Edwards, Jorge
El problema no es que la lectura haya disminuido. El problema es que ya no sabemos en qué consiste la lectura. No sabemos qué es, qué sentido tiene, qué placeres implica y qué enseñanzas. A veces tengo una noción determinada de un escritor, de una obra, y de repente, por cualquier motivo, descubro otra faceta, miro todo desde otra perspectiva. Un amigo me pide que le señale los capítulos esenciales del Quijote. Es una persona tan ocupada, suponemos, que no tiene tiempo para leerlo entero. Y no quiere pasar por ignorante o por inculto. No hay capítulos esenciales, le digo. O hay capítulos esenciales para unos y no para otros. Si no estás dispuesto a explorar, a descubrir por ti mismo, a emprender la gran aventura, dedícate a otra cosa. Por ejemplo, a ver teleseries. Podrías desarrollar una cultura avanzada de la teleserie y de sus accidentes, variedades, propósitos y despropósitos.
Recorro mi biblioteca, al puro azar, en una tarde sin rumbo, y me encuentro con un volumen de historias del océano Pacífico de Jack London. Supe algo de Jack London en mi juventud. Leí una biografía suya, escrita ya no sé por quién, y el texto me produjo una impresión imborrable, que dura hasta hoy. London, que había nacido en el distrito portuario de San Francisco, en California, abandonó los estudios en la adolescencia y se dedicó a los trabajos más diversos. Era un camino frecuente entre los escritores norteamericanos de aquellos años. Faulkner fue empleado de correos y más tarde tuvo un criadero de caballos. Jack London, nacido en 1876, abandonó el colegio a los catorce años de edad y trabajó en una fábrica de conservas; después fue marino mercante y viajó con frecuencia a las islas del Pacífico y a la Polinesia francesa. Estuvo en Hawai, en Tahiti, en las islas Fiji, en muchos otros lados. Su biografía tiene algo en común con la de Joseph Conrad. En mis numerosas conversaciones con Francisco Coloane, otro gran narrador del mar, sentí que su mundo narrativo era parecido al de Conrad y Jack London. Una vez traté de explicarle a un periodista italiano que Coloane, cuyos principales libros acababan de aparecer en Italia, era una especie de Jack London chileno, y Luis Sepúlveda, que leyó esta comparación en un diario español, se molestó mucho. Dijo que yo me había reído de Coloane, cosa que no podía estar más lejos de mis intenciones. Y que despreciaba la literatura chilena porque la contemplaba desde mis jardines suspendidos de La Dehesa. Me pareció que Lucho Sepúlveda tenía una imaginación admirable y una labia digna de causas mejores. Sobre todo porque él había estado en mi departamento del barrio del Santa Lucía, que se encuentra tan lejos de terrazas y de jardines babilónicos.
Ahora me pongo a recorrer estas Historias del Pacífico y me quedo enganchado. Son concisas, no complacientes, crueles y a la vez tiernas, de una escritura rica y llena de gracia. Las descripciones de los paisajes, las lagunas, las islas, los mares y sus corrientes traicioneras, los huracanes repentinos, son de una calidad plástica francamente insuperable. Una anciana habitante de la zona consigue sobrevivir después de un cataclismo despiadado, alimentándose de restos del mar, de cortezas, de algas abandonadas y cocoteros. Cuando regresa a la casa de su familia, desfigurada, malherida, sus parientes creen que es un fantasma, una aparición maligna, y la dejan fuera, en la oscuridad inhóspita. El cuento, cuyo título es La casa de Mapuhi, describe precisamente un regreso, la búsqueda de una casa. Al final, los parientes reconocen a la anciana Nauri y la aceptan a regañadientes. Y resulta que ella, en la forma de una perla de enorme tamaño que ha recuperado de un muerto por el huracán, les trae la riqueza.
En otro relato, El Chinago, nos encontramos en el Tahiti de los años de la dominación francesa. Ah Cho, un “coolie”, trabajador de las plantaciones, virtualmente esclavo, encuentra la muerte debido a un error judicial. Hay que releer el comienzo del relato para entenderlo mejor. Ah Cho, llegado de China hacía poco, todavía no aprendía a darse a entender en francés. Y le había tocado, para su desgracia, ser testigo de un homicidio. Durante el proceso, nadie se preocupa de explicarle lo que está ocurriendo. Ah Cho, personaje religioso, formado en tradiciones orientales, espera con paciencia, hasta que le dicen que figura en una lista de cuatro condenados. Él ha tenido mucha suerte porque sólo ha sido condenado a veinte años de cárcel. Su compañero Ah Chow, en cambio, ha sido sentenciado a morir bajo la guillotina. Ahora bien, para un funcionario francés, y sobre todo después de una noche de vinos y alcoholes variados, confundir el nombre de Ah Cho con el de Ah Chow no es demasiado difícil. El final del relato ya se puede adivinar, pero sus detalles, su desarrollo gradual, la indiferencia de los carceleros y del verdugo cuando ya conocen el error, pero sienten que repararlo les dará demasiado trabajo, aparte de complicaciones administrativas, están contados con implacable maestría. Jack London sabía hacer sufrir al lector y también, cuando el exceso de las situaciones se volvía insoportable, sabía darle un desahogo. De manera que sus remates crueles, cerrados, se adivinan, pero nunca siguen un sendero enteramente anunciado. Puede que el pobre Ah Cho pierda la cabeza en lugar de Ah Chow, tan inocente como él, dicho sea de paso, y puede que se salve en el último minuto.
Ese temblor del pulso del funcionario que escribió mal el nombre del sentenciado a la pena capital es un rasgo del estilo de Jack London. En sus relatos de mar y de selva, los alcoholes fuertes, comenzando por los whiskies de las más diversas procedencias, cumplen una función importante. Algunos críticos han sostenido que sus aventureros sin escrúpulos derivan del siniestro Kurtz de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas. Es probable que sí, lo cual nos lleva a pensar que Conrad y London son los críticos visionarios del colonialismo moderno, los que mejor entienden sus mecanismos profundos y los que vislumbran primero su declinación. Mario Vargas Llosa nos anuncia en estos días una novela de ambiente conrradiano, esto es, un texto sobre el horror (“The horror! The horror!”) y el misterio. Es una atmósfera, la del Conrad más sombrío, que se prolongó en los relatos de Jack London y que quizá no hemos entendido, o no hemos sabido leer con ojos modernos. A mí me hace pensar que los escritores norteamericanos de la primera mitad del siglo pasado se metían en grandes honduras, en temas ambiciosos, vastos, que calaban en la historia y hasta en la prehistoria de su país. Faulkner inventó un territorio propio y lo bautizó como Yoknapatawpha. Hasta dibujó un mapa de su condado imaginario. Hizo, a su modo, como novelista, una comedia humana regional. En un viaje por el sur de su país me enteré de que el nombre de su condado de ficción era el nombre indígena, anterior a la llegada del hombre blanco, de uno de los ríos que pasan por ahí, un afluente del viejo y legendario Mississippi. Los norteamericanos de ahora suelen ser sutiles, divertidos, ingeniosos, pero hablan casi siempre de problemas de facultades universitarias. Hasta Nabokov lo hizo en su célebre Lolita. No es que un profesor de universidad no pueda escribir una buena novela. Que Nabokov, y Saul Bellow, y Philip Roth, y un largo etcétera, me perdonen. Pero la aventura en gran escala de un Jack London, su compenetración con la naturaleza en estado salvaje, su solidaridad humana por encima de razas, de creencias, de culturas, son un oxígeno absolutamente necesario. En la literatura y en la vida.
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Posteado por: MARBRAPEY5 03/06/2008 11:16 [ N° 1 ] |
Don Jorge, resulta interesante recordarse de un escritor como Jack London, muchas veces olvidado. El era socialista, enrolándose en el incipiente partido socialista de Oakland. Era un socialista revolucionario pero la militancia de London es casi desconocida. Conocía en profundidad el marxismo y del pensamiento revolucionario de su época y abandonó el Partido Laborista en cuanto esta organización mostró su tendencia reformista. Sólo un estudioso del marxismo pudo escribir una novela como EL TALON DE HIERRO que sobresalta por su actualidad y por su clara anticipación del futuro inmediato al que conducía el capitalismo. Esta novela es un análisis profundo y documentado sobre el desarrollo del capitalismo, una continuación novelada de El Capital de Marx y de El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin. Es una novela que guarda algunas sorpresas, incluso para un lector aventajado; en sus páginas muchos se verán atrapados en el terrible laberinto de perder la noción del tiempo histórico. Un bonito homenaje a un escritor consecuente con sus ideas. |
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Posteado por: eduardo 02/06/2008 21:01 [ N° 2 ] |
Que maravilla ¡ |
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Posteado por: Elías Zambrano Vergara, rut 4068443-3 02/06/2008 20:59 [ N° 3 ] |
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Posteado por: Álvaro Quezada 02/06/2008 10:57 [ N° 4 ] |
Gracias por su saludable columna. Redescubrir en su caso equivale a reencantarse y, como extensión, a reencantar. Me quedo con el impulso de redescubrir y reencantarme también con Jack London. |
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Posteado por: GERMAN VALLEJOS 01/06/2008 14:10 [ N° 5 ] |
GENIAL DON JORGE, GENIAL!!!!!CUANDO UD. SE METE EN LA LITERATURA PURA REALMENTE ES GENIAL, EN ESTOS TIEMPOS MEZQUINOS DIFICILES, CUANDO LA IMAGEN Y LO PEOR DE TODO LA MALA IMAGEN SE METE POR TODOS LADOS EN ESTE PAIS HACIENDONOS CREER QUE ES ARTE O CULTURA O VOLADAS DE NIÑOS "GENIOS" NOS SEÑALA QUE LA ESCRITURA , REALMENTE NOS ENSEÑA A PENSAR Y PODER SOBRELLEVAR DE MEJOR FORMA ESTOS DIFICILES TIEMPOS MUNDIALES, UNA VEZ MAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS |
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