Jorge Edwards
Escritor


Jorge Edwards
Las ferias y los días

Al final de la inauguración de la Feria del Libro de la Plaza de Armas, se me acercan algunas personas. Entre ellas, una señora que ha venido desde los barrios periféricos de la ciudad. Vive, me explica, en la calle Joaquín Edwards Bello, calle cuya existencia ignoraba, y ha leído mi novela sobre el personaje. Además, es dueña de una pequeña biblioteca donde tiene La chica del Crillón y Criollos en París. Y algunos otros libros, dice, y agrega que es una gran lectora, una fanática de la lectura. Por mi parte, compruebo una vez más que la afición a la lectura no ha desaparecido en Chile, a pesar del IVA, a pesar de la indiferencia de las televisiones, a pesar de tantas cosas. Es, desde luego, una afición de minorías, pero se diría que es una minoría más amplia de lo que parece a primera vista. Y es una minoría transversal, interclasista, que atraviesa las diferencias económicas, sociales, de todo orden. No encuentro lectores todos los días, pero aparecen de cuando en cuando y en las circunstancias más inesperadas: en un mercado, en un ascensor, al mando de un taxi, en la cola de compradores de una farmacia. Se podría sostener que el lector es una especie humana, un miembro particular, en alguna medida misterioso, muchas veces secreto, de la familia de los hombres. Algunos apasionados de la lectura terminan por convertirse en escritores: a partir de entonces leen menos y tienden a hablar demasiado de ellos mismos. Pero el lector puro, el hombre o la mujer que ama los libros, que se tiende en su cama, de noche, con un libro en la mano, y siente un placer superior, existe, ha existido desde que existen los libros, y es un personaje absolutamente necesario. Si no existiera, me parece que los autores tampoco podrían existir. En alguna medida, ese lector secreto, que tendemos a ignorar, crea a los escritores y hace vivir las páginas de sus escritos. En lugar de inflar tanto los egos de los autores y escribidores sueltos en este mundo, propongo levantar monumentos al lector desconocido. Si el maletín literario, iniciativa que me parece un tanto extravagante, consigue despertar unas cuantas docenas de vocaciones de lectura, bienvenido sea. La única manera de comenzar a leer, de ingresar al fin a esa categoría humana misteriosa, es tener alguna forma de acceso a los libros.

 

A los seis o siete años de edad, tendido boca abajo, apoyado en los codos, en una casa de un cerro de Quilpué, leía las entradas biográficas e históricas de un diccionario enciclopédico de mi abuelo materno. Eran relatos de batallas, vidas de emperadores romanos o de políticos de la Europa moderna, descripciones de ciudades y países. Así alimentaba, sin darme cuenta, una pasión que me ha durado hasta ahora. Pasé de la lectura a la escritura, no sé si para bien o para mal, pero el hecho es que los libros me han acompañado toda la vida. Podría contar largas historias de libros, de cómo los encontré, cómo los leí y hasta cómo se extraviaron. Y tengo miedo de haberme convertido en un verdadero especialista en ferias. La primera de mi vida, poco después de la publicación de mi segundo libro de cuentos, Gente de la ciudad, fue una del Parque Forestal en la primavera de 1961. En ese tiempo, los autores se instalaban con sus obras publicadas en una doble fila de mesas rústicas, de palo, en el paseo de más cerca del río Mapocho. Tuve la suerte y el honor de ser invitado a la mesa de José Santos González Vera, Manuel Rojas y Enrique Espinosa. Ellos mostraban sus obras, pero de cuando en cuando, con singular generosidad, hacían la propaganda de mi libro recién salido de la imprenta. Ahora me parece que vendí más ejemplares en esa feria que en casi todas las que siguieron a lo largo de los años. Cuando era muchacho, de González Vera, e Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, eran de lejos los más solicitados. Pasaba el público en forma incesante y a veces se formaban verdaderos remolinos alrededor de nuestra mesa. En los remansos, en los momentos de calma, González Vera, humorista socarrón, nos repartía una pastilla de menta o exhibía unas botellas que él rellenaba de ágatas en hileras de colores diversos. Ya me había tocado verlo recogiendo ágatas, de madrugada, en una playa de Isla Negra. De vez en cuando, alguno de los paseantes se desprendía de su grupo y preguntaba por el precio de las botellas. Y se produjo en esa feria un fenómeno interesante, una demostración de ese carácter transversal e imprevisible de la pasión libresca: el carabinero uniformado que cuidaba el sector se colocó en la fila de los que le compraban libros a Pablo Neruda, vecino de la mesa nuestra. Neruda, poco después, muy impresionado, nos vino a contar que el guardián del orden le había llevado para la firma la primera edición madrileña, de la editorial Cruz y Raya, de Residencia en la tierra. Se trataba de una edición de lujo, rarísima, de pocas centenas de ejemplares, que había sido cuidada por el célebre poeta, editor y bibliófilo Manuel Altolaguirre. Poco después, el carabinero del parque se dio a conocer en la dramaturgia y en la bibliofilia chilena como Luis Rivano, el Paco Rivano para los escritores y amigos de aquellos tiempos.

 

No sé cuántas páginas podría escribir sobre ferias del libro. En Madrid, hace dos o tres años, la gente se detenía frente a mi puesto, leía el título de mi obra más reciente, El inútil de la familia, y decía, riéndose: esto se lo vamos a llevar a Pepito, a Juanito, a Fulanito. En otras palabras, en cada familia española, como en cada familia chilena, había un inútil. A su manera, el título resultaba universal. Y hace largos años, un poco más de treinta, en una feria en el mismo parque del Retiro, firmaba ejemplares de mi libro recién salido Persona non grata y descubrí que mi vecino de mesa era el Lute, delincuente español famoso por sus escapadas de la cárcel y que había publicado un tomo de memorias. Su mujer, hija de un socialista español emigrado a Cuba después de la guerra civil, tenía una gran simpatía por mi punto de vista frente a la revolución cubana y celebraba mucho el hecho de que yo me hubiera atrevido a publicar, contra la corriente de esa época, mis impresiones y recuerdos personales. Terminamos almorzando en un boliche de las cercanías del Retiro y el Lute me invitó a una ceremonia que iba a tener lugar esa misma tarde. Lo iban a nombrar ciudadano ilustre del barrio popular madrileño de Vallecas. Yo sólo me acordaba de las historias del Niño de Vallecas y del equipo de fútbol del Rayo Vallecano. Yo te protejo de los quinquis, me dijo el Lute. Los quinquis eran los ladrones de carteras, y a mí nadie me podía robar si andaba en compañía del rey de los quinquis. Pero no pude ir a Vallecas esa tarde, y perdí de vista al Lute con su simpática, rubia, combativa pareja.

 

El libro, como se puede ver, depara sorpresas, encuentros inesperados, salidas de la rutina cotidiana. José Santos González Vera, cuando hacía girar en el aire del Parque Forestal sus botellas repletas de ágatas, parecía conocer a fondo todos esos secretos. Manuel Rojas se mantenía impertérrito, como un tronco de árbol. Y Enrique Espinosa se reía para sus adentros. En la mesa del frente vendía sus libros Jorge Inostrosa, uno de los best sellers de esos años, autor de Adiós al séptimo de línea. Entretanto, la cola frente a la mesa de Pablo Neruda no disminuía. Mis recuerdos de editores, de libreros de viejo y de nuevo, de ediciones originales, de libros encontrados y perdidos son interminables. Los indiferentes, los que no saben, los que pasan de largo, se pierden mucho. Eso sí, ignoran lo que se pierden, y esa ignorancia quizá sea mejor para ellos.

 

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12 Comentarios publicados
Posteado por:
Andrés
06/05/2008 20:56
[ N° 1 ]

Sr. Edwards.
Gracias por la columna!
Quisiera explicar mi gratitud: las columnas de opinión de los diarios chilenos, por lo general (salvo contadas excepciones), en sus diversas "especialidades", parecen más panfletos propagandistas (de diverso tipo), confesiones personales y un desgraciado derroche de palabras que otra cosa, pero su columna, por lo general, es como una brisa literaria, llena también de opinión (se este de acuerdo o no). Parece un alma fugitiva en las columnas de opinión de los diarios Chilenos. En fin, eso algo subjetivo también.
Quizás en otro momento cuente alguna historia propia de/con libros, aunque dudo del interés publico respecto a eso. Es solo que la columna invita a compartir experiencias :-)
Y que bueno que hace mención, también, al apetito cultural de personas muchas veces estigmatizadas por el lugar donde viven. Bien sabemos muchos, que hay lectores (de diversos intereses) en todos los rincones de Chile, sin importar el ingreso económico.

Abrazos desde Leipzig, Alemania.

Posteado por:
Arturo Ciudad
06/05/2008 13:34
[ N° 2 ]

Que vivan los libros y su olor, la imaginación que despiertan es inigualable, muy buena esta crónica, saludos señor Edwards.

Posteado por:
Víctor González Inostroza
30/04/2008 12:37
[ N° 3 ]

Me impresione del enunciado a su redacto, Joaquin Edwards Bello, avenida principal, que une La Granja Y La Pintana, circunda por el lado norte, entre "philips" Y "Guarenes", por el lado sur El Alcalde, Granjino por Naturaleza, adula esta avenida como una de las principales de La Granja....intentadno conservarla, ocupada en su centro para ceremonias Ilustres...30 años pululando por ahí, arrancando de Joaquin, he leido gran parte de sus escritos, columnas y libros, despues pase a Don Jorge, al que humildemente solicito que en esta misma calle, generar la feria mas grande que se haya echo de libros usados, simplemente en Honor a su parentela. Imagine la diversidad de libros que cada ciudadano aportaria...

EDO

Posteado por:
Jaime Cáceres
29/04/2008 17:02
[ N° 4 ]


Recuerdo mi juventud, deambulado por San Diego. Registrando las cajas de plátanos llenos de tesoros. Libros impresionantes se podían encontrar. Envejecidos y húmedos algunos.
Las dos primeras cuadras, hervían de puestos y negocios de libros, libros tan baratos que con mi mesada de hijo de obrero municipal podía comprar por docenas.
Tal vez recuerden los vericuetos y pasillos ocultos, donde se podía encontrar más de una sorpresa para los caza tesoros. Recuerdo uno en la segunda cuadra, un pasillo largo con una barbería al fondo y un barbero tan viejo como los libros que se vendían alrededor. Todo era viejo ahí, también las tijeras y la caja fuerte vacía en un rincón. El barbero conocía a todos y a todos los pelaba, pero sabia donde encontrar los tesoros y por unos tijerazos sin piedad, me daba los datos.
Tantas cosas encontré que hasta el día de hoy me acompañan. Con solo leer las primeras páginas me encantaban. Después de hacer acopio me iba a almorzar al Sena y ahí en la misma mesa me quedaba la tarde leyendo. Las garzonas me ubicaban, entendían y me ignoraban.
Llegaba a mi casa, contento y creyéndome rico.
¡Por Dios!
Que no se acaben los libros de papel.
Los hijos se van, ellos quedan, hasta mi muerte.
Don Jorge, hermoso su recuerdo.

Un lector.


Posteado por:
Francisco T. Balart (ftbalart@mi.cl)
28/04/2008 16:24
[ N° 5 ]

¡Una crónica buenísima!, don Jorge. Oportuna, pertinente, entretenida...y también didáctica; pero escrita con tanta elegancia que de engolamiento doctoral, nada.

Posteado por:
PATRICIO ROSAS GUERRERO (Arica-Chile)
27/04/2008 20:03
[ N° 6 ]

Sin entrar a divergencias de opinion, las cuales todan tienen su validez desde el punto que se mire, a lo mencionado por don Edwin Dimter B. la esencia de hojear un libro y o revista tiene ese sabor especial que no nos brinda la tecnología, le recuerdo que el cambio de revistas en el negocio de sus padres en calle Domeyko en esos años ,nos llevo a conocer un mundo maravilloso e imaginario impagable, e intentado leer por internet, pero esa sensación de hojear y palpar un libro es como el enologo frente a un buen mosto.
atentamente.

Posteado por:
juan .p
27/04/2008 12:14
[ N° 7 ]

Genial don jorge. El libro es lo unico o casi unico economico , como entretencion,que nos va quedando. pues uno por un par de lucas compra dos libros usados en tajamar y de los buenos. en mi caso encontre y retome a los clasicos ruso comenzando por a. chejov y supiera las noches en vela y en franca distraccion que he tenido...Genial que ud., insista en este tema, tengo sus mismos gustos, en mexico me pasaba tardes enteras en librerias de viejos hojenando y comprando ejemplares diversos. saludos , juan . p

Posteado por:
Lilia Dapaz Strout ( lidaz@coqui.net)
26/04/2008 22:41
[ N° 8 ]

Esto es sobre todo un saludo de felicitación por una vida literaria de trabajo y de éxitos. Conocí a Jorge Edwards en la clausura de uno de los famosos encuentros de Gonzalo Rojas en Chillán, invitada como observadora extranjera y conferenciante. Estuvimos sentados en la misma mesa, no recuerdo si él a mi derecha. Supe que al poco tiempo de ese evento que reunió a grandes figuras no sólo de Chile (entre ellos Catalina y Violeta Parra, Volodia T.) él empezaba su misión diplomática y yo una de mis primeras becas , esa vez a Madrid. Hace unos años asistí a la recepción del Cervantes de Gonzalo Rojas, gran amigo entrañable, en Alcala de Henares. Aunque la vida me alejó de mi Mendoza natal, nada de la vida literaria chilena me ha sido ajeno.

Posteado por:
Mario Briones
26/04/2008 18:12
[ N° 9 ]

Libros de papel. Que no se acaben nunca! Comencé a leer en los libros que un generoso señor jubilado donó a la biblioteca de mi escuelita, cuando llegó a vivir su retiro en un pueblito cordillerano. Cajas de cartón con libros empolvados. Tarzán, de Edgar R. Borroughs me lanzó el anzuelo que no solté nunca más. El llamado de la selva, de Jack London... Cómo dimensionar el efecto que libros como éstos tienen en un chico de 11 años que vive sin televisión y sin electricidad (para que decir internet, era el año 1971). Después estuve en otras escuelas y universidades. Tuve el privilegio de estudiar en la Universidad de Edinburgo, en Escocia. Allí había una estupenda biblioteca de libros de papel. Vagué por los pasillos de la sección literatura latinoamericana allá tan lejos de latinoamérica. Allá leí a J. Donoso y Borges en libros de papel, donde encontraba en los márgenes anotaciones de asombro de los lectores anglosajones, ante la fuerza de esa literatura.
No soy extraño a la era digital, crecí con los computadores y todos los días me siento delante de uno. Pero nada se compara con la magia del libro de papel. Y la lectura es mágica.

Posteado por:
DIEGO URRUTIA
25/04/2008 21:14
[ N° 10 ]

El libro es a la poesía como el ocre de las hojas al Otoño. Jamás se me ocurriría pensar en un libro sobre el balonpie o sobre la historia de la democraciacristiana.

Posteado por:
sixto lemus
25/04/2008 18:26
[ N° 11 ]

Cerro en Quilpué??? como se llama ese cerro??..

Posteado por:
EDWIN DIMTER BIANCHI
25/04/2008 17:24
[ N° 12 ]

Don Jorge:
¿Todo tiempo pasado fue mejor? He leido de Ud. y otros escritores esta nostalgia por el libro en papel. Al no venderse éstos, suponen que la gente no lee. Pero se equivoca; hoy tenemos, a Dios gracias, Internet, que nos permite bajar a nuestros computadores libros en medios electrónicos y gratis, e incluso podemos llevar nuestros notebooks a la plaza, jardín, la cama, el avión o el baño para leer en las condiciones que nos apetezcan. Más aún, si algún párrafo merece ser compartido con otra persona, podemos enviárselo por email y comentarlo en forma automáticamente ¿Para que pagar por un libro si podemos tenerlo gratis (o casi)?
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