo una edición de Juvenilia, de Miguel Cané, y abriré esta noche, sin falta, alguno de los cuentos borgeanos clásicos. Después de todo, la literatura no es tan inútil: si la leyéramos bien, con la atención que se merece, permitiría entenderse por el interior y por encima de las fronteras, y hasta por encima del tiempo.

  

 

 

 

 

 

 


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1 Comentarios publicados
Posteado por:
Ruperto Barragan Lienlaf
27/06/2008 11:24
[ N° 1 ]

Ojala el Alcalde de Providencia leyera esta columna! Los libros de esos "cafes literarios" de Providencia son puros best sellers de mediocre nivel, literatura envasada de aeropuerto o de terminal de buses.Nivelar para abajo, ese parece que fuera el lema cultural de la derecha.Si es cosa de ver los alienantes contenidos programaticos de Chilevision y de Mega TV ....Ahora , como gran cosa, el Municipio de Providencia se gasto un platal para inaugurar un "bowling" en vez de restaurar las maravillosas casas de Luciano Kulchewski o de recuperar el diseño paisajistico de Prager para el Parque Balmaceda,junto a las Torres de Tajamar.Que lastima todo esto, que perdida para la mayoria...

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