Juan Carlos Altamirano


Juan Carlos Altamirano
Inmortalidad para todos

Tomar fotos y videos es una rutina de las vacaciones. Si no contamos con un buen registro de los momentos felices y entretenidos es como no haber ido de vacaciones. Millares de personas durante sus vacaciones se convierten en artistas, cada vez que componen un retrato, preocupándose de que la imagen quede “linda”. Aun más, nos transformamos en magos cuando detenemos el tiempo, al congelar un momento único y especial, como es un gesto o una gracia. De hecho, cada vez que apretamos el obturador, estamos fijando el presente para el futuro; o bien, estamos creando un futuro “viaje al pasado”.

 

 El arte del retrato, que actualmente nos parece tan natural y hasta ordinario, en tanto cualquier persona puede ser retratada o convertirse en retratista, proviene, no obstante, de una tradición a la cual, hasta hace no mucho tiempo atrás, tan sólo los nobles y aristócratas podían acceder: el privilegio de ser inmortalizado en una imagen. Sin embargo, pareciera que no somos conscientes del enorme significado que tiene esta conquista para nuestras vidas.

 

Todas las civilizaciones y sus “grandes hombres” han deseado trascender el tiempo, dejar testimonios de sus vidas. Durante siglos, los retratos —pintados, dibujados o esculpidos— eran la única forma de registrar y proyectar la imagen de estos hombres. Al igual que hoy se toman fotografías y videos para registrar los grandes momentos familiares y celebraciones, anteriormente se contrataba a pintores de la talla de Rafael, Rembrandt, Velázquez o Goya para hacer estos “retratos por encargo”. Por lo general, la aristocracia y los gobernantes se retrataban mostrando su propiedad y pertenencias como una forma de promoción personal. Si alguien quería proyectar poder, riqueza, fama, debía asegurarse de contratar a un buen pintor. También en busca de reconocimiento y prestigio, la burguesía naciente —comerciantes, empresarios, banqueros, políticos y burócratas— empezó a encargar retratos. De esta tradición proviene el culto a la imagen de sí mismo, que tan en boga está en nuestra época.

 

Por cierto, actualmente, tener imágenes de uno mismo y de nuestros seres queridos ya no es un privilegio. Y si bien la creación de la fotografía ayudó en esta democratización, sólo a fines del siglo pasado la fotografía y la imagen en movimiento se convirtieron en un arte popular. El precio de las cámaras, del celuloide, del revelado hizo que, hasta muy entrado el siglo XX, la fotografía como hobby fuera una forma de registro accesible tan sólo para familias pudientes. Las cámaras de cine y video estaban exclusivamente reservadas para retratar la vida de un personaje notable, o para cubrir un evento histórico importante. Muy pocas familias tenían acceso a las películas de 8mm, que además duraban apenas unos pocos minutos.

 

Con la revolución digital, el culto a la imagen personal —un narcisismo propio de las élites— se transformó en una característica común, propia de nuestra cultura. Las vacaciones son el momento ideal para desplegar este narcisismo. Lo máximo es ser fotografiado en lugares exóticos, países lejanos, en lo posible con rostros y cuerpos rozagantes, llenos de vitalidad, bronceados por un sol resplandeciente. Mientras más espectaculares son las fotos y videos que tomamos, mejores fueron nuestras vacaciones. A su vez, demostrar que hemos tenido buenas vacaciones es un símbolo que da estatus. En este sentido, las fotografías y videos junto a la Torre Eiffel o frente al Partenón, como testimonio de viajes emprendidos por el mundo, son equivalentes a un retrato del siglo XVII o XVIII de un matrimonio muy bien vestido frente a su gran mansión.

 

Para otros, los retratos de vacaciones son testimonio de nuestro derecho a divertirse, a ejercer el ocio, aunque sea por unos pocos días, pues el ocio continúa siendo un logro escaso. Aun así, el hecho de que una persona común y corriente pueda dejar testimonio de su vida en imágenes llenas de significados es sin duda una democratización notable del privilegio de ser “inmortalizado”. Gracias a la ciencia y el talento, ya no es necesario ser un emperador, un gran guerrero, un genio, un descubridor, un magnate, un artista o político famoso para ser retratado y pasar a la posteridad. Sobre todo, si estos recuerdos son luego publicados en la plaza virtual de internet.

 

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