Edwards, Jorge
Edwards, Jorge
Viernes 28 de Diciembre de 2007
El error del Doctor Johnson
Al Doctor Johnson no le gustó nada el éxito del Tristram Shandy, la novela de su contemporáneo Laurence Sterne. Anunció, con su manera sentenciosa habitual, que nada extravagante podía ser perdurable. En su época, desde luego, en pleno siglo XVIII inglés, la novela de Sterne, donde hay un narrador en estado fetal, donde todo es digresión y broma, era el colmo de la extravagancia. Pero el Doctor Johnson, hombre de gramáticas, de diccionarios, de artículos entre sabios y jocosos en la prensa diaria, se equivocó medio a medio. El narrador genial de Sterne, heredero directo de la voz narrativa del Quijote, perdura hasta el día de hoy, en tanto que las gracias, salidas, desplantes del Doctor Johnson sólo se mantienen gracias a la biografía monumental de su amigo Boswell. El Tristram Shandy inspiró en el siglo XIX al brasileño Machado de Assis y en el XX a Julio Cortázar, entre muchos otros. Como buen especialista en estudios clásicos, Johnson dudaba y desconfiaba, pero le faltaba descubrir, quizá, que el humor disparatado, elevado a una categoría onírica, puede ser un fenómeno muy serio. Lo que ocurría era que Johnson era hombre de la corriente central de la cultura de Occidente, y rechazaba con el más profundo de sus instintos toda desviación, toda ruptura de la norma clásica.
Comienzo mi última crónica del año con el error de Johnson porque mi experiencia principal del 2007, cuando miro las cosas con algo de perspectiva, con necesaria y relativa distancia, es la de tropezar a cada rato con situaciones marginales, con culturas de la periferia, con novelas que llegan de otros lados del mundo y que, a pesar de llegar de otros lados, reclaman un lugar en el centro de los sucesos. Hace tres o cuatro meses, en La Paz, Bolivia, me tocó estar en una mesa redonda junto al joven narrador boliviano Wilmer Urrelo Zárate. Supongo que la mayoría de los lectores escucha este nombre por primera vez. Por mi parte, antes de subir a esa mesa, instalada en una carpa a la salida de la Feria del Libro de La Paz, tampoco lo había escuchado en mi vida. Me llamó la atención, como primera y gruesa reacción mía, que el joven autor no estaba vestido “de escritor”: no tenía el aspecto de otros jóvenes de tiempos recientes y que ya empiezan a ser autores más bien maduros. Estaba pelado al rape, llevaba gruesos anteojos ópticos y usaba ropa de colores vivos, como si viniera saliendo de algún club de deportes de un barrio cercano. Era, de entrada, comunicativo, amable, amistoso, sin la menor actitud de poeta maldito, de condenado de la sociedad, de nada que se parezca. Cuando le tocó el turno de hablar, contó con gracia, sin omitir detalles, su particular entrada en la literatura. Confesó que en sus años de adolescente vendía droga de contrabando en su colegio y estaba seguro de encaminarse al terreno de la delincuencia profesional. Hasta que un día cayó en sus manos la primera novela de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros. La lectura de la conocida novela fue su camino de Damasco. Cayó fulminado por el poder de la literatura y juró ser escritor, pasara lo que pasara. Es decir, explicó, sin exagerar, con un sentido del humor casi británico: Bolivia perdió a un delincuente, entre los muchos que tiene, y ganó, para bien o para mal, a un escritor de novelas. Había comenzado por leer a Vargas Llosa, sin saber mucho acerca de lo que leía, y ahora se había propuesto, ni más ni menos, ser como Vargas Llosa, ser otro Vargas Llosa.
Es una extravagancia no menor, que habría arrancado gritos de escándalo al Doctor Johnson, pero el resultado es una novela interesante, de la América Latina real, de hoy, de aquí y ahora. La llegada a la literatura es el gran tema, como en casi todas las primeras novelas; Urrelo Zárate lo desarrolla con picardía, con astucia, con un desenfado narrativo de buena clase, con sentido del riesgo, y después de su peripecia verbal queda bien parado. No se puede pedir mucho más. Salí a la mañana siguiente a la ciudad precolombina, milenaria, de Tiahuanako, y me parece que iba bien preparado para encontrarme con un mundo diferente a todo lo que conocía hasta entonces. Era, dentro de mi biografía personal, el año de la diferencia, de los descubrimientos de lo otro, de lo ajeno. Y no me parecía mal que fuera así. Era, después de todo, una demostración de que la vida continuaba, de que podía seguir continuando, si es que se puede forzar el lenguaje de esta manera.
Dos meses después me encontraba en otros paisajes de lo ajeno, de algo que se puede llamar con propiedad la periferia, aun cuando el término, en sí mismo, suene en forma innecesariamente peyorativa. Estuve en dos enclaves impresionantes, asombrosos, del Imperio Romano de Oriente: en el gran anfiteatro de Bozra, en Siria, unos ciento y tantos kilómetros hacia el noroeste de Damasco, y en las ruinas de la ciudad de Baalbek, en el Líbano, poco después de cruzar la frontera con Siria. Conocemos muy mal, me dije, esa parte del viejo Imperio, y deberíamos conocerla mejor. De ahí salen algunas de las claves del primer Cristianismo, con sus corrientes encontradas, con sus apasionantes primeras herejías, y en esos terrenos se preparó la aparición del Profeta y del Islam. Me pregunté si habría sido necesario viajar antes a esos lugares. Puede que la noción de necesidad esté de sobra, pero no la de apertura mental, la de descubrimiento. Jorge Luis Borges, conservador, amaba al otro conservador que era el Doctor Johnson, pero tenemos que saludar de vez en cuando la llegada de un Sterne que nos saque de todos los caminos trillados y nos acostumbre a mirar otros paisajes. Baalbek me hizo pensar en destacamentos militares romanos de los tiempos de Calígula. Después, en una hermosa colina de Beirut, en compañía de personajes de las viejas generaciones afrancesadas, me dije que el cambio histórico avanzaba a un ritmo vertiginoso y que mis amables anfitriones, instalados en un sentimiento de nostalgia, parecían no darse cuenta o no querer darse cuenta. Porque algunas horas después, al bajar de la colina en el atardecer, uno divisaba barrios enteros sin iluminación y le informaban que eran sectores dominados por las milicias de Hezbolá.
Hay un poema de Cavafis, poeta griego de Alejandría de comienzos del siglo XX, dominado por un sentimiento muy parecido: un poema sobre la espera de la llegada de los bárbaros. Mientras escribo estas líneas, me interrumpen para comunicarme el asesinato de Benazir Bhutto. Es un conjunto de nociones, de experiencias, de sucesos, que se organizan y encajan con una precisión terrible. Ya no estamos en el universo dieciochesco de Johnson y de Boswell, me digo, y ni siquiera en el Río de la Plata anglófilo de Borges y su inseparable amigo Bioy Casares. Los bárbaros que esperaba Cavafis en las puertas de Alejandría se colaron por todas partes y están instalados entre nosotros hace mucho rato. Usted puede verlos de muy diferentes maneras. Por ejemplo, encendiendo su aparato de televisión.
Acabo de leer dos libros: Arthur y George, de Julian Barnes, y Nieve, de Orhan Pamuk. Arthur, en la novela de Barnes, pertenece todavía a la especie humana del Doctor Johnson, pero George, el indio parsi establecido en Inglaterra y víctima de un flagrante error judicial, ya llega de otra parte, y llega a pesar de él mismo, de su propia sumisión intelectual y moral. En la obra de Pamuk, por otro lado, asistimos a la lucha violenta, desgarradora, por momentos desesperada, entre la occidentalización, una vocación europea no natural, impuesta a la fuerza, y los más apasionados y extremos integrismos religiosos. Sin leer Nieve, es muy difícil imaginarse lo que puede ser la lucha por mantener el velo, por no destaparse la cara, de una joven turca musulmana.
Mi conclusión, por ahora, es la siguiente: en la época del Doctor Johnson y hasta de Laurence Sterne, época que duró hasta bastante poco, las minorías ilustradas creían que sabían lo que era el mundo. Ahora, si somos personas medianamente razonables, conocemos nuestra profunda ignorancia. Y si tenemos miedo, auténtico miedo, no nos faltan poderosas razones para tenerlo.
7 Comentarios publicados
Posteado por:
Ruperto Barragan Lienlaf
02/01/2008 11:54
[ N° 1 ]
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Que pertinente evocar al infinitamente sabio Cavafis para graficar como los barbaros estan ya instalados en nuestras casas por medio de la cavernicola television de este pais!!!
Tambien me gusto la mencion al Imperio Romano de Oriente que hoy hemos olvidado de manera imperdonable.Los sucesos del decisivo siglo IV d.C.por ejemplo, cuando ya se consolida el cristianismo como religion mayoritaria y los horrores fanaticos por esta cometidos, que hicieron que Occidente perdiera un legado irremplazable :a saber, el cierre de la academia filosofica de Atenas , la suspension de los
Juegos Olimpicos y destruccion de la ciudad de Olimpia por parte del Emperador -cristiano- Teodosio, el horrendo asesinato de la astronoma, matematica y filosofa Ipathia por parte del Obispo Cirilo de Alejandria, acusandola de ''promover conocimientos que buscan poner a Dios en segundo lugar''....Los campos de concentracion de ''paganos'' en Palestina, tambien establecidos por dicho autocrata y su sucesor Justiniano...por mencionar solo algunos...
Hoy el pecado maximo es contravenir los esquemas de la cultura del consumo y de la satisfaccion instantanea ,de valorar aquello que no pueda reducirse a cifras...pero el sistema de control no es ya la Inquisicion espanola, sino trasnacionales mucho mas soifsticadas aun.Muchos dicen que, en efecto, estamos entrando a un nuevo medioevo, dominado no por senores feudales ni obispos, sino por tecnologias inhumanas y poderes virtuales controlados por sectores aun mas minoritarios...
Donde quedaron la sabiduria humanista de las religiones precristianas, la Ilustracion del siglo XVIII y la relacion organica con la tierra de las civilizaciones precolombinas?
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Posteado por:
Arturo Ciudad
31/12/2007 12:58
[ N° 2 ]
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Esta muy buena esta columna, es cierto Don jorge, estamos muy lejos de conocer este mundo, tan lejos que lo estamos destruyendo, recuerdo muy bien una frase que esta pegada a la catedral de santiago junto a un cuadro de cristo; “tú que pasas mírame, cuenta si puedes mis llagas, ay hijo que mal me pagas la sangre que derrame”, creo que lo mismo dice nuestro planeta, toda la maldad que esta ejerciendo el ser humano hasta que punto será aguantable, pienso que a veces se necesita un poco del conservadurismo de Borges y el doctor Johnson.
Saludos.
Arturo Ciudad.
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Posteado por:
Carlos E. Zúñiga C.
31/12/2007 11:50
[ N° 3 ]
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En realidad Jorge Edwards tiene razón: Los bárbaros se nos han colado por todas partes. Están en Chile en las cuatro o cinco comunas mapuches, en el cobre, en la subcontratación, etc. y por todos lados se oye "globalización". Esto si que etá desafinado.
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Posteado por:
Alejandro Vielma
29/12/2007 21:57
[ N° 4 ]
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Don Jorge
Mis disculpas, usted es un verdadero LIBERAL
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Posteado por:
Francisco Hernández González
29/12/2007 20:52
[ N° 5 ]
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..muy interesante!!!,ya que sólo revela la vida misma y las influencias "foráneas "...se necesitan sangre nueva ,savia roja! como la idem ,para influenciar a escribir,sin "tapados de mezquindad infinita tras cuellos y corbatas almidonadas con retórica hipócrita e indecente, de la edad contemporánea; y el materialismo cruel,y pendiente de revoluciones de paises "bananeros"que a nada llevan!.
Loas!! a los jóvenes que comprenden que pluma en ristre es mejor que fumarse un "joing"...dónde la imaginación forzada,es despertada por resacas de amaneceres mentirosos de lo que realmente está ocurriéndo con nuestra juventud.
Lo demás es de intervención de pensadores",extranjeros "mentirosos!...sólo es "paja molida"...
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Posteado por:
Eduardo Alberto
28/12/2007 20:07
[ N° 6 ]
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Don Jorge:
Leer sus crónicas es enredarse sin querer en los gruesos cortinajes de la nostalgia.Nos recuerda magníficos escritores del pasado, de tiempos más que idos y,para mayor tristeza, irremediablemente olvidados. Me disculpará pero me lo imagino escribiendo frente a un maciso escritorio colmado de libros sagrados;resplandeciendo su figura por los rayos finales de un sol en extinción que se cuelan por los ventanales rotos de la biblioteca central de una enorme ciudad abandonada y que al parecer nadie le dijo que fue abandonada. Y lo que se escucha en las calles no son más que murmullos rasgueantes de ramas secas sobre calzadas derruídas .
En ese mar de escombros extramuros,ya no se divisan bárbaros.No alcanzaron el edificio: terminaron de eliminarse con quijadas de asno.
Mi más profunda admiración.
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Posteado por:
Torreus
28/12/2007 15:11
[ N° 7 ]
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¿Por qué miedo?
¿Por qué, no mejor entusiasmo?
¿No es acaso el mundo demasiado terrible, crudo y aburrido, como para no agradecer el descubrimiento de una infantil y prometedora ignorancia?
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