Edwards, Jorge
A propósito de su visita a En mis lecturas de literatura inglesa moderna, siempre me asombró el El libro me pareció, en otro aspecto, un libro de viaje: Julian Barnes, inglés aficionado a la literatura francesa, como tantos de sus coterráneos, emprende un viaje al corazón de Flaubert, a sus tierras, a sus paisajes, a sus diversos enigmas. Llega a Croisset, a la salida de Rouen, y se encuentra con que sólo existe un pabellón aislado de la antigua propiedad de la familia del novelista. Existe, naturalmente, un Bar Gustave Flaubert en las cercanías, donde suponemos que los parroquianos beben mucho vino de Muscadet y mucho aguardiente de Calvados, lo cual los identifica más con George Simenon, el inventor del detective Maigret, que con los clásicos de Normandía y de Bretaña, y el Sena se encuentra en el mismo lugar de siempre y no ha cambiado demasiado de aspecto. Podemos imaginar la forma como miraba Flaubert las curvas del río, los fanales de los barcos de pesca, los remolcadores, al final de largas jornadas nocturnas en que había luchado con capítulos de Madame Bovary o de La educación sentimental. A veces me digo que las cartas que le mandaba a Louise Colet, su amante de París, actriz conocida y poeta mediocre, narrando lo que habían sido esas jornadas de trabajo furibundo, son mejores que las novelas en sí mismas. Pero no pretendo caer en la manía provinciana y mezquina de las comparaciones. Barnes llega a Croisset, convertido ahora en minimuseo, y baja un loro expuesto arriba de un armario y protegido por un fanal de vidrio. El loro flaubertiano, tema central del célebre cuento de Flaubert Un corazón sencillo, tiene un parentesco lejano con el personaje de El pájaro verde, que para mi gusto es lo mejor que escribió en su vida nuestro Juan Emar. Es un animal igual de gárrulo, de agresivo, de imprevisible, y tiene en ambos textos una relación remota con el arte de la palabra y hasta con el Espíritu Santo. Pues bien, Barnes examina el pájaro embalsamado del pabellón de Croisset y concibe la sospecha de que los loros de Flaubert, después de la desaparición del autor, tienden a multiplicarse, como ocurre con algunas de las reliquias de la religión católica. ¿Cuántas cabezas de San Juan Bautista existen en los santuarios de este mundo, y cuántos loros de Flaubert? Viajamos a Croisset con toda la familia, en compañía de Vargas Llosa y la familia suya, allá por los años sesenta, y tengo el recuerdo vívido siguiente: a Vargas Llosa, más que los muebles, los tinteros, la estatuilla de un Buda de oro, el pájaro embalsamado en su fanal, le interesaba lo que el propio Flaubert acostumbraba describir como su gueuloir. La palabra del novelista era un neologismo muy expresivo, inventado a partir de la palabra «gueule», que significa “hocico”, y gueuler, que significa “gritar”, “dar voces”. En buenas cuentas, el gueuloir, un sendero más bien angosto, rodeado de árboles (no puedo precisar ahora, y pido las excusas del caso, qué clase de árboles), era algo así como el gritadero, un lugar donde el escritor repetía sus frases a gritos hasta encontrar el tono, el ritmo, las palabras exactas. Era el sitio donde el estilo, en medio del viento de la noche, frente a las luces de los navegantes, cuajaba, cristalizaba en forma definitiva. Mientras Louise Colet insistía en viajar desde París, el maestro la atajaba en sus cartas formidables y perentorias: ella tenía que esperar el capítulo de los comicios agrícolas, y el del paseo en coche de la Bovary con su amante por las calles de Rouen, y el siguiente y el subsiguiente: el monstruo Flaubert, el grotesco Flaubert, el oso de Croisset, que en alguna ocasión se había sentido fascinado por los camellos del norte de Africa, por su movimiento continuo, por su aptitud para soportar el calor intenso, exactamente opuesta a la de los osos polares. Mi Flaubert preferido está en la correspondencia, en Un corazón sencillo, en los dos escribidores entrañables y patéticos de su novela póstuma, Bouvard et Pécuchet. Cuando viajo a París en estos años, suelo quedarme en casa de un amigo en el barrio del Canal Saint-Martin. Salgo de la casa y me veo de inmediato en uno de los muelles donde se encuentran los dos escribidores y deciden comenzar su extravagante aventura. Me he convertido en flaubertiano sin darme cuenta, y a veces pienso en el joven Vargas Llosa, y en el libro de Julian Barnes, y en el oso en persona, el vociferante, el amigo de Turgueniev, de la princesa Matilde, sobrina de Napoleón Primero, del simpático Alfredo Le Poitevin. Ya ven ustedes. Pero mi idea inicial era la de recomendar la lectura de Julian Barnes. Y recomiendo su lectura con entusiasmo. Arthur y George es una novela apasionante: la historia de un error judicial lleno de ingredientes de xenofobia y de fanatismo colectivo, investigado con minucia y esclarecido en forma brillante por Arthur Conan Doyle, el autor de novelas policiales y creador de Sherlock Holmes. Y en La mesa limón hay cuentos maestros, inolvidables: relatos de la edad avanzada, de la suplantación, de los secretos de toda una vida y sus imprevisibles enseñanzas. ¿Necesitamos justificaciones para leer a Barnes, para leer a Vargas Llosa, para leer al oso Flaubert, a su amigo ruso Turgueniev, al joven Guy de Maupassant, que según biógrafos indiscretos era el probable hijo adulterino de Flaubert con una hermana de Alfred Le Poitevin, la dulce Laura Le Poitevin? Leamos, digo yo, recuperemos el placer único de la lectura, y dejémonos de hacer preguntas tontas.
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Posteado por: Juan Nivaldo Lillo Morales 13/03/2008 19:58 [ N° 1 ] |
Sr. Edwards, Leer como Ud. dice es un gusto que damos a nuestro ser profundo, realmente no siempre es preciso tener motivo alguno para leer, sin embargo ademas del placer gratificante que nos proporciona la lectura, esta nos va enseñando muchas cosas y distintas formas de ver el mundo a traves de las vivencias de quienes figuran como los protagonistas de lo que estemos leyendo, poco a poco parte de esas vivencias nos dan muchas veces una mayor vision en nuestro comun vivir, por tanto ademas de placer, el leer significa cultura y para mi el gratificante acceso a la cultura no siempre es a precio modico,sin embargo dependera de que tanto nos interese el tema que queremos leer para buscar por ultimo una biblioteca y/o libreria cercana donde podamos leerlo gratuitamente, si lo que nos faltan son los pesos para atesorar ese libro en nuestra pequeña biblioteca. Cuando se quiere algo, la creatividad nos ayuda a obtener lo deseado, por tanto son muchas las veces en que me he pasado buscando en las librerias donde le permiten a uno ojear y leer un libro, cuando yo no cuento con la plata para obtenerlo de inmediato. |
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Posteado por: Nelly Silva Ojeda 31/01/2008 10:41 [ N° 2 ] |
Sr. Edwards: Con el respeto que me merece, y que soy una apasionada de la lectura, encontré interesantísismo y apasionante su comentario; inteligente, que delata un gran conocimiento repecto al tema que convoca en esta columna, agradecida por su recomendación, pero quisiera relatar un alcance, creo que no se necesita justificación para la lectura de ningún tipo, cada persona posee sus tendencias y gustos respecto al tipo de literatura y escritores, pero voy a caer en un comentario ya por todos conocidos y que en más de una oportunidad ha sido tema de debates, los costos de las obras son demasiado altas, las personas no leemos todo lo que quisieramos debido al motivo antes mencionado, el promedio de los sueldos de una gran mayoría de los chilenos no nos da para poder invertir en literatura, lo que considero una pena muy grande. Con respecto a su última frase, discrepo absolutamente con ella, ya que a mi juicio "no existen preguntas tontas", sin "tontos que no hacen preguntas". |
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Posteado por: Fernando I. 29/01/2008 13:13 [ N° 3 ] |
Leer tiene resistencias más que facilidades. El problema es su alto costo. Pero no es sólo económico, además es jurídico. Quienes gobiernan tienen los instrumentos para dar facilidades, pero nada hacen. Leer un obra que agrade es abrir la imaginación, es conocer un mundo nuevo. |
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Posteado por: sergiomariman@hotmail.com 28/01/2008 15:19 [ N° 4 ] |
Saludos Don Jorge.- |
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Posteado por: M. Isabel Alegría A. 28/01/2008 14:12 [ N° 5 ] |
Sr. Edwards, leo siempre muy atenta sus comentarios tan certeros, y en cuanto a las razones para leer hay muhas, pero la principal es para aprender a expresarse, a tener un buen vocabulario y ortografía, que cada vez está más decadente en nuestro país; y lo mas grave de todo es que los medios de comunicación son los grandes responsables. |
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Posteado por: Jaime D. 28/01/2008 00:12 [ N° 6 ] |
Muchas gracias por su recomendación y sus palabras Don Jorge, concuerdo plenamente con su comentario de que en realidad no debemos buscar razones para leer cierto tipo de autores, de literatura “clásica”, lo mas importante es simplemente hacerlo y mantener el habito de la lectura. Saluda Atte., |
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Posteado por: Cristian Camus Perez 26/01/2008 11:31 [ N° 7 ] |
No podria estar mas de acuerdo con su columna, sobre todo en los jovenes donde la television y los computadores han suprimido el magico poder de crear los mundos particulares e incontrolables por donde nos lleva el relato. Hace una semana comence a leer Crimen y Castigo y me sorprende que parece haber sido escrito ayer. La lectura no envejece. |
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Posteado por: Calvo Barbado 25/01/2008 20:36 [ N° 8 ] |
Estimadísimo Don Jorge : |
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Posteado por: FRANCISCO TORIBIO DIAZ 25/01/2008 20:03 [ N° 9 ] |
UD ESCRIBE DE LAS RAZONES PÀRA LEER. YO LE CONTARE EL PORQUE LOS CHILENOS NO PODEMOS LEE. |
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Posteado por: Rafael Vallejos B. 25/01/2008 17:50 [ N° 10 ] |
Gracias don Jorge, Siempre siento placer en leerlo |