Jorge Edwards
Escritor


Jorge Edwards
Memorias del agua

Me invitan a dar una conferencia en la ciudad de Zaragoza sobre el tema que elija. Me dejan plena libertad de elección. Pero el contexto es una gran exposición sobre el agua —el agua y el desarrollo, el agua y la literatura—, y parte de mi actividad consiste en ser jurado de un concurso de “Cuentos del Agua”. ¿Por qué no salir, entonces, del repertorio habitual, y enfocar mi charla desde la perspectiva del agua, de las fuentes, de las vertientes, de los ríos y los mares? Pertenezco a un país rodeado de agua, dependiente, de algún modo, de sus costas, sus torrentes cordilleranos, sus lagos, sus archipiélagos. Y que sufre de cuando en cuando de dramáticas sequías, que se muere de sed, como reza un poema medieval, junto a pozos y surtidores. Por lo demás, mis memorias del agua son intensas, variadas, contradictorias. He visto bajar el Mapocho como una modesta acequia de barro y lo he visto saltar, torrencial, bramando, arrancando animales muertos y pedazos de árbol, por encima de los puentes del sector del Parque Forestal. Además, revisando viejos papeles y crónicas, sin olvidar el formidable ensayo de Vicuña Mackenna sobre el clima de Chile, me he encontrado con toda clase de testimonios acerca de lo que se llamó la “avenida grande”, ocurrida en la segunda mitad del siglo XVIII, en los años finales de la Colonia. Hubo unas monjas de un convento del barrio de Recoleta que fueron rescatadas de las aguas por huasos a caballo, episodio que fue largamente narrado y hasta versificado. Después, en una novela inspirada en el personaje del arquitecto romano Joaquín Toesca, usé mis lecturas de la famosa “avenida grande” para inventar una escena de amores iniciales y adulterinos. La culpa la tuvieron las aguas desencadenadas, la interrupción brusca de las rutinas somnolientas de la ciudad de los cien conventos.

 

En consecuencia, trato de dar forma y sentido a imágenes de aguas peligrosas, múltiples, insidiosas, y también, desde luego, a las de aguas más amables. En uno de sus grandes ensayos literarios, me parece que en El arco y la lira, Octavio Paz sostiene que Vicente Huidobro es el poeta del aire y Neruda el del agua. Huidobro, desde luego, es aéreo, juguetón, y parece que siempre tiende a desafiar la ley de la gravedad. Altazor, el personaje del poema del mismo nombre, en vez de bajar en paracaídas, sube en un improbable “parasubidas celeste”. Viene del aire y sube en busca de más aire, o de un aire más enrarecido. El agua, en cambio, a lo largo de la poesía de Neruda, y sobre todo en la etapa vanguardista de Residencia en la tierra, es una presencia constante, simbólica, que deriva de una memoria remota o de zonas oscuras de la conciencia. “Las goteras fueron el piano de mi infancia”, escribió el poeta de Temuco en una de sus prosas autobiográficas. Interpretó así a la mitad o a más de la mitad de los chilenos. En mi tiempo, en la infancia de mi generación, vivíamos entre goteras. Cuando las aguas del Mapocho saltaban por encima de los puentes e inundaban el Parque Forestal y las calles cercanas, las goteras adquirían una intensidad furiosa, ritmos intensos, de fondo de teclado, a la manera de Franz Liszt o de Serguei Rachmaninof. Pero esas goteras temucanas son parte de una memoria consciente, en el fondo amable. Hay aguas más oscuras, más oníricas, más inquietantes y difíciles de interpretar. “Con mi razón apenas, con mis dedos, / con lentas aguas lentas inundadas, / caigo al imperio de los nomeolvides, / a una tenaz atmósfera de luto…” Así escribía el joven Neruda en el primero de sus Tres cantos materiales, en el que lleva por título Entrada en la madera. La madera del poema es subterránea, fósil, húmeda, y está impregnada en todo momento por esas “lentas aguas lentas”. El sentido de los versos no se entrega con facilidad, como ocurre en la poesía de sus años más maduros. Pero está lleno de intuiciones germinales, de algo que se podría definir, utilizando un término literario de los años veinte y treinta del siglo pasado, como epifanías. Y en la noción de epifanía incide una de contemplación extasiada, no alejada de una especie de misticismo sin iglesia. En lo mejor del poema, el poeta se arrodilla frente a una catedral sumergida en las entrañas de la tierra húmeda, ante lo que podría ser un altar de la materia inanimada, oh rosa de alas secas, y lo hace golpeándome los labios con un ángel…

 

Podríamos seguir con el agua nerudiana, que se desliza por todas las junturas de Residencia, que cae en goterones sexuales o forma ríos, ríos horizontales y hasta verticales, pero me he propuesto estructurar mi conferencia alrededor del agua en tres poetas muy diferentes entre sí: Pablo Neruda, Gabriela Mistral y el sevillano Luis Cernuda. Trataremos de completar el concepto de Octavio Paz: Neruda es el poeta del agua, de acuerdo, pero siempre que entendamos que es un agua altamente simbólica, oscura, onírica, vista en sueños. Después de Tercera Residencia, las ideas se aclaran y las aguas misteriosas, herméticas, se tranquilizan, vuelven a cauces más normales. Muchos de los poemas posteriores son aclaraciones, construcciones, racionalizaciones de versos del período inicial seudo surrealista, pero la etapa del chispazo oscuro, súbito, confuso, no se puede reemplazar por nada. El poeta negó esa etapa en algún momento, pero la verdad es que no sacaba mucho con negarla.

 

Octavio Paz, salvo que ahora me equivoque, no pretendió definir en dos palabras la poesía de Gabriela Mistral, como lo había hecho con la de sus dos grandes coterráneos, pero yo me atrevería a definirla como una poesía de la piedra seca, de los paisajes pedregosos, polvorientos, ásperos, del norte de Chile. Es un lirismo de lo desértico, de las encrucijadas irreales que se pueden presentar en un cajón cordillerano, y de la sed que eso puede provocar, sed espiritual y física. En otras palabras, un poeta del agua, otro del aire y una poeta de la sed nunca saciada. “Recuerdo gestos de criaturas —escribe en Tala— y son gestos de darme el agua”… En la primera versión, del año 1938, había escrito “eran gestos”, y lo prefiero de lejos así, ya que me parece un poema de la memoria, de la fijación de un instante del pasado desaparecido sin remedio y rescatado por el lenguaje de la poesía. Otro gesto que recuerda es el de un indio de Mitla, en México, que se acerca a sostenerle la cabeza mientras ella bebe el agua de un pozo: Bebía yo lo que bebía, / que era su cara con mi cara… Gran poeta desconocida, Gabriela, y espero que no falte algún zaragozano o zaragozana de buena voluntad que busque sus libros. Me contento con mi papel de intérprete, de intermediario favorable.

 

Queda poco espacio para hablar de Luis Cernuda, del agua en la poesía de Luis Cernuda, para ser más exacto. Cernuda, para dar una información mínima al lector curioso, nació en Sevilla en 1902, de madre sevillana y padre portorriqueño y, para más señas, ingeniero militar. Algunos sostienen que la severidad paterna marcó la dificultad de vivir del autor de La Realidad y el Deseo y de Ocnos. El hombre huyó siempre de su Sevilla natal y la recordó siempre. Fue otro viajero inmóvil, en viaje permanente, pero anclado en su punto de partida. Y fue, para mi gusto, el poeta del agua domesticada, canalizada, la que serpentea en los jardines sevillanos, la que cantaba también Gustavo Adolfo Bécquer. Ya ven ustedes. La poesía da vuelta por todas partes y entra en los lugares y los resquicios más inesperados. “Sonaba el agua al caer —escribe Cernuda en la prosa poética de Ocnos— con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro”. Estamos lejos, aquí, de los pozos de los valles de Oaxaca, o de las corrientes secas, de los goterones sordos, de las aguas rotas del poeta de los Cantos Materiales. En otro mundo. Y mi ensayo de literatura comparada fluye, entonces, desde una poesía del agua oscura, primordial, a otra de la sed y una tercera del agua canalizada, cantarina.

 

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4 Comentarios publicados
Posteado por:
Juan Nivaldo Lillo Morales
04/04/2008 19:33
[ N° 1 ]

Sr. Edwards,

Antes de entrar a tema, quiero hacerle llegar mis felicitaciones al merecido reconocimiento que España hace a su riquisimo aporte a las letras hispanas como escritor, nos da Ud. una profunda alegria, por tanto en esta ocasion permitame decirle ¡ Viva Jorge Edwards !...¡¡ Viva Chile cuna de celebres escritores!!
Con relacion a Pablo Neruda como Ud. tan adecuadamente rebautiza como el poeta del agua, en muchos de sus poemas esta presente este rico elemento que sin el, la tierra no seria mas que un planeta muerto y obviamente tampoco nosotros existiriamos.
Neruda supo dar en muchas de poesias el justo peso y valor a el agua, quiero ahora recordar una parte donde el dice:
Todo en la tierra se encrespo, la zarza clavo y el hilo verde mordia, el petalo cayo cayendo hasta que unica flor fue la caida.
El agua es diferente, no tiene direccion sino hermosura,corre por cada sueño de color, toma lecciones claras de la piedra y en esos menesteres elabora los deberes intactos de la espuma.
Gracias Sr. Edwards por sus libros, pensamientos y comentarios, tiene Ud. en mi persona a un Chileno que se enorgullece de un Pablo Neruda vivo a traves de sus poemas y tambien reconoce la valia de las letras de un Jorge Edwards, un salud a vuestro nombre y felicitaciones nuevamente.

Posteado por:
JLGUTTY@HOTMAIL.COM
04/04/2008 19:32
[ N° 2 ]

LO FELICITO SR.DON JORGE EDWARDS...POR SU ARTICULO SOBRE LAS AGUAS Y EN LA COMPLEMENTACION QUE SE TIENEN LOS TRES POETAS ALUDIDOS ... TAMPOCO HABRIA QUE OLVIDAR LA IMPORTANCIA DEL AGUA EN LAS CANCIONES POPÙLARES...TANTO FOLCLORICAS ... COMO EN EL REPERTORIO INTERNACIONAL...SE DESPIDE DE UD. ... MUY ATENTAMENTE-

Posteado por:
Fernandão Chileno!!
04/04/2008 19:23
[ N° 3 ]

Buena Edwards, Por tu comentario, por los grandes de la poesia que citastes, por tu 70% de agua que te cabe...
Cuidemos mucho de nuestra agua original,no corramos el riesgo de arrebatar de ella su lírica y vital pureza...
Bravo! Edwards!!!

Posteado por:
Gonzalo Piwonka Figueroa
04/04/2008 18:11
[ N° 4 ]

Muy hermosa y bien escrita la página de Jorge Edwards. Felicitaciones por abocarse a un tema tan chileno como las aguas.
Pero, le recomendaría leer mis libros "Las Aguas de Santiago de Chile" y "Cien años de las Aguas de Santiago" a fin de que no incurra en los graves errores históricos respecto de la gran inundación del Mapocho de 1783, así como las venturas del río capitalino al través de los siglos.
Atentamente,
GONZALO PIWONKA F. Profesor del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile.

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