Ignacio Walker


Ignacio Walker
¿De qué se trata Chile?

En la clase recién pasada, en Princeton, uno de mis alumnos me preguntó si el hecho de haber tenido 17 años de dictadura no tiraba por la borda la tesis (o el mito) sobre el “excepcionalismo” chileno en el contexto de América Latina. Tuve la tentación de decir que ése habría sido nuestro “momento latinoamericano”, pero ni lo intenté, primero porque habría sido muy peyorativo sobre la región, y segundo porque habría aparecido pedante. Le conté aquello sobre Uruguay como la Suiza de América Latina, y nosotros como los ingleses, pero tampoco apareció como muy convincente.

 

Finalmente, le dije lo que verdaderamente pienso: que aquello del excepcionalismo chileno es (o fue) una realidad, y no un mito. Y le expliqué el porqué. Todo partió en el siglo XIX, con tres hitos muy importantes en nuestra historia republicana: la creación del Estado en la década de 1830, con Prieto, Portales y Rengifo, entre los principales forjadores del “Estado en forma”; la creación del sistema de partidos en la década de 1850, gatillada por la famosa “Cuestión del sacristán” y, finalmente, el surgimiento de la democracia, en la década de 1870, con la promulgación de la ley sobre sufragio universal (1874). Es cierto que el sufragio “universal” tardó muchas décadas en transformarse en una realidad, y que el proceso fue lento y exasperante (sólo con la reforma constitucional de 1970 llegamos a tener un verdadero sufragio universal); sin embargo, hay que decir también, como en su momento lo argumentaron Moulian y Garretón, que el sistema político chileno, con ser muy tardíamente participativo (democracia incompleta e imperfecta, por lo tanto), fue muy tempranamente representativo, lo que suplió las serias deficiencias en términos de participación, dotando al régimen democrático de una gran legitimidad. Ya en la década de 1870 había un sistema de partidos “completo” (derecha, centro e izquierda) y en 1938 el Frente Popular estaba en el gobierno, Partido Comunista incluido, en la etapa de consolidación de nuestra democracia política.

 

Todo lo anterior sí fue “excepcional” en una América Latina que se batía, hasta muy avanzado el siglo XIX (e incluso después), entre la anarquía, el caos, el caudillismo, la guerra civil y las dictaduras de diverso signo (fin del capítulo 1).

 

Y vino el siglo XX, con el tema del desarrollo y la consiguiente frustración. Por eso suelo decir que el siglo XIX fue tanto o más notable, al menos en lo que se refiere a la creación de instituciones políticas, de un Estado en forma, de un régimen democrático de gobierno que se fue haciendo camino en forma gradual y progresiva, y de las políticas públicas en áreas que van desde la infraestructura hasta las finanzas públicas.

 

Lo cierto es que el siglo XX no alcanzó a ser. Se trató, visto en retrospectiva, de “Un caso de desarrollo frustrado”, de acuerdo con la clásica y lúcida definición de Aníbal Pinto en su libro de igual nombre, publicado a fines de la década de 1950 —cuando ya se veía venir el fin de siglo, sin desarrollo y, a la postre, y en forma trágica, sin democracia—. Para qué vamos a contar la historia que ya conocemos (o deberíamos conocer): lento crecimiento, mucha pobreza, alta inflación, déficit fiscales crónicos, crisis recurrentes en la balanza de pagos, polarización y, finalmente, producto de esta última, desplome institucional (fin del capítulo 2).

 

¿De qué se trata entonces el siglo XXI (capítulo 3 de nuestra historia, que recién comenzamos a escribir)? De conciliar la democracia y el desarrollo; es decir, de conciliar el siglo XIX con el siglo XX, pero en una nueva síntesis, que dé lugar a un ciclo virtuoso de nuestra vida política, económica y social; de entender que, al margen de todo determinismo, hay una relación entre las estructuras político-institucionales y las estructuras económico-sociales. Este es un viejo tema que viene desde Platón y Aristóteles, y de ahí en adelante. No es un equilibrio fácil y requiere de visión, temple, patriotismo, inteligencia, voluntad de ser y, sobre todo, de los grandes acuerdos, de los que estamos más necesitados que nunca y que brillan por su ausencia.

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5 Comentarios publicados
Posteado por:
Juan Nivaldo Lillo Morales
28/03/2008 12:48
[ N° 1 ]

Sr. Walker,

Un pais instruido podra revertir muchos yerros politicos y la democracia debe ser participativa y no solo objetiva y de decretos que nadie hace caso y/o cumple para evitar la penalidad.
Chile es un pais de dificil clima, que fue templando el caracter de sus habitantes en el siglo pasado pero se ha descuidado mucho la formacion etica de nuestros jovenes quienes seran los que conduzcan al pais hacia el futuro, por tanto estoy seguro que si tenemos madera pero no trabajada correctamente y entonces no esperemos tener grandes logros en el devenir del tiempo, ya no es consuelo tampoco sentir a los paises vecinos y hermanos como menos incultos ni tampoco el uso de los refranes de nuestros abuelos como el que dice que en el pais de los ciegos el tuerto es rey. Quienes deseamos un Chile justo, solidario y educado con etica debemos hacer esfuerzos en los niños y jovenes no solo de la Dehesa sino de todo el pais para que podamos aspirar a tener una nacion de democratas leales a los principios y no automatas que siguen al dinero como la liebre a la zanahoria.

Posteado por:
Hugo Estay
27/03/2008 20:25
[ N° 2 ]

Claro y real ,solo falta decir que siempre ha sido "la canalla dorada" la que ha frustrado el desarrollo al negar a travez de cualquier medio la participacion de todos en lo que el pais logra . Ejemplo actual ,la industria salmonera

Posteado por:
sixto lemus
27/03/2008 17:31
[ N° 3 ]

capítulo 4. 20 años de concertación y dictadura de la democracia aprovechando la política económica dejada por la junta militar y unas arcas llenas gracias a esa política

Posteado por:
Rodolfo Jofré
27/03/2008 17:20
[ N° 4 ]

Creo que parte de esta historia es cierta y digo parte por que faltan muchos eventos que no voy a detallar. Iré directo a la última parte, la relación entre las estructuras político institucionales y económico sociales. Los últimos gobiernos caracterizados por la izquierda (un paradigma ya desaparecido, no han podido enfrentar las estructuras políticas existentes sin una mirada de "esto lo hicieron los milicos y hay que camnbiarlo", no importando si era bueno o requería modificarse; lo mismo pasa en el tema de DD.HH. jueces puestos con la mano para mantener el tema vivo.
Eso significa que parte de la ecuación está mal manejada. En la segunda parte, lo económico social asumieron un modelo que no han sabido administrar y se acabó el vuelo que traía el avión. Alcanzó sólo para Aylwin y Frei. En el Gobierno de Lagos hubo de entrar Longueira y en este mejor no hablar. Lo social nunca les ha importado y es por ello que se despilfarran millones de dólares y nunca nadie responde.- Con todo lo que se ha perdido podríamos haber implementado un sistema social maravilloso para poder atender a los pobres pero, la necesidad de mantenerse en un cargo nos priva de alzar el vuelo, nos achata y estamos como estamos. Según algunos datos, Chile es el país que menos crece en la región; el tema energético está bloqueado por un compromiso político pre eleccionario para asegurar votos y eso está comprometiendo el desarrollo y la calidad de vida de millones.
La teoría hay que llevarla a la práctica.
El error de la Concertación es que tiene diagnóstico teórico y buen ojo para compararnos con otros malos (nunca nos comparamos con los buenos), pero nunca hace lo que debe hacer; sólo piensa en ganar la próxima elección.

Posteado por:
EDWIN DIMTER BIANCHI
27/03/2008 17:13
[ N° 5 ]

Sr.Walker:
La verdad es que para impresionar a los extranjeros, siempre les damos la lata con la historia que Ud. ha relatado aquí. Personalmente he preferido decirles a mis alumnos (y en los momentos del coffee break a los asistentes a charlas) que para medir el ejemplo de empuje de Chile debe considerarse que a mediados de 1973 teníamos el tercer peor ingreso per cápita de América, superando sólo a Haití y Bolivia (sic). O sea, en 1 generación y media pudimos llegar a la posición de la que ahora nos enorgullecemos.

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