Juan Andrés Fontaine


Juan Andrés Fontaine
¿Un próspero Año Nuevo?

 

No es poco el optimismo que trasuntan los cándidos saludos que intercambiamos en estas fechas. Como se ha hecho evidente, Chile es hoy presa de un enjambre sísmico. Un movimiento telúrico de mediana intensidad proviene del norte, y tiene su origen en la crisis hipotecaria que ha afectado a Estados Unidos. El otro está radicado en el centro del país, específicamente en La Moneda, y está vinculado a la creciente confusión política que se ha apoderado de la coalición gobernante.

La llamada "crisis subprime" -la caída en la insolvencia de un elevado número de deudores hipotecarios de alto riesgo- ha hecho estragos en los mercados financieros. Se calculan pérdidas por hasta US$ 400.000 millones, en su mayoría radicadas en los más prestigiosos bancos internacionales. Aunque la alarma ha sido mayúscula, los engranajes del mercado de capitales mundial siguen funcionando. Los bancos centrales no han trepidado en lubricarlos con abundante liquidez y oportunas rebajas de intereses. Como resultado, y pese a los temores reinantes, el costo del crédito se mantiene a niveles moderados. La inevitable caída de los valores de ciertos activos -acciones, bienes raíces- está paulatinamente atrayendo a nuevos inversionistas, como por ejemplo, los enriquecidos fondos de los estados petroleros. Las expectativas de los consumidores e inversionistas están muy deprimidas, pero hasta ahora ello no ha redundado en una contracción de la demanda capaz de precipitar al mundo a una recesión.

El pronóstico es incierto -todavía pueden sobrevenir inquietantes réplicas-, pero el escenario más probable para el 2008 es que la economía global experimente tan sólo una moderada desaceleración y que Chile todavía siga disfrutando de un clima internacional benéfico, aunque menos estimulante que el de los tres últimos años.

El problema es que aun bajo condiciones tan favorables como las de 2005-07, Chile sólo crece al 5% anual. A ese ritmo, la meta de alcanzar el desarrollo seguirá siendo tan sólo un buen deseo y muchos se mantendrán sumidos en la pobreza. La actividad económica ha sido motivada tanto por las expectativas creadas por la bonanza del cobre como por los estímulos provenientes de las políticas fiscal y monetaria. Ahora que el mundo modera su expansión, y los precios de nuestras exportaciones experimentarán alguna declinación, perderemos uno de esos impulsos. Mientras tanto, el ingrato salto de la inflación por sobre el 7% anual ha obligado al Banco Central a elevar prudentemente los intereses y refrenar la expansión de la demanda. Durante el 2008, Chile podrá crecer rápido sólo si emprende un esfuerzo serio y a fondo para fortalecer su capacidad productiva.

Aquí es donde entran en juego los temblores de origen local. Los gobiernos concertacionistas han exhibido siempre una tensión entre sus dos almas, una más moderna y dispuesta a promover el avance de las reformas pro crecimiento. Otra retrógrada, nostálgica del Estado, que privilegia la redistribución de la renta mediante impuestos y regulaciones. Hasta el 2007, la primera tendencia tenía a su favor un conjunto de logros económicos y políticos, mientras que la segunda no lograba desembarazarse de una anacrónica imagen de populismo. Pero en el año que concluye se ha alterado el equilibrio de poderes al interior de la coalición gobernante y -desgraciadamente- obstaculizado la acción del gobierno en pro del crecimiento.

Por una parte está la riqueza del cobre. Al tercer trimestre, el fisco mantiene ahorros por US$ 20.000 millones y los acumula a razón de casi US$ 1.000 millones por mes. Ello, sin perjuicio que el presupuesto fiscal ha permitido un fuerte aumento del gasto público. La abundancia de recursos ha despertado toda suerte de apetitos. En lugar de destinar los ingresos adicionales a estimular la inversión privada, con una apropiada rebaja tributaria, o a financiar reformas que eleven la productividad, se opta por construir un Estado protector. En la reforma de la previsión en trámite -que expande el pilar solidario fiscal para atender no sólo a los jubilados en situación de pobreza, sino también a los de clase media- hay ya un primer paso en esa dirección. La probable institución de un ingreso mínimo familiar, que la Comisión de Equidad anuncia para marzo, es probable que sea el próximo paso, pues ella terminará abarcando más allá de los pobres. La tendencia a la hipertrofia que caracteriza al Estado protector hace prever que, una vez finalizada la bonanza del cobre, los impuestos tenderán a empinarse. Nada menos indicado para configurar un clima propicio a la inversión y la productividad.

El afán distributivo no se limita a los impuestos y al gasto público. Se extiende también el uso de las regulaciones. En el plano laboral, durante el 2007 apreciamos las consecuencias de la ley de subcontratación, promulgada el 2006. Ahora los funcionarios del Ministerio del Trabajo se sienten autorizados para dictaminar quién debe o no ser contratado. La correspondiente elevación de los costos laborales está desalentando la generación de empleos. La temporada electoral que se inicia el próximo año es propicia a la demagogia laboral. Ya hay en trámite, respaldados por el gobierno, un proyecto que eleva la base para el cálculo del salario mínimo, y otro que entorpece los pagos de comisiones a los vendedores. La venta de ilusorias protecciones laborales suele redituar votos, pero termina perjudicando a los trabajadores que dice favorecer.

Si la revista Time designara un personaje del año para Chile, éste sin duda sería el Transantiago. El malhadado plan ha sido objeto de una rigurosa autopsia por parte de la Cámara de Diputados. Su informe de mayoría, apoyado con los votos de la bancada oficialista, es medianamente claro al reconocer la plena paternidad de la coalición de gobierno en cuanto a su concepción, diseño y ejecución. El informe identifica 31 culpables, pero no aclara que el error fundamental fue la creencia en la capacidad de un puñado de planificadores para, desde sus escritorios, determinar el mejor modo de transporte para Santiago. El descalabro provocado no es esencialmente distinto al que en el pasado dieron lugar las economías centralmente planificadas, aunque afortunadamente de alcance más limitado. El inexplicable hecho que el plan haya sido impulsado por el ex Presidente Lagos y su equipo -cuya conocida trayectoria modernizadora pudo haberle inclinado a una fórmula diferente- ha terminado desacreditando a la facción modernizadora de la coalición de gobierno y envalentonando a quienes pretenden revivir el modelo estatista y distributivo.

Del actual gobierno, transcurrido ya el período más fructífero de su gestión, es difícil esperar grandes reformas en pro del crecimiento. El enjambre sísmico en que nos hemos sumido no nos permite esta vez brindar con demasiado entusiasmo por un Año Nuevo verdaderamente próspero. Aspiremos por ahora a algo más básico: orden público, crecimiento moderado, inflación controlada y responsabilidad política en la temporada electoral que se avecina.

 

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